Ilustraciones: Pedro Osés

1

Aquella mañana, la duodécima del estado de alarma, cuando la puerta de casa se cerró y me quedé sin llaves en el descansillo, me había lavado las manos ya veintidós veces. Tenía gracia. Hasta hacía solo unos días yo era una puta chalada maniática de la limpieza y ahora, de repente, me había convertido en una ciudadana ejemplar. Bueno, casi ejemplar, porque lo cierto era que ahí estaba, rompiendo el confinamiento. Había sido sin querer, eso sí, y precisamente por extremar la higiene.

Unos minutos antes había abierto las ventanas para ventilar y mientras tanto, con un balde de agua con lejía, había ido repasando todos los pomos e interruptores de la casa. Me acordé entonces de que la tarde anterior alguien había llamado al timbre. No tenía ni idea de quién podía ser.

Me daba lo mismo. Yo solo veía la imagen esa del virus que ponían a todas horas en los telediarios, una gran bola gris con un montón de trompetitas rojas. Era hasta simpático. Como un dibujo animado o un peluche (me imagino, de hecho, que cuando todo esto acabe “Cuando todo esto acabe”, el mantra que todos repetimos estos días algún espabilado sacará souvenirs, camisetas con la frase “Yo sobreviví al COVID-19”, muñequitos, y los niños dormirán abrazados a ellos y todo no habrá sido más que una pesadilla; pero entonces, la tarde anterior, el virus estaba ahí fuera, y en lugar de trompetitas rojas tenía muchas piernecitas, todas con sus zapatillas de correr, y muchos bracitos, como una diosa hindú, y con uno de ellos sostenía una lista de personas, la lista negra, y con otro iba tachando en ella nombres, los nombres de las personas que vivían en las casas a las que timbraba, y una de esas casas era la mía, y el virus no dejaba de llamar, de aporrear la puerta, una y otra vez, y la cosa ya no tenía ninguna gracia).

Me quedé, pues, encogida en el sofá, conteniendo la respiración, muerta de miedo, hasta que el virus se cansó y se largó.

Y luego me olvidé.

Hasta aquella mañana, la duodécima del estado de alarma. Entonces, mientras limpiaba en casa, me acordé otra vez de la visita de la tarde anterior y salí al descansillo, con el barreño de agua con lejía y comencé a frotar como una posesa el interruptor del timbre.

¡Muere! me daba ánimos . ¡Muere, puto bicharracho!

Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que se había hecho corriente y de que la puerta se cerraba.

¡BUM!

El edificio pareció elevarse durante un segundo y descender.

Y después, aquel silencio.

Sentí que en la espalda se me dibujaba el mapa de Groenlandia.

¡No, no! reaccioné por fin. ¡Las llaves!

Me las había dejado dentro. Y el móvil.

Tendría que pedir ayuda. Y con aquellas pintas…

Llevaba puesta una coleta alta, esa que tanto asco-gracia le daba a Miguel, la bata de felpa fucsia, la camiseta con el lema “¡Revolución!” y el logo de “Cajanavarra”, los calcetines gordos por encima del pantalón del pijama el pijama más viejo y lleno de bolas que tenía y aquellas zapatillas con la cabezota de un rastafari.

¡Qué vergüenza! No, no podía acercarme a nadie con ese aspecto. En realidad, no podía acercarme a nadie ni aunque estuviera hecha un pincel. Toda esa gente, con los dedazos llenos de virus, bacterias, gérmenes Toda esa gente tosiendo, estornudando, respirando. No, no, tenía que solucionarlo de otra manera, yo solita.

“Piensa, piensa, Piluka”, me repetía.

Mi madre tenía una copia de las llaves. Pero vivía en la otra punta de la ciudad. No podía ir en autobús, esos ataúdes rodantes, con sus cristales empañados por cientos de alientos, sus barras mil veces manoseadas…

“Piensa, Piluka, piensa”…

Finalmente decidí que no me quedaba otra opción: lo mejor sería caminar hasta la casa de mi madre, evitando las calles más concurridas, atravesando los descampados, los polígonos, las carreteras de circunvalación ¿Cuánto podía tardar? ¿Una mañana? Bueno, tenía tiempo de sobra. Sí, eso era lo mejor. De modo que cogí el barreño de agua con lejía y bajé las escaleras. Al menos, durante esas horas, tendría algo con lo que lavarme las manos.

2

Lo primero que vi en la calle fue la cola del pan, rodeando la manzana. Había casi tres metros de distancia entre las personas que, disciplinadamente, esperaban su turno para entrar a la tienda. Todos estaban recién duchados, limpitos; o eso me pareció a mí, quizás porque los comparaba conmigo. Algunos llevaban guantes y mascarillas. Una mujer se había fabricado una con la copa de un sujetador. Pero, desde luego, no resultaba ni la mitad de ridícula que yo. Me di cuenta de que todos me miraban. Al menos, no decían nada, ni me señalaban, no hablaban entre ellos. En la calle había un silencio atronador, como si la ciudad fuera un enorme cementerio.

De repente, sin embargo, escuché un grito: ¡Quédate en casa!

Miré a mi alrededor, los bloques de casas, las ventanas como grandes ojos acechantes…

No vi a nadie, pero volvieron a gritar:

¡Inconsciente! ¿Era a mí?

Sí, tú, la de la bata rosa.

Oí algunas persianas que se abrían, y más gritos, esta vez de otras personas: ¡Venga para casa!

¡Sinvergüenza!

Reconocí al último de ellos. Era un vecino con el que hacía días, al comienzo del confinamiento, había tenido una discusión, en el súper, cuando llenó su carro de rollos de papel higiénico, dejando la balda vacía el Cagón, lo llamaba desde entonces . Durante los últimos días solía verlo, a las ocho de la noche, cuando la gente salía a aplaudir a los sanitarios a las ventanas, tocando una bubuzela, el más ruidoso y entregado de todos. ¿Qué le pasaba, a él y a todos los demás? Seguro que la mayoría se pegaba las horas muertas propagando por wasap bulos, o que habían votado a partidos que apoyaban las privatizaciones y los recortes Y ahora, de pronto, se habían convertido todos en vecinos modélicos, fervorosos aplaudidores, aporreadores de cacerolas, policías secretas, francotiradores de la moral, trompetistas, cantantes de ópera, pinchadiscos, hola don Pepito, hola don José…

¡Asesina! arreciaron los gritos.

¡Payasa!

Los bloques de casas eran como gigantes que se agachaban y me chillaban al oído, me zarandeaban, me escupían.

¡Chúpate esa, guarra! escuché, de hecho. Y noté que algo me salpicaba, un líquido, agua, orina, lejía (bueno, si al menos hubiera sido lejía)…

Eché a correr, asustada, muerta de asco, hacia el parque que había al final de la calle. Mientras lo hacía, el barreño entre mis manos se agitaba y el agua se iba derramando, caía sobre la acera Era horrible. Tuve la sensación de que me estaba desangrando.

3

Cuando llegué al parque me senté en un banco y me eché a llorar. Llevaba días aguantándome las lágrimas: cada vez que ponía las noticias y escuchaba el número de muertos, o que el presidente decía que la situación todavía empeoraría, o que aún no habíamos alcanzado el pico máximo de la pandemia; o cuando veía a los sanitarios, sus caras de fatiga, su desesperación y su tenacidad. Creo que, en realidad, no llegaba a romper a llorar del todo porque aún no me acababa de creer lo que estaba sucediendo. Todo era como una película de catástrofes que nos obligaban a ver por la televisión. Tampoco conocía a ningún enfermo, ni a ninguna víctima. Tan solo a los famosos de los que hablaban en los telediarios. Me parecía todo muy raro. Toda esa gente desconocida muriendo y toda esa gente, como el Cagón, haciendo fiestas en los balcones, petándolos de luces, poniendo bakalao y reguetón a todo trapo…

Creo que, en realidad, si tenía ganas de llorar era por puro egoísmo, por mí misma, porque no sabía muy bien qué sucedería cuando todo esto acabara. La tienda estaba cerrada. ¿Cuánto más podrían aguantar pagándonos y sin vender un triste paraguas? En el grupo de wasap algunas de las compañeras empezaban ya a hablar de ERTE, despidos…

“Cuando todo esto acabe”, repetía todo el mundo el mantra. Pero quizás cuando todo esto acabara aún fuera peor, y las personas siguieran muriendo, silenciosamente, en sus casas, y las noticias ya ni siquiera hablaran de ellas.

Estuve llorando durante casi media hora. También me lavé las manos cinco o seis veces. Y después seguí andando, con mi barreño de agua con lejía, lo que quedaba de él, a cuestas. Me crucé con varias personas, paseando perros o barras de pan, que, por suerte, me esquivaron, recelosas. Y llegué hasta un descampado, que conectaba mi barrio con el vecino. Era un enorme solar, en el que crecían juncos y matorrales salvajes entre escombros y basura. En verano apestaba y se llenaba de mosquitos. Nadie se acercaba por allí. Sin embargo, al entrar en un claro entre la vegetación, escuché risas y música.

Vi a un grupo alrededor de un tipo, que tenía agarrado por una correa a un perro gordo, que respiraba fatigado, tumbado boca arriba en el suelo.

-El pobre está reventado, la peña no para de pedírmelo para sacarlo a darle una vuelta, ahora ya he empezado a cobrar un par de pavos por cada media hora decía, entre risas.

-Yo he probado a ponerle un arnés al periquito, pero no hay manera explicaba otro. Eran cimarrones del COVID-19. Conocían todos los trucos para esquivar la cuarentena. Se sentían a salvo del virus. Fuera de la película. Sentí desprecio por ellos. Pero al pasar a su lado también escuché a una mujer lamentándose:

-En nuestro piso vivimos doce personas. Dos están enfermas. Si no salimos un rato, una de dos, o nos morimos o nos matamos entre nosotros.

Seguí caminando.

Vi a algunas parejas besándose entre los matorrales, modernos Romeos y Julietas, separados como ellos por la cuarentena.

En una hondonada varios jóvenes hacían botellón, bebían a morro de la misma botella, se creían inmortales.

Un grupo de runners y vigoréxicos armados con palos atravesó corriendo el descampado.

-Farlopa, marihuana, mascarillas me ofreció alguien escondido tras un árbol.

Y, de repente, justo cuando empezaba a acostumbrarme y a sentirme extrañamente cómoda, pues allí, en el descampado, nadie me juzgaba, nadie me insultaba, nadie se metía con mis pintas, justo entonces, se escuchó una sirena.

-¡La pasma! dio el agua alguien.

Y todos aquellos grupitos comenzaron a dispersarse, se escondieron entre la vegetación, desaparecieron, me dejaron sola ante el peligro.

4

-¡Quieta, no se mueva! me gritaron los agentes, al bajar del coche.

Y se abalanzaron como fieras sobre mí, sin preguntar nada (por suerte, antes pude dejar el balde en el suelo, aunque con los nervios se me vertió la mitad del agua con lejía). ¡Ay, me hace daño! protesté.

Uno de los policías eran nacionales me había retorcido el brazo y me había obligado a tumbarme boca abajo en el suelo.

-¿No sabe usted que no puede salir de casa? preguntó el otro.

-Voy a ver a mi madre me he dejado las llaves dentro de casa y no puedo entrar, ella tiene otra copia, ¿comprenden? intenté explicarme, aunque no sé si escucharon esto último, por una parte porque él y su compañero comenzaron a reírse en mitad de mis explicaciones y, por otra, porque me habían inmovilizado colocándome la rodilla sobre la espalda, como si fuera una delincuente o una terrorista o una concejala de urbanismo y apenas podía hablar.

-¡Vaya! ¿A quién tenemos aquí? Caperucita fucsia cruzando el bosque en busca de la abuelita se mofó uno de los agentes.

Y el otro añadió: ¡Venga ya! Durante estos días hemos oído todo tipo de excusas, pero ninguna tan cutre como esta.

-¡Se lo juro! protesté.

-¿Qué está pasando aquí? terció alguien. Giré la cabeza como pude y pude ver que junto al coche de los nacionales acababa de aparcar otro de la Policía Municipal.

-Aquí, otra que se ha saltado tan ricamente el confinamiento informó uno de los policías nacionales.

-Y encima con esas pintas añadió, sin ninguna necesidad, el otro.

Pero, al menos, supongo que para que se viera bien mi bata rosa, mis zapatillas del rastafari, mi pijama lleno de pelotillas, retiró la rodilla de mi espalda.

-Está bien, nosotros nos hacemos cargo dijo el munipa.

-No, no, es jurisdicción nuestra contestó el nacional.

-No, no, disculpa, este solar está dentro del término municipal.
-No, señor…

En medio de la discusión, se escuchó el rugido de otro motor. Un todoterreno. Vi aparecer un jeep de la Guardia Civil.

-¡Retírense, déjennos a nosotros! ordenó una voz, sin ni siquiera bajarse del coche, por los altavoces.

-¡Un momento, un momento! los policías, de todos los colores, que había alrededor de mí se apartaron y se dirigieron hacia el jeep. Comenzaron a debatir entre todos, colocando sobre el capó todo tipo de papeles, permisos, placas… 

-Lo dice el decreto ley.

-El decreto ley, mis cojones.

-Oiga, un poco de respeto.

Me di cuenta, entonces, de que ninguno de ellos me hacía ya caso, enzarzados en sus cosas de maderos. Me puse de pie. Recogí el balde de agua. Y, sin que nadie me echara de menos, abrí un hueco entre los juncos y me introduje en la espesura. Antes de que esta me tragara, distinguí el resplandor azul de otra sirena acercándose y un coche rojo de la Policía Foral sumándose a la fiesta.

5

Cuando, por fin, conseguí salir del descampado y despistar a las policías, comenzó a llover. Me gustaba la lluvia. En parte porque trabajaba en una tienda de paraguas, pero también porque la lluvia era vida, lo limpiaba todo, hacía resplandecer el mundo…

“Si cayera mezclada con unas gotitas de lejía, sería ya perfecto”, pensé.

Mierda, Piluka”, me reñí a mí misma a continuación.

Estaba obsesionada con la limpieza. Era una enfermedad. Un TOC. Antes, antes de conocer a Miguel y de que sucediera la desgracia, yo no era así. Miré mis zapatillas del rastafari. Me las había comprado él, en el mercadillo de Platja d`Aro, durante aquellas vacaciones. Nuestras primeras y últimas vacaciones juntos. Y ahora, con la lluvia y la caminata, las zapatillas se estaban destrozando. Había conseguido, al menos, alejarme de los descampados y ahora avanzaba por una ronda de circunvalación. Apenas había tráfico. De vez en cuando, veía acercarse un coche patrulla y me escondía en el arcén. También me crucé con un convoy militar, con un carro de combate y todo. Me pregunté si pretendían acabar con el coronavirus a cañonazos. Caminé durante dos o tres kilómetros. Y entonces, como una aparición, vi a la anciana, acercándose a mí. Parecía una zombi. Se movía torpemente, con los brazos extendidos, y estaba pálida y demacrada. Y, como yo, iba vestida con una bata de casa y zapatillas, las suyas de Hello Kitty. Pensé en esconderme. Pero también me di cuenta de que la mujer lloraba a moco tendido y estaba asustada.

-¡Hija mía! gritó cuando me reconoció (o cuando reconoció en mí a su hija, mejor dicho). ¡Por fin te encuentro! Y se arrojó en mis brazos, haciendo volcar mi balde de agua. Un escalofrío me heló el cuerpo. Por un momento, en lugar de a la anciana, me imaginé al virus, aquella bola gris, con sus trompetitas rojas, sus piernecitas con zapatillas de correr, sus decenas de bracitos de diosa hindú, abrazando todo mi cuerpo. La separé, con disimulo y un poco de repelús.

-Me he escapado de la residencia comenzó a contar ella, con apenas un hilo de voz.

Lloraba. Parecía una niña pequeña, confesando una travesura.

-Las monjas se han ido. Y hay gente muerta por todos los lados. Yo no me quiero morir, hija dijo.

Y volvió a abrazarme. No sé cómo sucedió, de dónde saqué fuerzas y valor, pero le acaricié el pelo. Sequé sus lágrimas. La apreté contra mí. Vale, en la tele decían que había que protegerse del virus. Evitar el contagio. Espantar a la muerte. Pero me pareció que precisamente eso era lo que estábamos haciendo.

Le di la mano y juntas nos apartamos de la carretera y caminamos hacia la ciudad. Mientras lo hacíamos, ella me habló de los amigos que habían muerto esos días en la residencia, Pilarín, Lucía Bosé, tu padre, el Marqués de Griñón…

Llegamos a un centro de salud, a las afueras de un barrio. Hice sentarse a la anciana en una sala de espera y expliqué en admisión lo que había sucedido. Me miraron con un poco de desconfianza. Luego me dieron las gracias y me dijeron que ellos se ocupaban de todo.

Volví a despedirme de la anciana.

-¿Tú quién eres, bonita? me dijo ella. Le acaricié el pelo otra vez. Parecía más tranquila. Vi que tras el mostrador hablaban por teléfono, en voz baja, y me vigilaban de reojo. Salí corriendo del ambulatorio.

¡Espere! escuché a mis espaldas.
Corrí y corrí.

Cuando llegué de nuevo a la ronda de circunvalación, el balde de agua seguía allí, junto al arcén, todavía con un dedo de agua. Había dejado de llover. A lo lejos, se dibujó un arcoíris. Y bajo él, trotando libres, dos cervatillos cruzaron despreocupadamente la carretera desierta.

6

Me lavé las manos, como buenamente pude, y continué caminando por la ronda hacia el barrio de mi madre, hasta el que ya debían quedar tan solo dos o tres kilómetros.

Mi madre. Hacía dos o tres días que no hablaba con ella. Pero daba por hecho que estaba bien. Una hija siempre da por hecho que su madre está bien, que es indestructible, que siempre estará a su lado, protegiéndola y queriéndola. Aunque tengas cincuenta años y lleves puesta una camiseta de un banco con el lema “¡Revolución!”.

Supongo que es un mecanismo de defensa, una manera de no pensar en que un día, lógica e inevitablemente, enfermará, o perderá la cabeza, o se morirá y ya nunca más podrás volver llamarla ni ir a verla y te sentirás sola en el mundo, con un gran vacío dentro de ti, que ya nada ni nadie podrá llenar ni restablecer.

A muchas personas, ahora mismo, les estaba pasando eso. De repente, a sus padres se los llevaban al hospital y ya no volvían a verlos. Ni siquiera podían despedirse, ni enterrarlos. Pensé que quizás también esas personas hacía días que no habían hablado por teléfono con sus padres, o habían dado por hecho que estarían bien, que el coronavirus nunca llamaría a su timbre…

“¡Puto bicharraco asesino!”, lo maldije. Necesitaba ver a mi madre cuanto antes, comprobar que estaba a salvo. Aceleré el paso. Tardé casi una hora en llegar a la rotonda que daba acceso al barrio. Antes de llegar al mismo había que atravesar un polígono industrial. Observé que, a diferencia de en otras calles y zonas de la ciudad, por allí había bastante movimiento. Vi de nuevo camiones militares. Se detenían delante de una gran nave industrial o, mejor dicho, delante de media docena de coches con los logotipos de radios y televisiones que había frente a ella y descargaban palets, colchones, bultos, de un modo que me pareció absurdo, pues en lugar de arrimar los culos de los camiones a los portones de la nave los aparcaban a unos doscientos metros de distancia e iban pasándose los fardos de mano en mano a lo largo de una fila compuesta por varias docenas de hombres uniformados y con gafas de sol.

Me acerqué a curiosear. Maldito el momento en que lo hice.

-¡Bienvenida, eres la primera en llegar! oí a mis espaldas.

Me volví. Era un tipo repeinado, con fachaleco. Me sonaba su cara, de verlo en las noticias locales, durante años, legislatura tras legislatura. Un consejero, un director general, no recordaba exactamente de qué, sanidad, cultura, culturismo Uno de esos políticos que, en fin, por lo visto valían para todo. Le acompañaba un militar. Debía de ser alguien importante, porque tenía el pecho lleno de medallas, igual que el general ese que aparecía en las ruedas de prensa del gobierno imitando a Gila y confundiendo a la gente, diciendo que estábamos en guerra, como si no tuviéramos ya bastante con el virus.

-Acompáñenos.

-Oiga, yo no intenté zafarme de ellos. Pero el del fachaleco, que era un bocachancla, había empezado a hacer aspavientos y había conseguido que los periodistas que había junto a los coches y furgonetas, se giraran hacia nosotros. Vi aterrorizada cómo se acercaban con sus cámaras, sus alcachofas…

-En estos momentos vemos cómo la primera usuaria ingresa en el albergue de campaña para personas sin hogar que ha acondicionado la UME escuché que relataba una de las periodistas.

Y lo comprendí todo. ¡Me habían confundido con una sintecho! No me extrañaba, por otra parte. Llevaba la ropa sucia de barro, las zapatillas del rastafari se habían agujereado, dejando al descubierto los dos dedos gordos, y tenía varios arañazos en los brazos y la cara, que me había hecho cuando me había escondido entre las zarzas, huyendo de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.

Instintivamente, me cubrí la cabeza con el balde de agua.

-¡Déjenme en paz! braceaba, e intentaba abrirme paso, no sabía muy bien hacia donde, porque a mi alrededor solo veía una nube de piernas y micrófonos.

-Por aquí, por aquí escuchaba, no obstante, la voz de alguien que parecía guiarme.

Y yo me dejaba guiar. Estaba muy nerviosa, aturdida, y no sabía muy bien qué hacía. “Piensa, Piluka, piensa”, me repetía, pero lo cierto es que no recuerdo muy bien qué sucedió a continuación. No sé si perdí el conocimiento, si tuve una crisis de ansiedad, o si me dieron una pastilla, o un garrotazo, el caso es que me desperté tumbada en un camastro, en el centro de una gran nave, que olía a Zotal y plástico retractilado, rodeada por otros cientos de camastros como el mío, separados unos de otros componiendo una gran figura geométrica, y la mayoría de ellos vacíos. Solo, a lo lejos, en una esquina de la nave, vi a un hombre con unas barbas como un matorral sentado en el borde de la cama. Tenía una tos muy fea.

7

A los pies del camastro había una toalla, unas chanclas y una bolsa con el balde de agua y con mi ropa, hecha un gurruño. Vi la cabezota del rastafari, deformada contra el plástico. ¿Qué llevaba puesto, entonces? Me levanté. Me tiraba la sisa de la chaqueta y el tiro del pantalón de un chándal rojo y desactualizado se me metía por la raja del culo. “X Juegos Escolares Deportivos de Navarra”, leí un logotipo en el pecho de la sudadera.

El hombre del otro camastro tosió una vez más, y su eco se escuchó en la otra esquina de la nave, replicado por el carraspeo rasposo de otro vagabundo. A lo largo de la tarde habían ido ingresando más sintechos, que se movían por aquel albergue de campaña como si llevaran allí toda la vida. Algunos de ellos se saludaban efusivamente. El coronavirus no les asustaba. Convivían con la muerte y el confinamiento a diario.

Volví a tumbarme en la cama. Yo, por el contrario, no podía soportar aquellas toses. Me estaban volviendo loca. Cerré los ojos Y allí estaba Miguel otra vez, tumbado, inmóvil, sobre mi cuerpo, en aquel hotel de Platja d Aro; ahí estaban otra vez mis dedos, sucios de la sangre que él había vomitado, como una rosa negra, en mi pecho, cuando todavía estaba dentro de mi…

Necesitaba lavarme las manos. Me levanté. Abrí la bolsa con mi ropa y saqué el balde. Necesitaba lavarme las manos una y otra vez. Me puse las chanclas. Estas, al menos, eran de mi talla, y no de la de una jugadora de minibasquet. ¿Dónde estaba el maldito baño? Deambulé por la nave, durante unos minutos y, de repente, como quien no quiere la cosa, al empujar una puerta, ante mis ojos apareció el skyline del barrio, con sus edificios, cuyas ventanas comenzaban a iluminarse y a desvelar tras ellas la silueta de gente preparando la cena, jugando con sus hijos…

Distinguí, entre todas ellas, la de la cocina de la casa de mi madre.

Cerré la puerta a mis espaldas y eché a andar hacia la luz, hacia aquella luz súbitamente blanca y reparadora, al final del túnel, justo cuando este parecía más oscuro.

8

Al llegar al barrio, me sentí segura. Como cuando era joven y volvía a casa andando del casco viejo, de noche, y al entrar en las primeras calles me parecía que ya nada malo me podía ocurrir, que ya estaba en casa, a salvo…

Escuché algunos tímidos aplausos, a los que luego se sumaron otros, y otros, y luego bubuzelas (en todos los barrios había un Cagón), silbidos, hola don Pepito, hola don José Miré el reloj. Las ocho. Llevaba casi diez horas dando tumbos.

Me crucé con un tipo paseando a un perro gordo y fatigado, muy parecido a aquel del descampado. En el rostro del muchacho se dibujaba una gran sonrisa. Lo vi cerrar los ojos y levantar el rostro y los brazos al cielo, saludar agradecido. Me imaginé que él imaginaba que aquellos aplausos eran en su honor. Y supe que en cierto modo se trataba de eso. Que toda esa gente en los balcones no solo estaban aplaudiendo a los sanitarios, a las cajeras, a las mujeres de la limpieza, a todos los que estaban manteniéndonos vivos en medio de aquel horror, sino que también se aplaudían a sí mismos, necesitaban hacerlo, para no sentirse solos, ni muertos de miedo…

Llegué hasta mi portal. Estiré la manga de la sudadera hasta cubrirme la mano y, conteniendo la respiración pulsé el botón del portero automático. Pasaron varios segundos, interminables.

-¿Quién llama? escuché, al fin, la voz, preocupada y firme a un tiempo, de mi madre.

-¡Mamá, soy yo! dije.

Una lágrima, redonda y gruesa, rodó por mi mejilla.

-¡Piluka, hija! ¿Estás bien? Llevo llamándote todo el día.

-Sí, mamá, estoy bien, me he dejado las llaves y el móvil dentro de casa y no puedo entrar, ¿tienes por ahí la copia que te dejé?

-¡Claro, hija, claro, sube!

Abrió. Al empujar la puerta, se me cayó el balde de agua al suelo. Me quedé mirándolo durante un largo rato. Después, me agaché, lo recogí y lo arrojé a un contenedor de obra, que había unos metros más allá. Subí por las escaleras. Mi madre me esperaba con la puerta abierta.

-Hija, qué pintas llevas, pareces una niña pequeña. ¿Y qué te ha pasado en la cara, esos arañazos? dijo.

-Estoy bien le contesté.

No quería ni pensar qué habría dicho si me hubiera visto hacía unas horas, con la bata fucsia, el viejo pantalón del pijama, la camiseta del banco con aquel lema, “¡Revolución!”, las zapatillas del rastafari Me imaginé, por cierto, que alguien acabaría recogiendo la bolsa, al pie de mi camastro, y tirándolo también a la basura, como yo acababa de hacer con el balde de agua.

Y me pareció bien.

Mamá y yo nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Tenía ganas de abrazarla, pero me contuve. Ella también lo hizo. Siempre había sido una mujer muy prudente. Yo también. Supongo que eso es lo que sucede cuando una madre, a pesar de todo, muere. Que continúa siendo indestructible porque dentro de ti sigue vivo todo lo que ella te ha enseñado.

-Aquí están las llaves dijo, tendiéndomelas ¿No quieres quedarte a cenar, hija? preguntó, de todos modos.

-No, es mejor que no.

-¿Y cómo vas a volver a casa, a estas horas?

Cogí aire, sentí que algo se removía dentro de mí, pero lo dije:

-En autobús, no te preocupes.

Estuvimos charlando durante unos minutos más. Cosas sin importancia. Mi madre, por ejemplo, dijo que ese verano iba a ser muy gracioso, con toda la gente en la piscina blancucha, y fofa, con cortes de pelo caseros…

Nos reímos.

-Ay, hija, cuando todo esto acabe, nos podíamos ir las dos juntas de vacaciones unos días – dijo.

Y yo, conteniendo de nuevo las ganas de llorar y de abrazarla, se lo prometí:

-Claro que sí, mamá. Cuando todo esto acabe.

FIN