“aquí no hay luces de escena
y algo en mí no se serena, no,
yo ya no comprendo nada
tantas caras dibujadas”

Salimos sin paraguas a caminar en lo absoluto, salimos escuchando funciones opuestas del amor. Miguel Abuelo personificaba con sus letras la vida que ascendía sobre su anatomía cuando esta bailaba sobre el escenario, no de algún recinto, no de algún foro, si sobre el escenario de una aventura centellante con los ojos de un reptil de fuego y voz, si sobre la plataforma que mordía el misticismo de un hombre que expulsaba la piel y el hueso, el corazón y la existencia, los ojos que confundían el acero de cualquier público. Miguel Abuelo, la muerte no nos ha robado, nos ha regalado el pretexto perfecto para volvernos auténticos y originales, irrepetibles y rebeldes, sensibles y desnudos, locos y dueños de cualquier instante, dueños de nuestros pecados.

Hoy es lunes de alguna semana de mayo, pero sé que es diferente a los demás, es un lunes que se nutre de madrugadas, de cómplices al servicio de las sonrisas dibujadas, de carreteras hechas de incomprensiones, de paredes en las que se forman jardines de melancolías. Es distinto este lunes: la ciudad con su historia de vacíos, con un termómetro bajo el brazo con la fiebre de la oscuridad, pero es lunes, ¡lunes por la madrugada!

Miguel Abuelo, el jinete montado sobre una mariposa de madera, las flamas inmortales de un espíritu indomable, el hombre que colgaba hilos de amor en las dimensiones sobrenaturales de la música; el cantante electrizado por alguna deidad, el cuerpo que emanaba lenguajes constelados de plenitud. Miguel, haz fabricado un trenecito de imágenes con vagones de poesía, una locomotora que se niega al frio, y que carga pasajeros de nuestros tiempos, y de los otros tiempos, y de todos los tiempos. Miguel Abuelo, el símbolo de la pasión, el sueño encarnado, el libro sonoro jamás cerrado.          

¿A cuántos grados estás tú?