Esa mañana el sol estaba posado frente a mi ventana, observaba como el desarmador se encontraba borracho alegando con el encendedor, mi imaginación empezaba a ponerse en movimiento. Se acercaba el paseo por la escritura y un tropel de historias por teclear, aun así me encontraba sonriendo y saludando a cuanto se me acercase a la mente, tan pronto entrecruce las manos e hice estiramientos con ellas. Enseguida cerré los ojos y me hundí en meditación, y ya con los ojos cerrados por completo con la mano derecha alcance la cajetilla de cigarros, cogí uno, y enseguida lo encendí.

Ninguna carga en los hombros, ningún dolor encima, mi alma era dichosa aquella mañana, yo empezaba a caminar mis dedos sobre de las teclas de la máquina de escribir, me sentía como un ser humano acabado de nacer y al mismo tiempo con una imagen vaga dentro de mí, olvidado de las imágenes de la dicha y de la tranquilidad. Para variar me sometí en ese eterno pensamiento, y me llevo a ser de nueva cuenta aquella victima que yo conocía demasiado. ¿Por qué? ¿Estaba acostumbrado a escribir de esa manera? En todas las partes de aquella casa era un objeto más de mi singular angustia. No podía sentarme tranquilamente a escribir sin sentir el roce de la mesa en mi rodilla, ni poner el pie en ninguna otra parte sin ser asaltado por una hoja de papel hecha trizas o un tapón de pluma que se encontraba regado en el piso. Eran pequeñas cosas tan insignificantes que me hacían ser un miserable más que señalar dentro de la casa, esto me situaba dentro de un espíritu oscuro y mágico, pero tenía que hacer algo conmigo para dispersar mis fuerzas que se encontraban dentro de una cruel injusticia.

Ponía en fuga a mis pensamientos y empezaba a escribir tan rápido como se pudiera para que mi mente se colocara donde quería que yo que estuviera, cuanto más escribía más rápido se alejaban de mí las eternas preguntas que no tenían ninguna respuesta. ¿Cuál será mi enfermedad? ¿Por qué me ha hecho esto Dios? Era tal vez esto un modo de orar para tranquilizarme y seguir hacia adelante con lo deseado, tenía que saltar de ese mundo real para continuar en el mundo de la escritura y poder conseguir algo digno de mi heroicidad, y ya una vez en paz y satisfecho conmigo mismo, absorbía los nutrientes necesarios y me ponía a pensar en algún tema relevante, tenía vigor para conducir hacia cualquier parte y dirigirme hacia donde yo deseara.

En lo más profundo de mí había un escritor siendo una criatura rara, con pequeños animalillos dentro de su cabeza, pero al mismo tiempo un hombre con una mano dura que ponía a quien quisiera en su lugar. Mi vanidad y mi coraje han armado dentro de mí un duro caparazón, una mirada agresiva y bastante saliva negra, y ya sentado y relajado, sumido en completa reflexión empezaba a teclear el canto a mis oídos que provenían de lo más íntimo de mí ser: las entrañas y la razón.                        

…El culto a la certeza de las cosas no cuenta, la vida misma ilustra de otro modo el empuje del ser humano a ese inevitable vacío. Es el tiempo en que estoy vagando con los trastornos del hambre y los ruidos que produce mi estómago debido a todo esto; imagino que debo de estar en el presente de las imágenes tratando de que la suerte me sonría un poco. Estar en el aquí y el ahora. Desde una trinchera peleando duro. Como un perro de la calle. Perdiendo, sufriendo, amando, apostando, sumando algo o lo que sea. Experimentando todos los días algo nuevo. Una pelea real. El fracaso y la gloria al mismo tiempo. Estoy frente a la cama, sentado, hace días que no duermo. Estaba revisando si tenía algo de ánimo para escribir y recibir a cambio algo digno por ello, una buena historia, pero me encontré de pronto frente a mis dispersas emociones, y pensé si habría algún sentido para estar alegre hoy, ha pasado mucho tiempo en que no recibo alguna señal de mi triste oro, pero sobre todo, en sentir esa dulce alegría dentro de mí…

Continuaba la tarde y sólo pensaba en la intención para someter al individuo a nuevas cosas. Abrir fuego y punto. Me levante de la silla y camine hasta la ventana, y desde donde estaba observaba un pequeño parque vacío y sólo una pelota roja regada en medio del olvido, después examine el cielo y estaba postrado dentro de un marco hermoso con grandes nubes y un poderoso sol que iluminaba el filo de mis ojos. Me quede ahí por un par de minutos más con los codos sobre de la ventana, y pronto regrese a la máquina de escribir. Era la maquina el único objeto de mi casa con el que podía conversar tranquilamente. Encendí otro cigarrillo, y empecé a escribir de nuevo cuanto se me venía encima.

…Tenemos que ser una elaboración más profunda del sujeto mismo que tenga que ver con el tiempo y no tanto con un pasado más próximo o con ilegitimas ideas. La palabra siempre me ha obligado a pensar en esto: Soledad y reflexión. Un pobre errante como yo; de espíritu carcomido ya no podría colocar nada en esta hermosa casa. Sólo hermosas imágenes en mi cabeza. Hay mucho espacio aquí para poner bastantes cosas insignificantes. Al lado de los cigarrillos ya fumados, frente al espejo roto o las botellas en el suelo; incluso entre el sillón y la puerta de madera. Pero ya no tengo ahora tiempo para eso. Me la he pasado acomodando toda mi vida bastantes cosas. Buscando en el suelo un par de tornillos para mí triste cabeza. Para mí todo esto a estas alturas del juego ya indicaría una función idiota. Organizar mi vida. La gente se organiza a diario para protegerse a como dé lugar del otro, pero esta función idiota de organización es contra sí mismos, sólo que no se dan cuenta, nadie lo hace. Es otro. Se arreglan las personas todos los días para ir a trabajar, se lavan los dientes para quitarse las caries de encima, manejan por varias horas en el tráfico de esta ciudad para ir a sus horribles trabajos y regresar a sus diminutas y podridas madrigueras. Se dejan gobernar por mentiras y viven encerrados en sus casas sintiendo miedo por algún contagio inventado. En sus cabezas vive un hombre o una mujer idiota; en sus corazones sólo hay un hombre que se organiza a diario. De esta manera, allí siempre existe y reina para ellos un orden. Para muchas personas su orden ya no es geométrico, siempre y sin querer van sacando por delante lo que los hace común a su semejante. No hay edad para olvidar este saber y no podemos apelar a las imágenes reales sin una aurora para tener que llegar a ninguna parte. Tarde que temprano uno siempre llega a ese lugar. Confundido y destruido o en el mejor de los casos sin mucho qué decir…

Uno tiene que pasar por aquí y resistir me dije. Se había apoderado de mí un extraño sentimiento de rabia y odio pero también de mucha indiferencia hacia el otro. Abandone la silla nuevamente y fui por un vaso de agua simple, encendí otro cigarrillo, y observaba como este me lanzaba miradas implacables de frialdad dejándome cosas mínimas en la cabeza que desaparecían rápidamente de ella y me ayudaban para seguir con la escritura deseada.

…No conozco a ningún hombre que pueda soportar esta violencia total; vivir solo y en silencio. Vivir solo te vuelve loco. Es una total desesperación desesperada y encarnada. Un círculo de miedo…

Mis manos rápidamente se alejaban de la máquina de escribir, el ruido de los objetos y el silencio de la casa llenaban en ella un ambiente de bastante misterio y de calma. Algo bueno estaba tejiéndose dentro de las hojas de papel, lo presentía, seguía pensando en eso pero no me inquietaba para nada, dejaba que las cosas fluyeran, y también dejaba pasar el tiempo correr. Mi contexto era tranquilo y en mi corazón había demasiada sombra como para detenerme a reflexionar un poco más y conseguir algo de esa oscura flema que necesitaba expulsar de mi garganta. Empecé a dar tumbos por mi cerebro, pasear por toda la casa, decidí no atracar a ningún escritor ese día, en fin, sólo se trababa de conseguir un par de hojas terminadas, una pequeña historia o un símbolo verdadero como para no tener que portar pensamientos sombríos dentro de mí por una corta temporada. Regrese a la banca, había que acabar para después organizar las hojas.   

…Cuando te acostumbras a la soledad asimilas menos las cosas y tus ojos se cubren de polvo y tus manos de hielo; el silencio recubre todos los rincones de tu casa con una luz muy delgada y suave, con un brillo que no dice nada. Tu cuerpo se recubre de ese frío. Tu voz igual. Todo esto te aniquila. Los objetos tarde que temprano terminan cobrando vida; entonces te das cuenta de que empiezas a tener aún lado de ti a una nueva amistad estremecedora. Bajo las maderas de las escalinatas, la tela del sofá y todos los vidrios juntos; los objetos son un castigo. Jugar o esconderse de todos ellos al principio es vivir un acontecimiento de la locura. Después todo se vuelve normal. Tu locura. Tu soledad. Tú mismo.

Todos aquí tenemos la necesidad de tener secretos. Pero vale la pena enfrentar a los objetos, sólo así te das oportunidad y haces solo camaradería para no estar tan solo. Te acostumbras y resuelves tu intimidad como especie. Descifras un problema pero te quedan otros más por delante. Eres un objeto más de la casa. Vives en cualquier rincón de ella, la función de habitar aquí es desgraciada e idiota y el espacio es inútil e inoperante y está en todas sus partes: el suelo, el fregadero, la cama, la mesa, y los demás escondites.

La casa con sus enormes paredes de cemento es una jaula que crece todos los días; toda esa simplicidad te lleva al olvido. Te sepulta a diario. Lentamente. Te ahoga. Te lastima. Y entonces el tiempo bajo el signo del desierto cobra amplitud de rutina. Todo es lo mismo. Hasta tu cabeza te está convenciendo de que hay alguien durmiendo al otro lado de la habitación. Una hermosa chica. Nada es en serio. De este modo la costumbre desplaza al tedio. Aparece el ocio. El pensamiento y su propio silencio es inmovilidad absoluta. Te quedas ahí para siempre. Estático y frío. Ya nadie habla, nadie toca a la puerta, o te visita; el sonido de la cerradura se agazapa y la llave blanca de la puerta principal se vuelve un camarada más en tu vida.

Todos aquí somos amigos pero también somos cómplices de cada uno. Nadie quiere escapar de aquí. Nadie se queja porque nadie habla. Nos quedamos en silencio pensando en algo. Yo pienso siempre en la muerte. En los libros, en la triste música y en el vino malo que hay dentro de mí. Con todos quiero hablar menos conmigo mismo. Bebemos al menos tres días a la semana, los restantes son para dormir, es así como todos los días nos la pasamos dormidos en pactos secretos. La música aquí es importante y las demás cosas ya no tienen significado. Cada orilla, cada esquina o rincón de la casa guarda un secreto.

La pared descascarada se mueve cada siete minutos y las habitaciones marcadas con una X mayúscula con aerosol rojo son impresiones de que ahí pasó algo. Nadie quiere decir qué fue lo que sucedió y mucho menos quién lo hizo. Todos somos cómplices. No nos gusta dejar testigos por si viene alguien algún día a visitarnos tenemos que quedarnos callados. No queremos que nos descubran nuestras porquerías. Si no viene un terrible castigo.

Casi nadie viene a verme pero cuando eso sucede; las cucharas, los vasos, los papelitos, las colillas de cigarrillos, las cobijas, la pelota de tenis, todos toman su
camino y se acomodan al orden geométrico establecido de una casa…

— ¿A quién miras León?

—A nadie, respondí.

—Andas muy distraído hermano, ¿cuánto días llevas bebiendo amigo?

—Dos meses, diario. No he podido terminar algo que empecé a escribir hace días.

— ¡Oh muy bien! ¿De qué trata esta vez? ¿Es muy difícil escribir?

—Supongo que no, yo lo hago.

—Deja que te sirva otro trago. Le dije a Jorge.

Jorge probó el trago. Estaba más fuerte, pero sabía muy bien. Jorge tenía una garganta muy dura y unos ojos de demonio. Su cuerpo estaba desproporcionado, sus brazos largos, su cabeza grande, sus pies pequeños, portaba una sonrisa de idiota, media casi los dos metros. Todo eso le daba un aspecto bastante cómico.

—Un trago más. Le dije a Jorge.

—No, gracias León, me tengo que mover.

—Oh vamos amigo, el último y te vas, necesitamos esto.

Regrese rápidamente a la cocina, prepare un par de tragos más, ahora eran tragos más fuertes y por supuesto más veloces. Y las servilletas junto con la sartén me veían de reojo. Estaban enfrente de nosotros. Sabían que podía decir algo. Me intimidaban con su mirada. Tenía miedo o bastante miedo. Quiero que Jorge me vea que le hablo en clave con la mirada. Le muevo los ojos en círculos pero él está concentrado sólo en la música. No me pela. No me entiende. Piensa que estoy loco. Puedo leer su pensamiento. Siempre tengo una gran picazón en todo el cuerpo.

Todos los objetos veo cómo se mueven rápidamente cuando Jorge se voltea. Corren todos en silencio porque todos están entrenados. Todos estamos entrenados para eso. Huir. El cuadro me señala. Me observa. Me apunta con su dedo índice y hace un aviso de advertencia. Que cierre el pico. La revista de mecánica está haciendo ejercicio. Me calmo. Me concentro en la bebida. Bebo apresuradamente. Jorge me da ánimos. Pero ya no le hago tanto caso a los objetos. Sólo veo cómo me observa Jorge y no sabe qué más decir. Se quiere largar de mi casa para siempre, pero él es muy educado conmigo.

–Nadie te visita ¿verdad?

—La verdad no Jorge. Ya nadie viene por aquí.

Le sirvo más tragos para que no se vaya. No quiero estar solo. Él ya no quiere beber pero yo insisto en que se quede un rato más. Me ve con asco. Se quiere retirar. Veo como me tira su mirada de lástima encima de mis tristes y acabados ojos, pero la amistad que tenemos es más fuerte que él. Se emborracha para evadir lo que siente por mí. Eso lo hace detener su paso para largarse de mi casa. Los objetos están pendientes de mi boca. Sigo con el pico de cera. Tengo un plan. Pienso en voz baja. Me sudan las manos. Las entrecruzo. Desde que recuerdo siempre me han sudado. Salimos Jorge y yo por más cerveza a la tienda de la esquina de la casa, y es cuando todos los objetos corren rápidamente a la ventana para ver qué hago o qué le digo a mi amigo. Volteo discretamente y ahí están todos mis pequeños amigos; amontonados en las tres ventanas de la casa, asomándose en la puerta y en la azotea; veo de reojo a todos los objetos de mi casa esperando mi regreso y mi pico bien cerrado. No hago caso a los comentarios de nadie. Dejo que las personas se queden con la noche. Jorge es un amigo que no veía desde hace más de dos años.

Insiste en que vayamos a algún bar lejos de mi casa. Pero si le digo que sí, mis camaradas se darán cuenta de que estoy planeando alguna cosita contra ellos. Pido quedarnos en casa. Invitamos a más amigos que vamos encontrando en la periferia. Sólo llega una amiga de Jorge. La mujer me saluda y se me queda viendo como si fuera un figurilla de terror.

–Hola, me llamo Edith.

No deja de quitarme su cara de asco Edith. Le extiendo la mano.

– ¿Aquí vives?, está bien bonito, es una casa hermosa.

Los objetos se me quedan viendo muy enojados conmigo porque traje a otro invitado a la casa. Estiro los brazos en señal de que todo es “X” para mí. Jorge y Edith se me quedan viendo y luego se ven entre ellos.

Le sirvo a Edith un vaso de cerveza. Jorge se emborracha rápidamente y de pronto empieza a coquetear con su amiga. Me hacen a un lado y yo sigo bebiendo. Paso al whisky porque es más veloz que la cerveza. Quiero olvidar rápidamente las cosas que pasaron aquí y necesito que mis manos dejen de sudar. Camino hacia la cocina y las hermanas colillas me gritan desde el fondo de donde se encuentran: “estamos solos León, y si dices algo ya sabes que tú traes también mierda en el culo”.

No digo nada, sólo me contoneo debido a los nuevos tragos. “No he dicho nada” “Estamos solos, eso ya lo sé, no tienen por qué repetirlo, además son sólo unos amigos” les digo en voz baja a los objetos. Jorge y Edith ponen atención a mi voz ebria que se encuentra al otro lado en la cocina. Jorge hace un movimiento con su mano diciendo: “Está loco, ahorita nos vamos”. El servilletero los ve y corre hacia mí y nos dice todo eso. No le hago caso al servilletero de lo que nos dice porque tiene mala fama de ser un chismoso e intrigoso.

Las seis de la mañana y estos dos se despiden de mí, están demasiado borrachos. Veo que traen un plan entre manos. Nunca me ha gustado meter las narices en nada ajeno.

–Eres un tipazo León cuándo nos vemos de nuevo, tengo una amiga a la que le podrías caer muy bien, le gusta la música que tú escuchas.

Edith se despide de mí siendo bastante educada la hija de puta. Jorge igual. Otro día más me dije. Se retiran de mi casa. Vemos desde la ventana los objetos y yo cómo los dos salen de entre el filo de la madrugada para escabullirse de esta pesadilla. Jorge le dice a Edith: “Me da mucha lastima por él a pesar de que tiene muchas cosas hermosas en su casa; es y será un hombre bastante infeliz” “Pobrecito, me da mucha lástima, sabía que así iba a acabar el tipo, alcohólico y solo”  Edith le sigue el juego. “Sí, tan afortunado para unas cosas pero miserable por dentro; también me dio un poco de tristeza tu amigo pero se ve que es un buen hombre; deberíamos de presentarle a una amiga y tal vez él cambie y ya no este solo” No qué; yo con él, ni a la esquina, además se pone bastante violento, es muy agresivo el tipo y más cuando toma se transforma; se pone muy mal el hijo de puta, sólo le hablo por lástima”. Jorge y Edith desaparecen de inmediato.  

Apagamos el radio comunicador que estábamos escuchando; un clip había trepado por el saco de mi amigo Jorge para espiarnos desde que llegó a la casa. Regresamos todos al mismo lugar de siempre.