“Te vi, saliste entre la gente a saludar
los astros se rieron otra vez,

la llave de mandala se quebró
o simplemente te vi”

En cada paso gira y gira, cambia de dirección, de rumbo; pisa el balón y convierte en portería los oídos desnudos, en canciones sin asociaciones, abanicando imágenes, elementos, sentidos sin sentidos, cocteles de delirios, libres de interpretación y conectados en pos de construir ilustraciones sonoras, estrofas visuales y sensoriales. La euforia ilustra, admira, obsesiona, son los colores de la bandera que se ondea en lo alto de un barco que va en busca de un mar sin temores ni ocultamientos. Euforia arma la estrategia desde la grada, arma el rompecabezas de un cadáver exquisito para mirarlo a los ojos como traficante de un espíritu moderno, salta a la cancha de la nostalgia para escribir sobre el pasto una posibilidad de proyectar una carta que va dirigida a la ruta del pasado y del presente. Nace con los riesgos de competir y ser fracturado durante el desarrollo de la casualidad, durante la caminata por Corrientes, cargando desafíos, equilibrios, aventuras, números sin secuencia, broches de luna, brújulas para los claveles que se nutren de amor, de amor para el amor, para el peligro del amor.

El mago del rosario toca el piano sobre el escenario de la inmortalidad haciendo trascender las tumbas de la gloria, desde el abismo y, hasta la lluvia francesa, el orden se escapa desesperadamente a la creadora e inquisidora locura.

Los pétalos de la margarita se vuelven a remendar con los hilos de tu mirada, con la personificación de tu tallo, con las razones calladas para escribir una vida y una expresión, un mundo de contrastes, de ciudades que se abren con la metafísica, se abren tus brazos con los ojos del universo y el vestido multicolor de la historia. Fito Páez: la acera después del terremoto, la piel consagrada en la gloria de la rebeldía, la dadiva que emigra con fantasía al cielo y al infierno, como luz, como relámpago, como una cicatriz que sonríe y que jamás se marchita. Rodemos juntos en esta existencia, Fito, carga de canciones el carrusel y deja que cebe el amargo para salir vestidos de vida a este mundo con avenidas ilógicas; dale Fito, que el presagio es vivir en la ráfaga del minuto y en la eternidad de la canción.                

¿A cuántos grados estás tú?