En días recientes, un grupo de contactos en mis redes sociales me hizo la sugerencia de ver una película que ha causado furor en las últimas semanas. Se trata de El hoyo, producción española que se inserta dentro del género del thriller, con una propuesta muy interesante cercana a la ciencia ficción. Las opiniones divididas —muchas de ellas inclinadas hacia el desagrado—, la nueva condición de confinamiento colectivo, y mi propia curiosidad por la estética de lo grotesco, me forzaron a ver la cinta el pasado fin de semana. Debo decir que no me arrepiento.

La premisa es perturbadora: en algún país de habla hispana, una Administración —cuya verdadera identidad se mantiene en el misterio, pero que recuerda con mucho agrado al Big Brother orwelliano— ha creado una torre de cientos de pisos. En cada uno de ellos, se confina a una pareja —desconocidos, amigos, cónyuges, todos tienen cabida en el Hoyo— que debe sobrevivir durante un mes con la comida que, diariamente, desciende por medio de una plataforma al centro de la habitación. Sin embargo, la comida que se entrega a toda la torre es limitada y, conforme la plataforma va avanzando, menos y menos comida llega hacia los pisos inferiores hasta que, pasado cierto punto, la comida se acaba por completo.

En esta circunstancia, el personaje principal Goreng, aparece en el piso 48 armado solamente por un libro: nada menos que El Quijote. Es gracias a esta obra que logra ganarse el respeto y el cariño de su compañero de celda, el cínico anciano Trimagasi, quien constantemente le advierte a Goreng que el Hoyo es una realidad inescapable, que terminará transformando sus nociones del bien y del mal hasta dejarlas reducidas a la nada.

Dada la inmediatez de la cinta, no es mi intención llevar a cabo un análisis exhaustivo de la trama, ni apuntar hacia las virtudes —que son varias— o los errores de su interpretación. No obstante, hay un par de elementos en la composición de la historia que tienen eco con la literatura universal (y, por supuesto, con la producida en México) que me parece necesario rescatar.

Mientras veía la película de Galder Gaztelu-Urrutia, no pude evitar acordarme de aquella obra fundamental que José Revueltas dedicara a los sistemas carcelarios mexicanos: El apando. Escrito en 1969 (poco después de las encarcelaciones masivas que derivaron de la matanza de Tlatelolco), en éste Revueltas narra desde la experiencia del encierro una de las obras más desgarradoras del siglo pasado. Tres reos son confinados a la celda de castigo del Palacio de Lecumberri, especie de jaula hermética que sólo tiene un agujero en uno de sus costados, apenas lo suficientemente grande para dejar salir una cabeza. En esta especie de útero, los personajes de esta temible novela —Albino, Polonio y, el más relevante, El Carajo— exploran los límites de la infamia, en un sistema penitenciario rapaz e inhumano.

Para Revueltas, el apando es una metáfora de la bajeza que examina los descensos ilimitados de la degradación. Los reos drogadictos, abusados física y mentalmente por los guardias, por los visitantes y por ellos mismos, se constituyen entonces en un terrible recordatorio de la condición humana cuando se ve enfrentada a situaciones límite. El Carajo, hombre tuerto y renco, cumple con cabalidad la función de ser un miserable, deleznado por todos a su alrededor, incluida su propia madre:

De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de nadien. Por haberte tenido. La rabia de tener ahora aquí a El Carajo encerrado junto a ellos en la misma celda, junto a Polonio y Albino, y el deseo agudo, imperioso, suplicante, de que se muriera y dejara por fin de rodar en el mundo con ese cuerpo envilecido. La madre también lo deseaba con igual fuerza, con la misma ansiedad, se veía. Muérete muérete muérete.

La película, que se estrenó en 1975, coincide con El hoyo en reflejar las similitudes que nuestra sociedad tiene con aquellas fantasías distópicas de encierro. Porque El apando es terrible símbolo de la reclusión social, y en aquel palacio negro cualquiera que entra, incluidos los monos —nombre con que la novela designa a los guardias—, pertenece a la inconfundible estirpe de los reos, de los prisioneros, de los condenados:

Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono; bien, mono y mono, los dos, en su jaula, todavía sin desesperación, sin desesperarse del todo, con sus pasos de extremo a extremo, detenidos pero en movimiento, atrapados por la escala zoológica como si alguien, los demás, la humanidad, impiadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto, de ese asunto de ser monos, del que por otra parte ellos tampoco querían enterarse, monos al fin, o no sabían ni querían, presos en cualquier sentido que se los mirara, enjaulados dentro del cajón de altas rejas de dos pisos (…)

Hay todavía otra referencia que me parece necesario destacar, y que se conecta geométricamente con la situación bestial de los personajes de El Hoyo. En el siglo XIII, hubo en Pisa un hombre que vivió en otra Torre del Hambre. Se trata del conde Ugolino della Gherardesca, quien fue capturado en una revuelta de su ciudad y encerrado en la Torre Mida junto a sus dos hijos adultos y sus dos nietos jóvenes. La condena, impuesta por el Arzobispo Ruggieri, es espantosa: permanecerían en la torre hasta morir de hambre. El castigo fue reproducido en el arte y la literatura por diversos autores; no obstante, en mi opinión encontró su máximo homenaje en la Comedia de Dante, quien le dedicó al Conde de Donoratico uno de los pasajes más poderosos de su Infierno. Dice en el canto XXXIII:

Cuando vi

la mañana en sus rostros, advertí

mi aspecto y me empecé a morder

las manos del dolor. Ellos, al

verme, creyendo que era de

hambre, me rodearon:  —“¡Padre! —me

dijeron— ¡Padre!, puedes comer

de nosotros, tuyos somos, cual

tú nos diste el ser”. Procuré

sosegarme para que ellos no

sufrieran más. Y así transcurrió

un día y otro más. ¡Tierra!…, ¿por qué

no abriste tus entrañas…? Fue

al cuarto día que Baldo cayó

a mis pies: —“¡Padre!, ¡ayúdame…!” Murió

con estas palabras.

                          Y cual me

estás viendo, así vi yo caer

los otros tres, uno a uno… entre el

quinto y sexto día. Ciego del

dolor palpaba sus cuerpos sin

cesar, gritando hasta enloquecer

sus nombres, tres días… hasta que al fin

me dio la pena, lo que me negó

el hambre.

Sobre estos últimos versos, se han ofrecido diversas interpretaciones. Para algunos, consisten en una confesión del Conde, quien declara haber sucumbido ante el hambre, satisfaciéndose con los cadáveres de sus hijos igual que hiciera el gigantesco Saturno en la más negra de las pinturas de Goya. En otra exégesis, más piadosa, se lee en estos versos el descanso de la muerte: ante el dolor de ver morir a sus hijos y nietos, el hombre termina por fallecer sin haber sucumbido al desamparo de la antropofagia. (Por cierto, estudios antropológicos recientes parecen indicar que en las osamentas de la familia no se registraron signos de canibalismo.)

La cinta española termina con un mensaje de esperanza que no compartieron ni Dante ni Revueltas. No obstante, encuentro que cumple cabalmente como un signo de advertencia de nuestros tiempos, y en señalar aquellas zonas oscuras que han ido creciendo, paulatinas, incontenibles, en nuestro sistema social: racismo, clasismo, violencia y falta de empatía, síntomas amenazantes que se han instalado como un cáncer en lo más profundo de la conciencia colectiva.

Faltaría mencionar —léase en dicha mención una recomendación— la cercanía de la trama con otras propuestas similares, como son El Cubo (película clásica de los años noventa) o bien Círculo (interesante cinta de años recientes que se encuentra en diversas plataformas digitales). El hoyo tiene un puntaje de 7.0 en la escala de IMDb, nada mal para una película en habla hispana. Para estos tiempos de cuarentena, sin dudaes una buena opción para pensar en nuestro propio encierro.