Muchos han dicho que ya estaba loca desde antes, incluso dicen que así nació; otros creen que enloqueció en el momento en que a su abuelo se le ocurrió ponerle clavo en una muela para quitarle el dolor, y es que ella sabía ya desde esa cortisísima edad, que los clavos, los huevos, las aguas y hasta los escupitajos de su abuelo lo podían sanar absolutamente todo.

Su madre asegura que se enloqueció justo por ese dolor de muela y es que tan solo tenía cuatro otoños vistos con sus redondas y presumidas lunas, cuando una de sus noches en vela, un martillo la golpeó sin razón aparente, solo estaba ahí, con los ojos pelones y las pestañas aceitosas, cuando de pronto sintió el golpe seco del martillo cruel, justo en el centro de la muelita que empezaba a asomársele por las encías… bueno… eso fue lo que le dijo a su mamá, no le contó nunca a nadie que el martillo cruel fue la venganza de un terrón de azúcar que no se dejaba disolver entre su lengua y la saliva abundante que le oleaba en la boca.

-No dejó que la llevara al dentista pa’, ni quiso tomar ni un mejoralito para el dolor, solo gritaba que la trajera contigo.

Le contó la mamá al abuelo, mientras él preparaba el menjurje preciso para calmar el dolor de su niña de ojos de chapulín pelón.

Por otro lado, su padre nunca confesó que su razón le daba a entender que su probrecitirita niña nació así, loca, loquita como la madre de él, tenía, pesaba para sus silencios, los mismos arranques de la madre suya, la abuela, la otra abuela pues, los mismo arranques, los mismo modotes los mismos rizos, los mismos ojos geniudos, hasta la misma chillona voz y los ademanes de toda una histérica certificada.
Creía el padre que no debía confesar su sentir, pues de inmediato se conocería al culpable y autor genético de la locura de esa pobre y nunca indefensa criatura.
Y es que además de gritar, pataleaba, arañaba con fuerzas y si era preciso, también tiraba las mordidas.

– Es una especie de gata boca arriba, con mandíbula de perra rabiosa y ojos de lechuza vigilante.
Pensaba el más pobre de los hombres cuando salía arañado y demás al intentar cargarla y colocarla en sus piernas.

Años más tarde, pero mucho más tarde le confirmaron a la coqueta señorita (cuando decía serlo) lo que muchas veces ya le habían dicho sus padres y maestros:
– “Estás demente”
Fue la sentencia.

Como antaño, permaneció noches enteras con los ojos pelones y las pestañas aceitosas, intentando descubrir el motivo de su demencia, que para entonces ya estaba por demás diagnosticada, vista y sin más dolor, aceptada también.

No dejó que su ojos se cerraran, cuanto más oscurecían sus noches, más pelaba los ojotes intentando encontrar una respuesta lógica, ahí adentrada en el silencio y cegada por la densa oscuridad. Necesitaba saber por qué tanta locura, de dónde venía, para qué.

Pasaron por su ventana más y más otoños, más lunas indiscretas, uno que otro lobo vagabundo y ochenta mil doscientos y treinta y tres soles, uno detrás de cada invierno y ella permanecía silente, quiete, expectante, presentía que el momento se acercaba, que estaba por llegar la respuesta que tanto y tan fuerte deseaba vislumbrar.

Un buen día, vaya a ser por lo brilloso de la luna o por las calenturas extremas del sol, pegó un salto la Loca, un salgo como de resorte, desde la punta redondeada de sus pies, hasta el último de todos su cabellos… dicen los que dicen saber que brincó tan alto, tan pero tan alto, que sin darse cuenta, golpeó el techo violentamente con su dura cabezota, al extremo de quedar cuarteado… su cráneo, el techo sufrió lo propio también.

Al recibir tan inesperado golpe, el techo la mandó de regreso poco más debajo de dónde ella hubiese querido caer, dándole por respuesta el piso, un golpe nuevo en las pompas y de coraje y no en vano, a sus codos también.
Atolondrada y sin poder moverse por un rato, La Loca de la que hoy hablo no tuvo más remedio que sus párpados apretar, quería decir algo, lo que fuera, maldecir al techo y al suelo por tratarla así, tan cruel y con maldad, pero no podía pronunciar palabra alguna, solo… solamente salió de sus costillas un lastimero: “¡Aaaaauuuccchhh!”

Con los ojos apretados y sin sospechar, miró por dentro lo que no podía creer y que ahora intentaba descifrar:

En los adentros de sus párpados unas letras doradas le alcanzaron a decir:

“La Locura es tierra fértil donde germina el amor del Señor Sol”

Lo último que supe de ella es que jamás a nadie le dijo lo que luego de ese salto en sus adentros miró.

Sí, por supuesto, siguió siendo una Loca, una Grande Loca, solo que desde ese día…
Ya no le preocupó.