Una fotografía de a principios de los años ochenta en el Estado de Guerrero:
un pequeño en el transporte colectivo ve cariñosamente a su padre. El hombre
mayor cabecea; riña contra los imaginarios y pesados brazos de Morfeo, quien parece aplicarle una llave paralizante al cuello. ¡Pero si es el amanecer!, exclama en sus adentros el niño. La aurora, cuando el viento matinal levanta la impureza de las calles y la regresa a los barrios; cuando el comercio informal se levanta sigilosamente como construcciones eficaces de piezas Lego construidas por Dios; cuando la franja obrera, cubierta de azul plomo, se encamina a las factorías para comenzar una nueva jornada de lavapiés. El niño no entendía el sueño de su padre frente a los primeros rayos de luz, como tampoco sabía de las horas de trabajo que realizaba por la noche: largas faenas de ebanistería que culminaban en la madrugada, para poder ejercer otra vida de trabajo en las instancias del almacén. No lo comprendía, porque arrullado por el océano, el sueño del niño era profundo en ese entonces; sus mañanas se desplegaban susceptibles, como los insondables circuitos de turistas despiertos a una nueva aventura. Desprenderse de la realidad no era nada para ese joven, lo verdaderamente heroico es desprenderse de un sueño. Y su padre fue todo un héroe.

Ese niño que miraba afectivamente a su progenitor, como en el final de la película ‘El Ladrón de Bicicletas’, era yo. Jamás me podré descoser de la imagen de mi padre lidiando con la pesadez de sus párpados.

En Texas amanece como si fuera el último día. Un halo apocalíptico surca el cielo, pero conforme van avanzando las horas, se descubre un sol algarábico, inclemente, que puede llegar a los 37 grados. Tomo el freeway y observo por la ventana de la camioneta una película de George A. Romero. ¿Alguien está pensando en los vagabundos?, la frase “Quédate en casa”,
popularizada por el médico epidemiólogo Hugo López–Gatell en México, me parte en dos cuando veo a los indigentes. ¿Quién te salva de tu propio hogar?

Las arterias vuelven a ser vírgenes. Se apoderan de la ciudad la maleza y la basura, elementos libres muy similares al hombre pero más respetuosos; saben dónde moverse, conocen su sitio para crecer y desarrollarse sin estorbarse entre ellas. Manejo hacia mi trabajo. Es una película. Todos los días una Road–movie en medio de una pandemia. No soy John Cusack combatiendo zombies. Soy un obrero de la construcción y no hay claqueta que me salve con un corte y queda. “Siempre se ha de conservar el temor, mas jamás se deberá mostrar”, le gustaba decir a Quevedo, pero en los pocos rostros de la urbe –trabajadores hispanos en su totalidad-, el temor a contagiarse dilata la confianza o la impone.

El camino se me antoja infnito. Ni en ‘Mad Max’ se apreciaba un ambiente tan lóbrego, al menos tenían a Imperator Furiosa para salvarles el trasero de Inmortal Joe. Acá tenemos cubrebocas de gasa, papel higiénico y el mismo alcohol de siempre –para las manos y para las gargantas–, en las dosis que cada uno decida. “Quédate en casa” vuelve a resonar una y otra vez, como un mantra o salmo poderoso. “Quédate en casa”. Recapacito. También soy un vagabundo; uno que cimienta las estancias de los otros. ¿Quién te salva del resguardo de los demás?

El camino se me antoja caliginoso. Pienso en las playas de Guerrero y sus turistas a punto de comenzar un nuevo episodio en los años 80. Pestañeo. Aferro fuertemente mis manos al volante para no salir del camino. Me aferro fuertemente a mis sueños para no salir de la fantasía. Pero ya es tarde para mí. La arena y el mar quedaron atrás. Enterramos a papá un diciembre de 2017 y no tengo un país ni una jaula en concreto a dónde regresar.

Hoy es mañana, ha ocurrido, dice Phil desde su eterna jornada en el ‘Día de la Marmota’. Ha ocurrido. El tiempo que no pasa y se anida. Todos los días en Texas son el último día en contingencia. Pestañeo. Tengo sueño y tengo temor. Ha sucedido. Me he convertido en la figura de mi padre, doblando turnos y durmiendo en los trayectos de la vida. A diferencia de él, yo no tengo capa ni espada, ni una sola herramienta de carpintería. Soy manos
escindidas que levantan muros donde se esconden otros para salvarse del mundo, salvaguardarse de la pandemia, protegerse de mí mismo.

Hay que decirle la verdad a alguien que va a la guerra, que va al trabajo cuando otros se quedan en casa, a alguien que sabe, será contagiado al doblar el volante… Es necesario que sepa la verdad, sin eso no podría dormir. Y yo hace tiempo que llevo los ojos cerrados.