Rogelio Garza es uno de los autores más frescos de la literatura mexicana, ha inundado la Red con un contenido contracultural, anárquico y subversivo; sus temas están ligados al Underground y la literatura Trash. Su pasión por las bicicletas lo ha llevado a publicar ‘Las Bicicletas y sus dueños’ (Rueda Libre, 2011), un libro sobre los usos y costumbres de los personajes más importantes en la historia que se han subido a una bicicleta para auscultar un mundo sobre ruedas. Y acaba de publicar ‘Bicicletas y otras drogas’ (Salario del Miedo, 2020), un libro que plantea el uso de la bicicleta como una droga que produce placer.

         Honestamente, nunca había conocido a alguien más interesado en el tema de las bicicletas como a Rogelio Garza, su pasión está muy por encima de la de las chicas hipsters que pedalean de un Starbucks a otro; Rogelio es un ferviente apasionado, un adorador real del tema, un culto profeta de la bicicleta, es el Antonio Ricci contemporáneo, aquél memorable protagonista de ‘Ladrón de Bicicletas’ en donde la bicicleta es el objeto clave para una vida digna.

         Conversé con este ciclista y escritor acerca de sus más fervientes pasiones: El periodismo, la música, la literatura y obviamente, las bicicletas. ¡A rodar!

“El día en que la mujer se suba a la bicicleta, el hombre la va a seguir”, escribió David Byrne, ¿de dónde proviene tu gusto por la bici?

Suelo decir que soy quien soy por las bicicletas. Más que un gusto, andar en bicicleta se convirtió en un hábito. Es algo que con el paso del tiempo involucró todo hasta el punto en el que mi vida sería inconcebible sin ellas. A los doce años pesaba setenta kilos, lo cual me causaba muchos problemas en las escuelas de las que me corrían por peleonero. Cuando logré finalizar la primaria, mi madre me dio a elegir un regalo, y le pedí una bicicleta BMX Cross. Creo que ha sido la decisión más inteligente que he tomado en la vida. Me salí a pedalear todas las tardes y en menos de un año, sin darme cuenta, era otra persona y mis problemas habían desaparecido. Hoy tengo 50 años, peso 59 kilos, y soy una persona flexible y ligera, de pensamientos redondos en una mente circular.

¿Cuáles son tus modelos de bicicleta favoritos?

Uso todo tipo de bicicletas. No estoy casado con algún modelo en particular. Uso bicicletas de montaña, de ruta, single speed, cyclo cross, fixed. Y todas tienen sus ventajas y desventajas. Pero todas son mágicas. Porque andar en bicicleta es caminar en al aire y volar con los pies.

En Las Bicicletas y sus dueños (Rueda Libre, 2011) abordas, en más de 160 páginas, la historia de la bicicleta a través de personajes que se han subido a ellas; la historia del personaje y su bicicleta, de su aportación a la humanidad. Historias donde caben políticos, científicos, religiosos, artistas y escritores, como tú, ¿cómo surge este proyecto?

Es una historia larga. Yo quería hacer algo con las bicicletas además de montarlas y pedalearlas. Empecé haciendo “escultura” con piezas viejas. Después hice el proyecto en fotografía, me puse a retratar a personas con sus bicicletas. Pero no soy escultor ni fotógrafo, fracasé porque las piezas y las fotos no quedaban como yo quería. Pero del ejercicio fotográfico salió la idea del libro: ‘Las bicicletas y sus dueños’. Una tarde de ocio estaba hojeando una revista de ciencia y leí una entrevista que le hicieron a Albert Einstein, donde decía que la teoría de la relatividad se le había ocurrido mientras daba una vuelta en bicicleta. Luego vi una de las fotos que acompañaba el texto y era Einstein en una bici Schwinn Cruisier de llantas cara blanca. Y en ese momento se armó todo en mi cabeza. Ese fue el primer texto que hice y fue como abrir un camino. Esto fue en 1999 y en 2008 publiqué por primera vez el libro.

¿Qué representa para ti El Ladrón de Bicicletas‘ (1948) de Vittorio de Sica?

Representa la importancia que ha tenido la bicicleta como una pieza del desarrollo socio económico de los países durante el siglo XX. Y la importancia de la bici en la vida de tantas personas que dependen de ella para trabajar y sobrevivir a diario. Robar una bicicleta debería ser penadísimo por la ley.

Te has desarrollado, de igual manera, en el periodismo musical, ese que “consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer”, como dijo alguna vez Zappa, ¿qué opinas de ello?

Me gusta la música y me gusta “escribir” acerca de su universo. La sentencia de Zappa es muy filosa y graciosa. Quizá se le ocurrió mientras leía una reseña desfavorable. Es la opinión de un músico. Igualmente he leído cosas como “si Zappa era un genio por qué tocaba rock”. Jamás dudaría de su talento, pero creo que tenerlo de cerca debió ser insoportable.

Zig-Zag, lecturas para fumar (Rueda Libre, 2015) es una compilación de tus artículos publicados durante dieciocho años en La Mosca en la Pared, Milenio Diario, Marvin y Replicante, ¿cómo fue este arduo proceso de selección?

El criterio fue elegir los textos que en su momento causaron mayores reacciones, en contra y a favor. Después busqué en mis archivos todos los ejemplares impresos y los capturé de nuevo. En el proceso de reescribirlos fui actualizándolos y editándolos. El resultado fue el libro. 

¿Qué trabajos has realizado en el ampuloso terreno de la publicidad?

De todo, desde papel sanitario hasta bancos, laboratorios y aerolíneas. La publicidad me ha dado de comer durante décadas y he aprendido mucho de ella.

Escribías, mucho antes que nadie, acerca de la cultura Beat y los escritores marginales que dejaban de serlo; ¿tuviste algún problema con revistas que no quisieron publicar tus artículos, cómo escogías tus medios y cuáles te negaron sus páginas?

He publicado donde me abren las páginas y eso siempre lo agradezco. Por supuesto, en muchos medios no te publican, pero tampoco veo el caso mencionarlos. Me acerco a un medio cuando leo en sus páginas periodistas y autores que me gustan. O donde sé que hay editores abiertos. O cuando me invitan a colaborar, siempre de gusto.

En el prólogo de Zig-Zag, Carlos Velazquez escribe que eres un “enciclopedista cool, fan de los Ramones, que escribía sobre temas que nadie, o casi nadie tocaba en el medio mexicano”, ¿qué se siente eso y cómo es tu relación con Charly?

Se siente bonito. Nunca lo vi así hasta que él lo puso, solo escribo sobre lo que me gusta y me llama la atención. Mi relación con Carlos empezó a finales de los 90, cuando publicó el libro Cuco Sánchez Blues y me lo envió para que le hiciera una reseña en La Mosca. Leí los cuentos, me gustaron mucho e hice la reseña. A partir de ahí surgió una amistad por correo electrónico. Después mantuvimos contacto vía blogs y con el tiempo nos conocimos en persona. La primera vez que nos topamos fue en una carne asada que me invitó con el personal de Sexto Piso. Sólo tengo palabras de admiración y agradecimiento para él, es uno de los tipos más generosos que conozco. Su libro La Biblia Vaquera lo considero un clásico de la literatura mexicana (aunque sea prematuro decirlo). Siempre que podemos nos ponemos hasta la madre, nos regalamos chingos de libros, compartimos música, nos vemos en algún concierto, a veces comemos, o nos ha tocado presentar un libro Hunter Thompson. El trabajo y la fama lo mantienen muy ocupado, siempre tiene que atender compromisos y personas que quieren estar con él, nubes de fans. Entonces, como le digo,  hay que darle su espacio.

¿Quiénes son tus periodistas musicales contemporáneos favoritos?

Alejandro González Castillo de México. Tim Sommer de Estados Unidos, aunque últimamente Tim me ha decepcionado, creo que la edad empieza a hacer estragos en su pensamiento. Ya sabes, uno se vuelve enojón, comodino y reaccionario. 

¿De qué trata Bicicletas y otras drogas?

Es un gran viaje en bicicleta a través de Ciudad Satélite –el lugar en el que acabo de cumplir 50 años–, las bicicletas que he pedaleado desde niño y las drogas que he consumido. Además, repaso el cancionero bicicletero que he ido armando con los años. El título completo es ‘Bicicletas y otras drogas. Rilas, roles y rolas de un cletómano’. La bicicleta me salvó de ser otra persona. Soy un cabrón profundamente ansioso y gracias a ella he podido librarla. Pero también gracias a las drogas. De hecho, comparo los efectos de pedalear con el de las substancias.

Son crónicas bicicleteras que escribí echando mano de varios géneros, periodismo, ficción y autobiografía. Hoy está de moda la crónica de barrio de la Ciudad de México, pero yo no soy de barrio, nací en la periferia y crecí en los suburbios clasemedieros de este lugar que conserva una idiosincrasia muy particular respecto a los habitantes de la Zona Metropolitana y del país: soy sateluco. El maestro Sandro Cohen, poeta, narrador y ciclista, hizo el prólogo y dice que son tres libros en uno. Yo sólo espero salir bien librado del experimento.

Andar en bicicleta se considera una actividad saludable, amigable con el planeta y las ciudades, con una serie de beneficios para las personas, ¿relacionarla con las drogas no es contradictorio?

Sí, por eso digo que soy un costal rodante de adicciones y contradicciones. De todas las adicciones que conozco, la bicicleta es mi favorita y la que más tiempo me ha encadenado. Una de mis metas con este libro era precisamente desmitificar a la bici y quitarle lo fresa, lo políticamente correcto y lo moralmente superior. Aparentemente las bicicletas y las drogas son mundos separados, pero no es así. La rila te produce las mismas endorfinas y efectos que las drogas. Además, en la historia del ciclismo universal las bicicletas, los ciclistas y las drogas van del pedal, desde las Carreras de los Seis Días y la Tour de Francia, hasta el descubrimiento del LSD, mi droga favorita, cuyo primer viaje lo realizó Albert Hofmann pedaleando. A ese trip le debemos El Día Mundial de la Bicicleta, el 19 de abril. En realidad son el mismo mundo, pero la doble moral, la ignorancia y la corrección polite insisten en mantenerlos separados. Sin embargo, en el libro también soy claro respecto al consumo de las drogas; son para disfrutarlas, no para padecerlas. Cualquier exceso siempre va a trabajar en tu contra. Como decía Paracelso, la diferencia entre el veneno y el remedio es la dosis. He padecido los excesos y siempre trato de aprender de ellos. Para mí, el problema de no administrar la bicicleta y las drogas es que se vuelven ordinarias y aburridas. Eso te conduce al exceso y de ahí lo más seguro es que te caigas de la bicicleta. Y pocas cosas son tan aleccionadoras en la vida como una caída en bicicleta.