Robert no reconoce su propia vida. Cada día se siente más distante del camino que el mismo se formó.

Está parado frente a una pequeña puerta de hierro, ubicada a un lado de lo que parece ser una fábrica abandonada. En su mano derecha las llaves del auto, en la izquierda un trozo de papel en el que se lee:
Kanothe
#281–53
Mira junto a la puerta, el número coincide. Recuerda el momento en el que un compañero de trabajo le ponía junto al café el papel que tiene ahora en sus manos.

— Te ves muy mal. Ve a esta dirección y no le digas a nadie — le dijo.
¿A quien le iba a decir? La verdad es que Robert hace tiempo que no habla con nadie.

— No sé que hago aquí — murmura. Toca. Nadie atiende.

Un hilo de luz se dibuja en sus pies y le indica a Robert que hay alguien más en la oficina. Siente recelo y el impulso de regresar, pero entra.
En la oficina, un hombre adulto, delgado, de gruesas gafas y con atuendo de doctor está sentado detrás de un gran escritorio de madera, con las manos cruzadas sobre su regazo y una sonrisa en sus labios. Se podría pensar que lo estaba esperando.
— ¿Hola? — dice Robert — La puerta… la puerta estaba abierta…. —
El doctor interrumpe el balbuceo de Robert con un gesto: levanta su mano y lo invita a pasar. El obedece.

— Estamos rodeados de sucesos inexplicables que nos transforman la vida — responde el doctor, mientras Robert se sienta en una silla y observa a su alrededor. De las paredes del consultorio no cuelgan títulos. Un estante en la esquina brinda cobijo a una gran colección de libros, que, como soldados de un pelotón, están, uniformados y separados de la realidad de su entorno. Entrecerrando los ojos logra enfocar el título de uno de los libros, en el que se lee: Modernidad y transhumanismo. El doctor interrumpe su contemplación.

— Mi nombre es Kanothe, ¿que te trae por acá? — dice el doctor.
— Creo que me equivocado en venir — dice Robert, nervioso.
— Ninguno de mis pacientes llega hasta aquí de casualidad. Ahora, dime tu nombre y describe lo que sientes —

Robert se encoge de hombros y piensa que vale la pena arriesgarse.

— Mi nombre es Robert, me siento muy cansado. Muchas veces prefiero pasar la noche caminando porque siento que si cierro mis párpados, dormiré durante meses o no despertaré jamás. Siento como cada milímetro de mi cerebro se va apagando en cada segundo y no sé que hacer para combatirlo —

Se detiene; se da cuenta que ha hablado demasiado y ahora se siente vulnerado, expuesto ante un completo extraño, así que decide irse. Se levanta y camina rápidamente hasta la puerta pero se paraliza unos segundos frente a ella en un profundo silencio.

— Hace 37 años hago el mismo trabajo y cada día me siento menos preparado para ejercerlo… ¿Esto tiene sentido? — agrega, mientras reclina su cabeza en la puerta, completamente devastado.

— Puedo ayudarte — afirma Kanothe, mientras devuelve a Robert a la silla. Kanothe se acerca a su escritorio, saca una gruesa carpeta y se la entrega a Robert. La abre. En ella, decenas de fotografías de políticos, artistas, cantantes, entre otras «celebridades» y personas con mucho dinero y poder. Junto a ellas, recortes de prensa que describen una repentina salida del anonimato de algunos de ellos.
— No entiendo — dice Robert, confundido. — ¿Que tiene esto que ver conmigo? —
— Todos ellos llegaron aquí sintiendo lo mismo que describes, Robert —

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Durante esas horas Robert no siente ni ve nada más que la euforia que le proporciona su proyección mental: este estado de éxtasis lo mantiene separado de lo que hacen con su cuerpo

Robert está extendido sobre una camilla. A su alrededor, y lejos de sus sueños, un grupo de enfermeras, enfermeros y técnicos acompañan al Doctor Kanothe. El reluciente laboratorio está lleno de máquinas y computadoras de última tecnología. Curiosamente, el único paciente parece ser Robert. Lo nota pero no le da importancia.

Los exámenes comienzan siendo muy sencillos, como tomar su tensión arterial y coger pruebas de sangre; pero se van complicando en el transcurso del proceso. Los compañeros de Kanothe le muestran resultados, los discuten, hacen más pruebas.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Es una habitación pequeña. Robert está sentado en una vieja mesa de madera leyendo el ejemplar de Modernidad y transhumanismo que vimos en la oficina de Kanothe. Del otro lado de la habitación, una cama pequeña. En las paredes vacías se nota la ausencia de ventanas.

Kanothe entra. Robert se para junto a la cama.
— Hemos logrado determinar tu enfermedad. Es grave, Robert —
Robert asiente.
— Pero tenemos la cura —
— Quiero hacerlo — dice Robert
— ¿Entiendes lo que te va a suceder? —
— Entiendo —

Kanothe sonríe y saca de su bolsillo una caja de metal rectangular que contiene una inyectadora y unos guantes.
— La vida es más que una sucesión de decisiones — dice, mientras se pone unos guantes y saca de la caja un pequeño dispositivo. Lo introduce en la inyectadora.
— Date la vuelta — le dice a Robert.

Robert se gira, siente un pinchazo en el cuello y se desploma en la cama.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Robert no sabe por cuánto tiempo ha perdido el conocimiento. Por unos segundos le cuesta recordar donde está, luego recuerda: Kanothe, el laboratorio, su tratamiento

Se sienta en la cama y toca su cuello, duele. Podemos ver su mano tocando el dispositivo incrustado en la parte de atrás de su cuello.

Mira hacia la mesa: la lámpara que iluminaba toda la habitación está apagada. Intenta encenderla, pero no responde. Decide salir.

Sin zapatos, camina por el edificio a oscuras, tanteando e intentando encontrar alguien más. Todos los pasillos están oscuros, las luces no encienden. No hay nadie. Se pone muy nervioso. Grita. Nadie. No encuentra la salida, ni enfermeras, ni técnicos, nada. Nadie. Abre puertas buscando pistas y solo encuentra habitaciones como la suya, vacías, a oscuras.

Al fin, la puerta de salida. es de noche y está en un estacionamiento. Mira su carro parqueado al fondo.

El carro está abierto. Sobre el asiento reposan las llaves. Toma las llaves, enciende el auto y acelera rápidamente; casi huyendo del lugar.

Sale a toda velocidad.
Casi tratando de dejar atrás el miedo profundo que sintió.
Casi queriendo dejar atrás toda esa oscuridad.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Son las 8 a.m. en el estacionamiento de estas torres de oficinas, inmensas, de ventanas relucientes. Montones de personas caminan hacia la entrada y estacionan sus vehículos y bicicletas. Robert se estaciona, respira profundo y toma su maletín. Entra al edificio donde se encuentra su oficina.

Pasa al lobby, sube al ascensor. En el pasillo de su oficina ubicada en el piso 77 se exhiben las fotos de los empleados del mes. Hace 9 meses que su foto fue reemplazada por la de otros, mucho más jóvenes.

En su escritorio le espera una persona.
— Mierda, olvidé esta reunión — pensó contrariado.

Una hora después, Robert está sonriendo con las manos cruzadas en su regazo. La persona que lo esperaba firma un cheque que le extiende mientras cierra el trato con un apretón de manos. Se despiden, y al salir, toda la oficina se acerca a felicitarlo. El sigue sonriendo.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Es el día siguiente, 8:00 a.m. en el estacionamiento.

En el transcurso del día, se ve a Robert hablando por teléfono y tomando notas o recibiendo personas y dándose apretones de mano. Siempre sonriendo.. La gente de la oficina en el fondo lo miran sorprendidos. Algunos hablan entre sí mientras lo miran.

Llega a su casa, su esposa duerme con un libro en el pecho y la luz de la lámpara encendida. La besa, le quita el libro y se acerca a ella mientras apaga la luz.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Otro día, mediodía en la oficina de Robert.

Robert está radiante. La amargura de su cara desapareció, dejando en su lugar esta adorable sonrisa. Las personas notan su presencia.
Lleno de energía, Robert decide almorzar en el jardín del edificio. Se sienta solo en una de muchas mesas, algunas ocupadas por personas que conversan y comparten alimentos.

En una mesa próxima se encuentra sentada una joven pelirroja. Molly está distraída con un libro mientras mordisquea algunas frutas. Sube la mirada y se fija en una leve protuberancia del cuello de Robert; reconoce el corte. Molly toca su cuello y se acerca a Robert muy sigilosamente, por detrás.
— No te he visto en las reuniones — le dice al oído.

Robert se asusta. Molly se sienta junto a el, se saca el lapicero que sostiene su cabello y escribe en la mano de Robert el número #98–80. — ¿Las… reuniones? — piensa Robert.
— Llega a las 8:00 — le hace un guiño y se marcha.
Robert queda muy consternado mirando el número escrito en su mano.

Ya es de noche, en el carro camino a casa, mira el garabato en su mano y decide cambiar el destino.

Llega hasta una entrada con altos muros y un portón custodiado por dos celadores. Uno de ellos se acerca en silencio, pasa un escáner por su retina y hace señas al otro para que lo deje pasar.

— Con tantos muros se podría pensar que quieren mantener este sitio fuera de la vista de ojos curiosos — piensa Robert.

Entra al recinto iluminado y se asombra de lo acogedor que es el lugar. Hay una sala enorme con pinturas de diversos estilos en las paredes, muebles y sillas reunidas en pequeños grupos dispersos por todo el espacio. El lugar está repleto de personas ubicadas en distintos sitios, unos leyendo, otros conversando. En las paredes cuelgan fotografías de las personas que vimos en la carpeta del doctor: al menos unas treinta personalidades, entre músicos, emprendedores, personalidades de youtube, modelos, abogados, etc.

Todos felices y plenos en el punto más alto de sus carreras.
Todos transhumanos

Molly se le acerca y le acerca a un grupo de otras cinco personas, donde alguien de pie parece liderar la conversación. Es una mujer joven, de unos 30 años, morena y cargada de esa sensación de vigor de que los líderes naturales tienen.
— Buenas noches, transhumanos — comienza diciendo con solemnidad — mi nombre es Danna y quiero darles la bienvenida a La Nueva Humanidad. Así llamamos a este club.
— Todas las noches nos reunimos aquí para convivir sin miedo al rechazo. Vengan cuando quieran. — Y finalizada esta frase, se marcha.

Robert se da cuenta que su compañera Molly ha desaparecido y decide irse a casa.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Vemos a Robert conduciendo frecuentemente hasta el club; primero una vez por semana, luego dos. Luego todos los días. Su auto es ahora más nuevo. Su rostro se ve mucho más joven, siempre dibujando una sonrisa. Robert se siente en una posición privilegiada por primera vez en su vida. Mientras conduce, recuerda la pared de mejores empleados y mira unas manos colgando su fotografía. Es la sexta. Sueña con el momento que cuelguen su foto en el pasillo del club.

De regreso del club, Robert decide bajarse en una tienda. Mientras mira los anaqueles, entran a robar dos tipos armados con pistolas. Robert se asusta, pero en un arranque de valentía, deja caer las cosas que tiene en sus manos y se dispone a atacar a uno de ellos cuando siente un golpe muy fuerte en la nuca. Robert cae al suelo inconsciente.

Cuando vuelve en sí, se para, algo mareado, sangrando y confundido, camina entre el desastre de un evidente forcejeo hasta el dependiente, que yace muerto junto al mostrador. Corre hasta el auto y se va del lugar.

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Robert se despierta, se pone los lentes frente al espejo del baño. Mientras se contempla, mira por una fracción de segundo su rostro antes de la transformación. Algo pasa. Pudo sentir también como se sentía su cuerpo antes de convertirse en transhumano.

— No soy esa persona — piensa.

Durante ese día, se hacen cada vez más frecuentes las visiones de Robert a una realidad que ahora le parece alterna

Robert va al club buscando respuestas: las visiones no han cesado. Se ve nervioso, no tan seguro de sí mismo como en días anteriores.

Llega al #98–80 pero no consigue ninguna mansión con celadores ni escaner de retina. En su lugar, una vieja casa abandonada. Se calienta su cuello y tiene otra visión: el hermoso edificio donde está el club sustituye la casa abandonada.
— Debo estar volviéndome loco — piensa, mientras estaciona su carro.

Apenas entra, y muy asustado, puede ver cómo se transforma el enorme salón de reuniones en una habitación muy pequeña, sucia y oscura, donde decenas de personas están reclinadas en unas sillas, conectadas a través del cuello a un laberinto de cables. Su cuello se calienta. Casi quema. Huye muerto de miedo.

Al llegar a casa se sienta en la cocina, toma un vaso de agua y mira un cuchillo sobre la mesa.
— No estoy loco — murmura.

Toma el cuchillo, muerde su corbata y se saca el dispositivo usando una olla como espejo.

Robert se desvanece, pero hace todo su esfuerzo por no desmayarse. Abre los ojos: su cuerpo está reclinado sobre una silla, se ha arrancado las conexiones con las manos. Junto a el, cientos de cuerpos reclinados en hileras de sillas como la suya. Suena una alarma.

— Merodeador en la hilera BX-26 — dice una voz por un parlante, y casi de inmediato se acercan dos tipos muy corpulentos vestidos de enfermeros.

Robert está corriendo y buscando a Molly entre los cuerpos inhertes. Los enfermeros se acercan. Intenta huir pero su condición física está bastante deteriorada. Lo atrapan.

Entran Kanothe y Danna, ambos vestidos de doctor.
— ¡¿QUE NOS HACES?! — Grita Robert con debilidad.
Kanothe y Danna se ríen, Danna se va.
— Ya sabías de todo esto — dice Kanothe
— PERO TODO ES MENTIRA, ES UNA ILUSIÓN… —
— Todo ES una ilusión — argumenta Kanothe
— ¿¡DÓNDE ESTÁ MOLLY?! — grita Robert
— No existe ninguna Molly —

Robert se enfurece, intenta acercarse a Kanothe pero los tipos corpulentos lo detienen.
Vemos cientos, quizás miles de cuerpos, reposando en hileras similares a la suya. Robert grita de terror.

En un grito descubre la realidad que se oculta detrás de esta fuente de la eterna juventud

Lucha con todas sus fuerzas contra los dos enfermeros, quienes lo están forzando a ir a otro lugar. Se resiste, no puede. A rastras, lo llevan hasta una celda oscura, casi una mazmorra, en uno de los sótanos del edificio. Lo amarran de pies y manos a una silla muy vieja.
— Esta vez va a doler — le dice uno de los enfermeros

Entra Danna. En sus manos lleva una caja igual a la que tenía Kanothe en sus manos cuando lo «conectó».
— ¿Te digo algo sobre la realidad? — dice Danna, y continúa sin esperar respuesta — Cada quien construye la suya… —

Danna se acerca a Robert mientras se pone los guantes y saca la inyectadora de la caja. Los enfermeros sonríen, cruzados de brazos.
— …Y aún siendo consciente de tu realidad, otra persona, desde afuera, puede verla de otra manera. ¿Sabes porqué pasa eso, Robert? —

Danna se agacha junto a Robert — …Porque el humano es adicto a la comparación — . Dicho esto, Robert siente un pinchazo y se desmaya.

✱✱✱✱✱✱✱✱

Robert se despierta. Está en la misma silla, pero suelto. Reconoce la habitación, es la misma. Le han dejado solo. Sale de la habitación a un espacio más grande, sin ventanas. Una luz que viene de una puerta entreabierta rompe la tiniebla. Robert camina hacia ella.

Hay unas pocas personas, con aspecto muy enfermizo. Hacen rueda en una fogata; de ahí proviene la luz.

Alrededor de ellos, unos muros inmensos. Ni puertas, ni techos, ni ventanas. Solo ellos, el fuego y estos muros enormes.

Robert da un paso y la puerta se cierra tras él.

— Cada quien construye su realidad — piensa Robert, mientras se sienta en un espacio vacío junto al fuego. Molly le acerca una cobija.

FIN