A cuatro años de su partida, Betsy Pecanins nos sigue cimbrando con su voz de enigma; con sus canciones que fueron puertos con auroras de distintos viajes de asfalto, cantadas, vividas de espejo con la herida abierta, con la caldera del corazón descubierta. Betsy sofocaba el fuego con las llamas de su mirada en el escenario, desoxidaba cualquier sentimiento para transfigurarlo en impasible sudor, en justificación de vida, en asalto para el alma, en secretos que se revelaban en la bóveda del amor. Hablar en específico de algún álbum o de alguna canción, nos limitaríamos al basto campo de cielo conquistado que logró y, que hizo involuntariamente, envolvernos con la bandera sagrada del blues.

Cuatro años y las canciones continúan, cuatro años y los latidos de la naturaleza suenan sin leyes, con la libertad absoluta de danzar al ritmo de Pecanins, al ritmo de cualquier extracción de la sangre que hierve, que se serena cuando lo tiene que hacer, que viste de destino ante el tiempo, ante la deconstrucción de una artista que caminaba con personalidad irrevocable de pasión. Esa caminata, con engranes de amores contados, también los revelaría en la mirada invencible del jazz y en la canción inmortal de la ranchera.

Betsy Pecanins, la reina del blues en México, la mujer huracán que caracterizó el sentido inmortal de la vocalización. Los años, el tiempo, la genialidad, son testigos de que el cuerpo se arma y se salva escuchando los instintos naturales de su música. Única, irrepetible, inmensamente gloria en la patria de la rebeldía. Gracias, gracias por la suma de tus efusiones, por hacernos olvidar el tedio de la cronología a diario; gracias por hacernos sospechar que la música es una red estelar donde podemos estar atrapados todos. Cartero, lleve esta carta por favor.

¿A cuántos grados estás tú?