¿Hace cuánto no nos sentíamos incómodos en una sala de cine? No estoy hablando de la silletería o de aquella persona que no puede desprenderse de su celular durante el transcurso de la película. No. Estoy hablando de la incomodidad que genera la película misma. Ahondemos un poco en esta idea.

Tampoco me refiero a la incomodidad de lo grotesco, esa escena que muestra a un humano cercenado, partes fragmentadas y desperdigadas o silencios que luego son llenados con una música incidental ruidosa y un grito subido de decibeles. Apunto a la incomodidad del tema tratado en la película.

Jojo Rabbit es la historia de un niño (Jojo Betzler) que hace parte de las Juventudes Nazis (Hitlerjugend) y tiene por amigo imaginario al mismísimo Führer, en una versión bastante edulcorada. El conflicto aparecerá cuando descubre que entre las paredes de su casa vive una niña que se parece mucho a su hermana que (al parecer) está muerta. Y, para meterle más conflicto, descubre que es judía.

En principio, la película así presentada no parece confrontarnos sino con la reiteración de un tema que ha sido tocado gran cantidad de veces por el cine estadounidense en donde hay que salvar a los sometidos y hay que terminar con el enemigo. Pero sucede que en Jojo Rabbit nos están contando la historia del enemigo en donde el enemigo es el sometido. Al parecer a muchos espectadores esto no les ha sentado muy bien. ¿Revictimización del pueblo judío? ¿Infantilización y puerilización de los niños? ¿Simpatización con los victimarios? Preguntas que han sido lanzadas como imperativos después del estreno de esta película de Fox Searchlight, dirigida por Taika Waititi.

Detengámonos en este aspecto.

La película nos lleva de la mano de Jojo Rabitt (eso último por un acto de cobardía en uno de los campamentos de las Hitlerjugend) a través de su transformación como un futuro soldado que dará su vida por la patria y por el Führer a un chico que va comprendiendo que la guerra le está arrancando de las manos (y de su corazón) a las personas más preciadas. Jojo pasa de escuchar atentamente a su amigo imaginario a rechazarlo en última instancia porque le está pidiendo que debe deshacerse de ese ser que vive entre las paredes de su casa, como una rata. El problema es que Jojo siente mariposas en el estómago por aquella chica que se esconde.

¿Cómo llegamos de esta historia a hablar de revictimización o simparía por el nazismo? Sencillamente porque la película nos ha puesto en los zapatos del Otro. En este caso el otro hace parte de un sistema que llevó a la aniquilación de millones de personas.

“¡Pero es un niño!”, se escucha como uno de los principales reclamos que se le hacen a la película. “No se puede trivializar lo que ellos hicieron”, se escucha también. La pregunta es: ¿por qué no?

Es curioso cómo aceptamos que en una película de acción se destruyan ciudades enteras y mueran personas aleatoriamente (porque el pacto ficcional nos embota), pero en esta película, que es otra historia de ficción el pacto se desmorona. Para hacer justicia: lo desmorona el espectador. Esta película incomoda porque nos acerca al Otro que definitivamente no somos nosotros. ¿Qué sucede, entonces?

En este punto es bueno traer las palabras del filósofo coreano Byung-Chul Han a propósito de la idea contemporánea de lo bello: “Lo pulido, pulcro, liso e impecable es la seña de identidad de la época actual. […] Más allá de su efecto estético, refleja un imperativo social general: encarna la actual sociedad positiva. Lo pulido e impecable no daña. Tampoco ofrece ninguna resistencia. Sonsaca los “me gusta”. El objeto pulido anula lo que tiene de algo puesto enfrente. Toda negatividad resulta eliminada”. Al parecer estamos cayendo en la mirada pulimentada sobre el cine donde esperamos conmovernos un poquito, reflexionar otro poquito, sorprendernos mucho pero no permitimos que nada de eso nos dañe, nos hiera, nos lastime profundamente. Rechazamos de plano lo que nos hiere, precisamente porque nos está mostrando algo que no es nuestro propio reflejo. El espectador de  Jojo Rabbit parece ser que no se ve reflejado porque no vemos una superficie pulida como las obras de Jeff Koons en las que, como dice de nuevo Han, “no hay ningún desastre, ninguna vulneración, ninguna quiebra, ningún agrietamiento y tampoco ninguna costura”. Esta película parece ser el revés de un vestido. Nos topamos con costuras gruesas, como por ejemplo, la escena donde Jojo y su madre se topan con unos judíos ahorcados en plena plaza pública y ella, ante la pregunta del niño de qué pueden hacer, le responde: “lo que mejor pudieron”.

La película nos está hiriendo con su propuesta, con sus costuras gruesas, con esa idea de infantilizar a un Capitán de las SS y su lugarteniente (interpretados por el magistral Sam Rockwell y Alfie Allen, respectivamente) o con el odio genuino que el niño siente contra los judíos, a quienes les atribuye poderes mágicos malignos y cuernos, como el mismo Diablo. ¿Qué es lo que parece que el público común pide? Una historia en la que no cambie el estado de las cosas, a saber, que los judíos fueron un pueblo arrasado y que los nazis deben ser condenados por ello sin posibilidad de mostrarlos en cuanto humanos. Si lo pensamos con cabeza fría, precisamente ese fue parte del funcionamiento burocrático de la Schutzstaffel.  Pero para no echar más leña al fuego, digamos para finalizar que el gran logro de esta película es precisamente lo que en el revuelo de comentarios ha surgido. Nos ha devuelto, a través del cine más comercial posible, la sensación de malestar, de incomodidad, de restregar la espalda contra la silla y de toser cuando la escena es moralmente inaceptable pero cinematográficamente valiosa. Si llegan a tener el gusto de la experiencia de ver Jojo Rabbit en sala de cine descubrirán que las risas (y hay bastante por que reír en esta película) son contenidas porque nos sacan eso que no somos nosotros. Aparece el Otro, aparece una honesta forma de pensar en alguien que no es nuestro propio reflejo pulimentado.