Olivia Vivanco

“Vodevil Ediciones nos comparte un adelanto de su reciente Antología “Quien ha Visto Demasiado”, obra resultado de la convocatoria realizada en conjunto de Kaja Negra. Reuniendo 15 escritores demoledores y 5 insondables fotografos que lograron atrapar a la bestia invisible que debora humanos y su platillo favorito se sirve en las calles.” La Antologia se encuentra disponible aqui .


—Tengo miedo —me decía Miguel mientras tomábamos un jugo de zanahoria con naranja en el departamento que rentábamos. —siempre he tenido miedo de acabar siendo un indigente. Es un sueño que siempre se repite. Sé que si no me corrijo, voy acabar en las calles, que acabaré pidiendo limosna.

Habíamos decidido estar “limpios”, sin alcohol, sin drogas. Íbamos a las juntas de preparación de AA religiosamente, sin faltar. Llegábamos antes, casi media hora y nos íbamos cuando ya solo quedaban unos pocos. No buscábamos tra-bajo sólo nos concentrábamos en “limpiarnos”. Además, Miguel había estudiado hasta la primaria y yo solo acabé la preparatoria, así que los trabajos que nos esperaban eran para destruirte.

Rentamos una vivienda de azotea. Si lo veíamos bien no era un sito cualquiera: tenía cocina, una pequeña sala, una recámara y un baño completo. Estaba enclavado en una colonia jodida de la Ciudad de México. Afuera, a determina-das horas, había “tiradores” y “halcones” vigilando el negocio. Todavía no era una colonia tan dura como otras en Iztapalapa, pero ya no era tan sencilla la vida.

Nosotros, pese a nuestra procedencia pueblerina, a que no teníamos un empleo fijo, pese a que habíamos sido ladrones y alcohólicos, nos dábamos aires de grandes señores. Tocá-bamos en los camiones, pero nos bañábamos, boleábamos nuestros zapatos e interpretábamos solo canciones originales. Las escribía Miguel y yo lo acompañaba en la presenta ción y recolectando dinero. Mi compañero se esforzaba en parecer lo más alejado de la calle que podía.

Con el dinero recolectado comprábamos filetes o pollo, y hacíamos pescado empapelado o muslos encaca-huatados. Siempre nos manteníamos al límite, dentro de nosotros deseábamos volver a la vida del alcohol y el des-madre. Lo que nos detenía era el miedo. Aunque yo sabía que tenía más tiempo que perder.

—Un día voy a acabar en la banqueta, carnal, un día voy a andar rodando de calle en calle, con el pantalón cagado y meado. —Decía en las noches cuando la crisis le caía.
—No chingues, Miguel. Eso no te va a pasar. Ya salimos, del piso todo es para arriba.
—No sabes, siempre se puede caer más.
—Ya de indigente, en la inconsciencia, no te das cuenta de nada. Ni frío ni dolor.
—Eso es lo que me da miedo —decía con la mira fija en el suelo.

Un día llegamos ya bastante tarde a la casa. Salimos del metro y de ahí fuimos bordeando las doce o catorce calles que nos separaban de nuestra casa. Hacía mucho frio y viento, un viento cortante, duro, que te rajaba la piel. Caminábamos con la cabeza baja, en silencio, cubriéndonos con las manos cerca de los ojos, del polvo y la basura que arrastraba el viento.

Había un camellón, antes de llegar a la casa, con el pasto herido, reseco, como una alfombra vieja. Ahí tirado, sin camisa, estaba uno de los indigentes que eran parte de la gente del abismo que caminaba por las calles de la colonia. Lo habíamos visto ya varias veces en el mercado, revolviendo en la basura de los botes de las fondas o pidiendo dinero para “un taco” que sabíamos que era en realidad para bebérselo.

Tirado en el pasto yermo, parecía un muerto más de los que aparecen en la ciudad, pero este respiraba.
—Se va a morir, ¡cabrón! —Gritó Miguel, y sin esperar más corrió a la casa. Cuando lo alcancé estaba calentando un té de limón. Sin decirme nada, como si el mundo no existirá, echó el té en un vaso, le puso mucha azúcar, tomó una de las dos cobijas que teníamos y salió a buscar al indi-gente. Fui detrás de él.

Intentó despertar al tipo, pero este estaba tan borracho que no respondía. Miguel se quitó la camisa, se la puso como pudo al tipo, luego lo envolvió en la cobija y se le quedó viendo un rato.

—Vamos, que ahora el que se va enfermar eres tú. —Le dije. Lo abracé mientras él lloraba en silencio, como un niño.
Como solo teníamos una cobija dormimos vestidos y

juntos en el mismo colchón de hule espuma. —Pude haber sido yo —dijo Miguel antes de que yo ca-yera dormido.