Rogelio Flores

Hace no mucho Quentin Tarantino advirtió que su filmografía sólo alcanzará las diez películas de largometraje. La más reciente, Había una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, 2019), es la novena en su haber, lo que quiere decir que la próxima será su canto del cisne, el capítulo final de la gran novela fílmica  que comenzó en la década de los años noventa del siglo pasado.

Y eso parece mentira, se antoja increíble. ¿Cómo será la industria cinematográfica sin su presencia?, ¿qué tanto se echará de menos su estilo?, ¿con qué género se despedirá para siempre: otro western, otro film noir, una nueva distorsión de la historia, un ensayo poético?

Todo comenzó con Perros de reserva (Reservoir dogs, 1992), su primer filme, historia de un policía infiltrado en una banda de ladrones. Ahí encontramos su sello en distintas escenas. La más impactante con Michael Madsen en el personaje de Mr. Blonde, ataviado con un traje negro y camisa blanca; bailando solo dentro de una bodega, escuchando un rock sureño y alegre, antes de cercenarle la oreja a un policía. Ahí lo “tarantinesco” se definió a sí mismo, se acomodó en la historia del cine como un conjunto de códigos altamente reconocibles e incluso imitados.

Desde citaciones a películas clásicas y de autor (citaciones que coquetean con el plagio, como han señalados sus críticos e incluso el mismo Tarantino), hasta la deconstrucción de distintos géneros; pasando por escenas hiper sangrientas y diálogos extensos, ácidos e ingeniosos, incluso filosóficos. Preciosismo fotográfico, manejo del tiempo no lineal y descontextualización de la violencia también forman parte de estos códigos, así como el uso de fórmulas meta textuales y montajes discordantes entre la música y la puesta en escena. Todo, al servicio de una experiencia, de un fenómeno, de una mitología moderna.

Desde Perros de Reserva hasta Había una vez en Hollywood, ninguna de sus obras ha pasado desapercibida, ni para la crítica, ni para el público, incluidos sus detractores. Al contrario, todas, en mayor o menor medida, han impactado en la cultura popular global. Cada una ha legado al cine mundial momentos clásicos e icónicos.

La ya mencionada escena del baile y la oreja en Perros de Reserva, y el desayuno previo al atraco; el romance fallido entre la no-pareja protagonista de Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994), así como el monólogo bíblico de uno de sus pistoleros; la secuencia final de la estafa de Jackie Brown (Jackie Brown, 1997); las vendettas feministas de “La Novia” en Kill Bill, la venganza volumen 1 y 2 (Kill Bill, 2003 y 2004) y en A prueba de muerte (Death proof, 2007); o en el caso de Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009), las salvajes ejecuciones de la guerrilla de los “bastardos”, o la venganza de Soshana, la joven judía que incendia su propio cine con el Tercer Reich dentro.

Más recientemente, se pueden señalar el horrible discurso racista de Django desencadenado (Django Unchained, 2012), con una actuación de Leonardo DiCaprio que hiela la sangre y que contrasta con la escena del Ku Kux Klan, que parece un sketch a la Monty Phyton, por lo delirante y absurdo; o la intriga teatral y tensísima de Los ocho más odiados (The Hateful Eigth, 2015). Finalmente, en su más reciente entrega, la declaración de amor al cine con que creció Tarantino en Había una vez en Hollywood, en donde vemos como cierto cine clásico vivía su ocaso, junto con sus héroes masculinos.

¿Qué hemos visto en la filmografía de Tarantino en todo este tiempo? Historias de policías y ladrones, de sicarios, mafiosos, perdedores con golpes de suerte, drogadictos, fanáticos del cine, el cómic y la música de los 70, asesinas profesionales, monjes shaolines, vaqueros, cazarrecompensas, soldados, espías, figuras históricas y ahora, estrellas de cine. Todo, en un mismo mundo, conectado en rizomas, con parentescos insólitos (Vic Vega, el Mr. Blonde de Perros de Reserva es hermano del Vincent Vega, el sicario de Tiempos Violentos); con casualidades absurdas (el cadillac del Rick Dalton de Había una vez en Hollywood termina siendo propiedad de Mr. Blonde); con objetos fetiche (una de las katanas Hattori Hanso de Kill Bill es usada por Butch para ajusticiar a los violadores de Tiempos Violentos) e incluso con profesiones recurrentes (los stuntman, o dobles de cine en A prueba de muerte, Bastardos sin gloria y Había una vez en Hollywood).

¿Qué falta, qué nos depara la que posiblemente sea su última película?, ¿cuáles serán sus temas, sus personajes, y sus conexiones esta vez?

Es difícil saberlo y justo por el giro de timón que dio Tarantino en su última entrega, la que en mi opinión es su obra más completa, personal, la más hermosa estéticamente, la que tiene la escena más conmovedora en su filmografía (Sharon Tate, sola y feliz, viéndose a sí misma en una sala de cine) y quizá la más triste también.

El Tarantino del 2020 ha envejecido y cada vez se parece menos al que dirigió a Michael Madsen bailando antes de cortarle la oreja a un policía. Lejos, muy lejos han quedado los años en que se le consideraba el enfant terrible del cine, en los que era celebrado por toda la industria. Ahora es más como el stuntman de Brad Pitt, que no encuentra su lugar en este mundo y encara a esos hippies jóvenes que no entiende y no lo entienden a él; solo, en un set de cine convertido en pueblo fantasma.

O mejor aún, como el Leonardo Di Caprio que se quiebra ante una actriz infantil que no sabe quién es él y cuán importante fue. Así, Quentin Tarantino es como su alter ego Rick Dalton, como ese actor con las emociones a flor de piel (Tarantino es actor de formación), que llora por la decadencia de un héroe de folletín que es la suya, que es la del cine que lo formó y de la que él también es parte. Todo pasa y todo se desmorona, al cine de vanguardia tarde o temprano le llega la hora de ser clásico, Quentin Tarantino lo sabe, y junto a sus hombres de piedra, contempla su ocaso.