Deja, María de despescuezar a las gallinas. Yo sé que ya no te ves tan joven, pero, aquellas muertes no te traerán de vuelta los años que has estado por allá arrejuntada en los montes del sur, con ese hombre, mal amante y pesaroso, llamado Juan, Rogelio, Lorenzo o cómo decidas llamarlo. Nadie te dijo que el hombre perfecto debía tener un nombre en cada pueblo en el que se conociese. Sí, un sinvergüenza que te ha dejado pegadita a los huesos. Anda, muchacha, deja de matarme las gallinas, que en esta casa no existe estómago que pueda digerir tanta carne antes de que se pudra. Ya tenemos suficiente con ese olor que deja tu alma adolorida cada cuanto se le pregunta por los inviernos, que dicen, son hermosos al pie de la montaña. Y ese olor que dejas, parecido a la sarna, nos atrae a toda clase alimañas, que, a falta de un hombre muerto para comer, se devorarán las vigas de esta casa y tu falta de ánimo nos terminará dejando desamparadas, sin un techo donde resguardarnos de los áridos climas de julio o de los bichos de la ciénaga que llegan cuando sopla los vientos, esos malos vientos que traen a malos hombres. Además, de seguir así, hasta los gallos querrán huir de ti, porque no puede existir bestia sobre esta tierra que pueda querer algo que se ha podrido desde adentro. Yo te aconsejo, María, por todos los años en los que también he vivido esas penas, que te acomodes esas lágrimas entre el pecho y dejes el invierno entre las montañas —nunca es bueno querer cambiar los designios de Dios y pretender traer a tierra tan seca las lluvias del sur—, que te pongas un vestido, te laves de las manos tanta sangre de gallina y te perfumes el alma bebiendo un poco de agua de rosas —no existe nada que no cure el agua de rosas— y cuando el alma quede recompuesta de tanto quejido, entenderás que el amor lo jode todo y, ante ese infortunio, lo que a una le queda es añejarse, disimulando la pena.