Estoy viendo la farándula en la tele. Holly, mi inquilina de hace tres años, recorre el apartamento con un trapo viejo. Cuando oye el noticiero se acerca al cuarto, como empujada por un llamado urgente, y me pregunta acerca del video que un ex novio prometió sacarle a una actriz.

–Falso –respondo desde la cama–, nos engañaron otra vez.

–¡Ash! –exclama arrojando el limpión.

–Nada que hacer –digo para tranquilizarla–. Rumores.

La invito a sentarse a mi lado. Holly acaba de lavar la vajilla, sacudir el polvo de las cortinas y encerar en dos ocasiones el piso de la sala. Hoy también me hizo un desayuno con huevos fritos, y supongo que planea una sopa con mucho cilantro para el almuerzo.

–Madona tiene nuevo novio –dice tomando asiento en la cama. El calor de la pantalla se refleja en sus ojos soñolientos. Mira con envidia a la presentadora, me confiesa que quisiera ser como ella.

–¿Quién puede aspirar a eso? –Pues yo –responde tajante–, yo y todas las chicas del trabajo.

–Todas las chicas del trabajo tienen hijos, ¿tú también los quieres?

Holly calla. Antes hemos discutido el tema y llegado a la conclusión de que conmigo tenemos suficiente. Otra criatura mordiéndole las tetas no es bienvenida. Las ganancias por su trabajo apenas alcanzan para los servicios mensuales y el alcohol de los fines de semana. Anoche compramos un vino dulce barato, lo bebimos acostados en la cama, amartelados como en los primeros días de la relación, a la espera de que el licor hiciera su efecto.

–¿Recuerdas anoche? –le digo– Estábamos full ebrios, creímos que el abanico nos caería encima…

–La verdad –me interrumpe haciéndose la distraída–, yo siempre quise aparecer en televisión –señala con los labios a la presentadora–. Esa vieja no es más linda que yo.

–No lo niego.

–Claro que no –dice en voz baja–. Sólo necesito ser un poco más alta, más flaca y estúpida.

Lo cierto es que a Holly no le falta ninguno de esos atributos. Un par de grandes plataformas resolverían su único inconveniente, lo demás ya lo tiene en su sitio y en la proporción correcta. Pero no pienso decírselo: no quiero correr el riesgo de que la única persona que me tolera, vea como posible la realización de sus sueños.

–Ese trabajo no es para ti, ¡por dios!, mírale las tetas a esa mujer.

–Tengo más culo que ella.

–No lo niego –me inclino para morderle el pelo.

–¡Auch! –se queja sin mirarme–. Déjame quieta, estúpido.

–No voy a dejarte quieta, eres mía y estarás conmigo hasta la muerte.

–Estás reloco –se levanta y sale del cuarto.

–¡Ya vienen los comerciales! –lanzo un grito– ¿No vas a verlos? Tus queridas presentadoras también hacen propagandas de champú. ¡Son polifacéticas!

No responde.

Desde la chirriante cama matrimonial, que junto al televisor y una mesita de noche devoran todo el espacio de la habitación, oigo los pies descalzos atravesando la pequeña sala sin muebles. En la cocina la nevera produce un sonido aparatoso, semejante al cuarto de máquinas de una fábrica. La voz de mi inquilina viaja a través de las paredes sin cuadros y me llega casi intacta:

–¿Qué almorzaremos?

–Lo mismo –respondo y apago el televisor.

–¿Qué carajos es lo mismo? –Holly reaparece en el umbral del cuarto. Taconea con el pie derecho y pone los brazos en jarras, reproduciendo el melodrama que aprendió en las telenovelas.

–Lo mismo –le digo–. Llevamos tres años viviendo juntos y comiendo lo mismo. No me digas que ahora no se te ocurre nada. Haz lo mismo. Simplemente.

–Eres un hijueputa insensible.

–El mismo…

–¿Qué? –El mismo por el que te escapaste de casa. Holly calla y se va a dar una vuelta por el apartamento, como si saliera a pasear.

En la laptop que mis padres me regalaron, busco mi único y más reciente trabajo: una galería de culos que descargué en mis andanzas por internet. Con ellos me entretengo cuando me aburre la piel de lagartija de Holly. El tatuaje que se hizo por mí ha ido perdiendo toda su gracia. En tiempos le pedí que escribiera mi nombre en su trasero, pero en su lugar una bandada de mariposas le surca la pálida espalda.

–¿Para esto dejaste que te tocaran? –le pregunté en aquella ocasión mientras me sacudía detrás de ella, la piel todavía lastimada por la aguja tatuadora.

–Tengo entendido –replicó entre jadeos– que-no-puedoingerir-licor-ni-tener-sexo durante-cierto-tieeempooo…

–¿Cómo? ¡Con más razónnn! –exclamé justo antes de eyacular sobre las mariposas.

La escena se repitió con frecuencia. Al terminar yo la limpiaba con pañitos húmedos y le daba una nalgada de agradecimiento. Luego cambié de objetivo: eyaculaba en su vientre, sus hombros, su nuca. En cualquier parte menos la cara porque al mirarla fijamente me intimidaba.

Como si hubiera olvidado aquel pasado-presente, Holly descubre la galería de culos y entra en cólera. Tengo suerte de que no haya traído nada filoso de la cocina, porque me acusa de promiscuidad y amenaza con recurrir a los golpes. Le muestro la evidencia.

–Son simples traseros bidimensionales –digo para tranquilizarla–. No conozco a ninguna. Sólo hablo por chat con mis papás, y cuando salgo es a ver a mis abuelos.

Todo es cierto. Pero, por precaución, cierro la laptop y la dejo en la mesita de noche. No pierdo de vista a la flamante mujer que en cualquier momento empezará a cobrarme la patanería.

Holly es cajera en el supermercado de la otra calle, donde hace tres años yo era el encargado de la limpieza. Aquel trabajo –palanqueado por un amigo de un amigo de un familiar–, lo había aceptado para solventar los gastos del apartamento que mis papás me dejaron cuando se fueron del país. Una noche de viernes la lluvia impidió a varios empleados marcharse en el horario habitual. Yo podía irme porque mi apartamento estaba cerca. Pero preferí esperar a que la tormenta más intensa del año disminuyera. Caminé hacia Holly, la única cajera que se había quedado sin transporte. Me dijo con voz temblorosa que vivía en la carrera 21 –una zona mortal cuando hay aguaceros– y no pensaba arriesgarse con los arroyos. Todas sus colegas de trabajo se habían ido, un servicio especial –supuse que un helicóptero o bote antiarroyos– había recogido a las que vivían más lejos. El vigilante dormitaba en el mostrador de la entrada. Holly y yo permanecimos un rato en silencio, viendo los trozos de basura arrastrados por la corriente de las canales. La tristeza de aquella escena nos conmovió. No esperamos mucho para hacerlo sobre una nevera llena de bandejas de pollos. Ella, debajo de mí, las nalgas frías y la piel de gallina, gemía con toda la imprudencia del caso. Cuando el vigilante apareció de improviso, nos vestimos, salimos corriendo y atravesamos la lluvia hasta mi apartamento de la calle siguiente.

Luego de hacerme una rápida chupada, se marchó intranquila, pensando que si se quedaba sin trabajo la echarían de la casa. En aquel lugar (lo sabían todas las cajeras) vivía un papá alcohólico, una mamá que no paraba de injuriar y alabar a su única hija, dos abuelos en silla de ruedas, tres primos atracadores, una tía cleptómana y un tío acusado de agredir sexualmente a una vecina. Allí, Holly pagaba la mitad de los servicios y recibía ardientes reproches cada vez que se hacía un manicure.

El lunes siguiente el jefe nos llamó a la oficina. Me dijo que era demasiado insolente de mi parte haber llegado con esperanzas de trabajar. “Pensé que el vigilante no era un sapo”, respondí envalentonado como cualquier obrero en problemas. Y antes de librarme por siempre de las escobas y traperos, le dije a Holly que la esperaba en el apartamento.

Apareció entrada la noche, cuando ya había perdido la ilusión.

–¿Sin trabajo?

–No –suspiró sonrojada–. Pero perdí mi ascenso. Aumentarán mis horas extras.

–Gran cosa. ¿Cómo hiciste?

–Mira, imbécil –dijo conteniendo la respiración–: En mi casa me chupan el salario cada vez que me pagan. Seguramente tú no gastas mucha plata en servicios. Voy a vivir contigo en este apartamento, así me ahorro el dinero de los buses y evito la recostada diaria de los pasajeros. Pero no hablaremos más de este asunto ni de la forma en que nos conocimos. ¿Está claro?.

Acepté sin mayores expectativas. En ese instante lo consideré imposible, pensé que en menos de una semana Holly me abandonaría. Además me había quedado sin empleo y, desde entonces, gracias a su salario no me empeño en buscar uno.

Para tranquilizarla y evitarle el trabajo de hacerme la comida, le propongo a Holly que vayamos a casa de mis abuelos. La sopa que hacen allá los domingos, con abundante yuca, plátano, cilantro y todo lo demás, es estupenda.

–Son las tres de la tarde, la hora de almuerzo pasó.

–¿Las tres? ¡Tengo que comprar el periódico!

Pésima excusa para salir corriendo: a esta hora el periódico debe tener la frescura de un periódico de ayer. No sé por qué hago esto, temo que Holly me deje pero evito tratarla de un modo que pueda retenerla. Al contrario, la trato pésimo, no le ayudo en los quehaceres del hogar, me comporto como si fuera su amo y no el animal doméstico que ella alimenta.

Regreso de la calle con las manos vacías. El señor de los periódicos ya se había ido, y para colmo, a mitad de camino comprobé que no llevaba un peso en el bolsillo. En la habitación encuentro a Holly cambiándose de ropa. ¡Se prepara para salir a casa de mis abuelos! Miro su belleza de catálogo y me doy cuenta de cuánto disfruto tenerla en el apartamento, alejada del ruido de la caja registradora, fuera de la mirada del jefe y los clientes.

–Quedémonos encerrados –digo al fin–. ¿Qué te parece? Almorzamos cualquier cosa, luego vemos una película –le señalo la mesita de noche–. Ahí tengo la última de Will Smith.

Holly deja de acicalarse. Por el brillo de indignación en los ojos deduzco que no me comprende, que para ella soy un pelmazo hogareño repleto de ideas contradictorias, y que mi comportamiento, que en vez de planes concretos le ofrece arranques, le hace la vida imposible y ella se merece todo menos eso.

–¡No tienes una puta consideración hacia mí! –grita arrojándome un cepillo de peinar. El mango del objeto golpea contra la puerta.

Luego de un corto silencio me mira con el rostro afilado.

El brazo extendido hacia delante, como de lanzador de jabalina en su último movimiento, tiembla un rato en el aire. Un rato después la veo recuperar el aire, recoger el cepillo del suelo y dejarse caer bocarriba en la cama. Luego en su cara se dibuja la más sombría de las expresiones; es la expresión de cuando viene de trabajar horas extras.

–Prometo que buscaré empleo –digo para distraerla. Después de todo, aunque hubo violencia nadie salió herido.

–No prometas nada –dice–, nadie te obliga a mentir.

–Hablo en serio, compraremos muebles para la sala. Un falso Obregón quedaría bien en la pared… –insisto sin recibir respuesta.

El día en que le perdonaron el despido, Holly supo que el vigilante tenía un video donde ella aparecía de piernas abiertas sobre la nevera. El hombre que la penetraba, un flacuchento vestido de overol, aparecía por completo de espalda. La chantajearon pidiéndole sexo. Ella puso las quejas a su jefe, que no hizo más que despedir al vigilante (luego se supo que solo lo trasladaron de sede), y el vigilante le prometió que el video se dispersaría como un virus por la web. Previendo lo que sucedería, y alarmada con el inminente escándalo familiar, tomó la decisión de venir a vivir conmigo, el flaco del overol.

Con el tiempo pasó lo inesperado. Nadie la reconoció a ella en la calle ni en internet. El video no pudimos rastrearlo ni en las casetas de películas porno en el centro. La decepción de su familia llegó, pero en forma de recriminaciones sobre el abandono e ingratitud de los hijos. Luego sintió que era muy tarde para volver a su casa, y la espalda tatuada y las noches de vino barato a mi lado fueron la confirmación de que jamás regresaría.

Holly tiene la mirada fija en el cielo raso. Abstraída en las grietas de la pintura, parece que intenta atravesar con su visión el techo, las vigas, las nubes y el cielo del atardecer que hay más allá. Para intentar distraerla me aferro con dientes y uñas a su cintura, le muerdo un mechón de pelo y lo tiro hacia mí. Ella agita la cabeza:

–¡Otra vez!

–No vayas mañana al trabajo, quédate conmigo –digo acariciando su vientre plano.

–Já, ¿y qué vamos hacer?

–No lo sé… ¿una porno?

–Já.

–Piénsalo bien –digo después de un rato–, dicen que muchas presentadoras empezaron así sus carreras.

Holly, sin apartar la vista del cielo raso, se queda en silencio. El mismo silencio de cuando descubrimos que pronto acabará el domingo, su día de descanso.

Arriba el abanico amenaza con caernos encima.

Este relato forma parte del libro “Por eso yo me quedo en mi casa (Destiempo Libros, 2018).