¿Por qué siempre llaman a esta hora? ¿Por qué siempre son las mismas voces? ¿Y si de verdad son fantasmas? Algunas preguntas no tienen respuestas sencillas cuando se formulan a altas horas de la madrugada. El cansancio, el frío y la soledad nublan el juicio y originan toda clase de pensamientos extraños. Por fortuna, la alarma del dalet de la computadora me devuelve a la realidad cuando el contador marca 10 segundos para entrar al aire:

Como todos los días más o menos a esta hora, La zona fantasma se posesiona de esta frecuencia para invocar a los dioses del rock. Desde este momento y hasta las cinco de la madrugada, las estrellas musicales iluminarán nuestro camino hasta que el sol se asome. Señoras y señores, con ustedes la voz amistosa de Geddy Lee y sus secuaces Neil Peart y Alex Lifeson, mejor conocidos como Rush les dan la bienvenida a este viaje al centro de la noche con esta maravilla titulada: The Spirit of the radio.

De lunes a viernes, de tres a cinco de la madrugada me transformo. Abandono la rutina de mi vida de oficinista y vuelvo a tener 17 años gracias a los efectos alquímicos del rock y los discos que marcaron mi cada vez más lejana adolescencia. Mi programa se llama así porque creo que las canciones que fueron importantes en nuestra juventud, se convierten en fantasmas de una época que ya no existe. El dulce trance radiofónico regularmente termina cuando suena el teléfono en cabina y hay que atender a los radioescuchas por muy extraños que éstos sean.

Casi siempre es una voz masculina la primera en marcar, alguien que parece estar siempre de mal humor. Supongo que debe ser uno de esos eruditos musicales cuyo intelecto nunca fue reconocido y terminó odiando al mundo. Uno de esos tipos que ahoga sus frustraciones incrementando su gigantesca colección de discos. Llama para comentarme algún detalle sobre la canción que acabo de presentar. Me cuestiona por qué elegí esa y no alguna otra, que según él, vale más la pena. No pierde oportunidad de corregirme algún dato sobre el grupo y me sugiere mencionar alguna anécdota. Finalmente, me felicita por el programa y cuelga. Nunca pide una canción, ni un saludo al aire, tampoco le interesa lo que yo tenga que decir. Le basta demostrarme que su sapiencia musical es superior a la mía. En la vida siempre hay tipos así, cabezas duras a los que es mejor no verles la cara nunca.

A esta hora de la madrugada en la que el frío cala con fuerza, el clima se presta para escuchar una de las historias épicas del hijo pródigo de Nueva Jersey y su legendaria agrupación conocida como la E – Street Band. Segundo sencillo de esa obra maestra titulada Born to run firmada en 1975, esto es “Tenth Avenue Freeze Out”. Es palabra de El Jefe, gloria a ti señor Bruce.

Cierro el micrófono para disfrutar de la canción, pero justo en la parte en que Bruce presenta al saxofonista Clarence “Big man” Clemons suena otra vez el teléfono en cabina, esta vez es la voz de una mujer a la que reconozco porque ha llamado al menos tres veces esta semana. Escuchando su voz nasal y delicada, se diría que es una mujer de unos treinta años, probablemente divorciada y terriblemente sola. La charla tiene como pretexto la canción que acabo de poner, pero de inmediato toma otro rumbo. Hoy suena más triste que de costumbre, supongo que busca algo de compañía porque comienza a contarme que hace muchos años mantuvo una relación con un ingeniero californiano que tocaba la guitarra en un bar en el centro de la ciudad. A ella le gustaba mucho escucharla hablar de El Jefe, de cómo Springsteen renunció a un contrato millonario con Columbia Records en 1975, de como el disco Born to run lo inspiró a dejar la casa de sus padres en San Francisco y a salir en su motocicleta a recorrer el sur de Estados Unidos hasta llegar a México. Escucho su historia con atención y respondo con monosílabos mientras me dice que las canciones del programa le traen buenos recuerdos, especialmente cuando no ha tenido un buen día. Agradece la charla y cuelga justo antes de ponerse llorar. Me imagino su cara, con el cabello desordenado y los ojos llenos de lágrimas contenidas. ¿Qué tan solo debe sentirse alguien como para buscar compañía en una persona a quien no conoce en lo más mínimo? En el mundo de la radio, lo habitual es que el escucha dibuje una personalidad utópica del locutor, de cómo es su vida y cómo debería verse en relación a su voz, pero a mi me pasa justo lo contrario, soy yo quien imagino la vida de quienes marcan a cabina, su apariencia y las razones que los llevan a buscar compañía en medio de la noche.

En noches sin luna como la de hoy, la oscuridad cubre con su velo a la ciudad anunciando la llegada del príncipe de las tinieblas: Ozzy Osbourne y su séquito musical conocido como Black Sabbath, una agrupación cuyo nombre se traduce como: Bautizo negro y que se manifiesta en La zona fantasma con el poderoso rugido que Tommy Iommi arranca a su guitarra. Poco a poco los sonidos se materializan de forma física, los niños de la cripta se levantan y salen a jugar. Con ustedes: ¡Children of the grave!

Cuando la canción lo amerita, disfruto meterme en mi personaje. Me gusta imaginar las reacciones de quienes me escuchan sin poder conciliar el sueño, imaginando que el monstruo que se esconde debajo de su cama quiere salir a jugar. A veces, cuando hago este tipo de ocurrencias, algún desquiciado llama para tratar de asustarme de la forma más vulgar. Fingen la voz de un fantasma que susurra cosas extrañas, dicen incoherencias dignas de un esquizofrénico o ríen de forma macabra con la intención de asustarme. Aunque a veces sus llamadas tienen todos los tintes de una psicofonía paranormal, por salud mental, prefiero dejar de lado esas teorías y hacerme a la idea que quien me llama es un pobre diablo escondido debajo de sus sábanas. Nunca imaginé que algo verdaderamente inesperado me podría ocurrir mientras el programa navegaba por las tranquilas aguas de la noche. Algo inusual, que me arrojara a la brutalidad de la vida real en el momento menos oportuno, algo como lo que estaba a punto de ocurrir.

Quedaba una canción para despedir el programa antes del inicio del himno nacional y del noticiero de las cinco de la mañana. Ya tenía programado el último bloque en la computadora cuando sonó el teléfono. Era la voz de un muchacho pidiendo una canción del grupo mexicano Caifanes. Su voz me llegó al corazón, me recordó a mi amigo Jorge, un compañero de la preparatoria que era un gran fan y que siempre vestía playeras de esa banda. Probablemente le hubiera gustado mucho escucharlos en mi programa, por desgracia, falleció de forma prematura en un accidente automovilístico hace varios años.

El sol ya se asoma en el horizonte, señal de que nuestro viaje por la zona fantasma ha llegado a su fin. Es tiempo de agradecer a quienes hoy navegaron con nosotros despidiéndonos con algo inusual en este programa. De su disco homónimo, firmado en 1988 y considerado una de las joyas del rock mexicano, suena esto que se llama: Amanece.

Un sonido de alta frecuencia interrumpe la programación y me altera de forma inmediata. ¡Es la alerta sísmica! El protocolo de emergencia se activa y despierta de forma abrupta a toda la ciudad. La perturbadora voz que anticipa la llegada de un terremoto me provoca un miedo convulsivo y camino en automático hacia la salida de emergencia, pero de pronto, una idea irracional me paraliza y detiene mi marcha. Pienso en mis oyentes y una emoción atrapada dentro de mi pecho, lucha por salir, por hablar. Tras unos segundos, la alarma se detiene y la canción de Caifanes vuelve al aire con una estrofa demoledora: Nunca nadie me podrá parar, sólo muerto me podrán callar. Ya es tarde para salir, los discos caen al suelo y el edificio comienza a sacudirse violentamente cuando abro nuevamente el micrófono.

Alcanzo a decir una sola cosa antes que la estática devore la señal radiofónica…

Gracias por escuchar.