¿De verdad crees que la Ciénaga es sólo una leyenda? Pues te equivocas, mi amiga, yo mismo tuve el horror de conocer esa antesala del infierno, justo antes de que sellaran sus puertas. Tenía 32 años entonces, con tres de antigüedad como químico en una compañía minera. Buen trabajo, buen sueldo, bajo el mando de un buen jefe: el inge Tinoco, mi profe preferido en la Facultad. Además, vivía con una chica, Yasabesquién, que era un amor, si no me jodiera tanto con que dejara mis vicios y nos casáramos por la iglesia. Hasta que ella se cansó, y un buen día se fue a México con un rockero chilango, poco antes de que me aplicaran un antidoping en la chamba, donde salí positivo. Según el contrato debieron correrme sin contemplaciones, pero gracias al inge Tinoco la compañía aceptó darme de baja “por recorte de nómina” y pagarme una jugosa indemnización.

¿Y qué te imaginas, amiga, que haría un soltero despechado como yo con tal fortuna en el bolsillo? Una fiesta, claro: una bacanal con Blancanieves y mis peores amigos, de tal nivel que me hubiera arruinado si no fuera porque al tercer día un abogado me notificó que Yasabesquién había hipotecado la casa a mis espaldas y como nunca pagó los abonos, el banco había decidido incautarla. Pero no todo estaba perdido, según me dijo, pues yo podía solicitar una prórroga de un año para pagar la deuda y los intereses. Con la noticia se me bajó la ebriedad y con la resaca hallé la solución: invertir mi indemnización a plazo fijo para que los intereses me permitieran recuperar mi casa. Así que firmé la prórroga y, para no gastar un solo centavo durante esos meses, me mudé a la calle con la ropa que traía puesta y una mochila en las espaldas.

Pero no pienses, amiga, que mi decisión fue súbita, producto de la locura. Never. Al contrario, fue el fruto de una razonada teoría que dos libros me sembraron en el coco: Hambre de Knut Hamsun, y Sin blanca en París y Londres, de George. Dos testimonios, padecidos en carne propia, sobre el grado cero de la existencia: sobre el destino del vagabundo que vive en la cloaca de la realidad capitalista y su enajenante ilusión de bienestar. Entonces me pregunté: ¿y si en vez de trabajar y consumir más y más, la felicidad consistiera en trabajar y consumir menos y menos? Bastaba tener agallas para sobrevivir como los meros chichimecas, sin credenciales ni tarjetas de crédito, sin pedir limosna ni trabajar. ¿Quién necesita una cama cuando la calle es más amplia? ¿O un salario, si basta con extender la mano para cosechar el fruto de los muladares? Sólo me angustiaba dejar mis vicios, pero eso, a la postre, debería ser una ganancia.

Los primeros dos meses fueron duros pero didácticos. Dando la espalda a mis familiares y amigos, me refugié en los suburbios, donde podía haraganear bajo los puentes, alojarme en algún baldío, dormir en los tiros de mina o en las cuevas que abundan entre los cerros aledaños, algunas de las cuales cuentan con agua natural, filtrada por la montaña. Cuando el hambre me atormentaba, solía subir al mercado de abastos para llenar una bolsa con los desechos del tianguis: tomates y frutas, tortillas duras y huesos de pollo que me sabían a gloria aunque luego me diera diarrea. Antes de que amaneciera, bajaba al centro histórico para recolectar colillas que me fumaba en la tarde, mientras escribía en mis cuadernos un tratado de poética macroeconómica. Lo malo eran las noches, cuando el frío se aliaba con mi abstinencia y me hacían soñar dunas de cocaína, arroyuelos de whisky, praderas de mariguana en flor que me hacían levitar. Sólo una vez, lo confieso, acudí a un grupo de Alcohólicos Anónimos para gorronear su café y sus galletas, pero me sentí mal fingiendo y me juré no volver.

Para entonces, además, mi metamorfosis era completa: la falta de higiene, la barba y la melena enmarañadas, mis manos de leproso, mis harapos pestilentes, la infección de mis encías, poco a poco velaron las señas de mi identidad. Y este nuevo aspecto pronto atrajo a otros homeless, que yo solía rehuir pero que acabé tolerando: incluso la miseria puede volverse amable con un compañero a bordo. Como el Ondas, un viejo calvo de ojos turquesa, cuya principal gracia era adulterar su biografía: unas veces juraba que fue guitarrista de blues en Chicago, pero cayó en desgracia por culpa de la morfina; otras, un trapecista del Atayde que se jodió la columna a media función, o bien, un proxeneta en Acapulco al que una de sus putas había castrado para que no lo engañara con nadie. O quizás no mentía del todo, pues en alguna ocasión lo vi tocar una guitarra que hallamos en la basura, y sus dedos de artrítico nos tocaron, con harto feeling, un clásico de Robert Johnson sin errar una nota.

Junto con el Ondas, también conocí a su amiga la Cubana, una loca sexagenaria que siempre andaba maquillada, se sabía todos los boleros de Daniel Santos y nadie la superaba robando botellas de vodka que luego nos compartía. Entre otros trucos, ellos me enseñaron el infalible de la credencial de elector: “si te topas con un latoso, un testigo de Jehová, por ejemplo, dile que sí, que creerás en Jesús, pero sólo si te consigue una credencial de elector, porque la Interpol te persigue y quieres cambiar de identidad”. Una estrategia que siempre me funcionó, sobre todo con esos viejos conocidos que al verme en la calle se creían samaritanos y me brindaban ayuda, pero que al oír mis desvaríos me tomaban por loco peligroso, e incluso me daban dinero por deshacerse de mi persona.

Aun así, las cosas se complicaron en noviembre, más o menos, cuando arreciaron los fríos y se volvió suicida dormir a cielo abierto. Teníamos pocas opciones: pedir asilo en el DIF, cuyos albergues ya estaban sobrepoblados, o emigrar a algún pueblo menos frío y más hospitalario. El Ondas me preguntó entonces si sabía de la Ciénaga, y yo acepté mi ignorancia. “Es una vieja leyenda, Matías, que conocí cuando yo era arquitecto, antes de perderlo todo. Como bien sabes, hace cuatro siglos esta ciudad se fundó sobre la cañada de un río en cuyas aguas se vertían los desechos de las minas. Pero los hundimientos provocados por las excavaciones mineras hicieron colapsar algunos edificios, de modo que en el XVII, sobre esas fallidas fincas, que sirvieron como contrafuertes, se construyó una bóveda para ocultar la cañada y construir encima nuevos edificios”.

De acuerdo con su fabulosa descripción, en el interior de ese hipogeo eran vertidas las aguas negras y los desechos sépticos de toda la ciudad, los cuales, al descomponerse, generaban un calor que volvería habitable, incluso en invierno, el laberíntico interior de la Ciénaga. “El único problema ha de ser el olor a mierda”, concluyó la Cubana, “pero si soportamos nuestra pestilencia, cualquier otra nos va a parecer lavanda”. A mí la historia del Ondas me parecía inverosímil, lo confieso, pero nada ganaba peleándome con ellos, y nada perdía si les ayudaba. Durante una semana entera rastreamos todo el centro histórico, en busca de algún acceso a la Ciénaga mientras recolectábamos colillas de cigarro para evitar suspicacias. La recompensa vino pronto, en cuanto hallamos, a pocos metros del puente de Bracho, una alcantarilla muy prometedora, si lográbamos abatir la reja que la protegía sin que alguien nos viera y nos delatara.

Así lo hicimos la noche siguiente, junto con dos indigentes que el Ondas reclutó por conveniencia: el Cobijas, que poseía una larga escalera de cuerda y el Pulgas, que aportó una lámpara de pilas recargables. Con esas herramientas y otras que improvisamos emprendimos los cinco el descenso, que resultó accidentado (pero no mucho) a causa de los escombros que obstruían algunos conductos. Adentro no apestaba a mierda, como temíamos, sino a molusco podrido que pronto anestesió nuestro olfato. Según nuestros cálculos, estábamos unos veinte metros bajo tierra, cuando un soplo de aire cálido nos puso la piel chinita de emoción. Y metros después descubrimos el refugio perfecto: una cisterna de buen tamaño, tibia y casi seca, ventilada por cuatro aberturas en el techo. “Pasemos la noche aquí, para no malgastar pilas” propuso la Cubana, y todos lo aprobamos. Entonces tendimos las cobijas sobre el piso de mosaico, y a los tres segundos me quedé dormido como un recién nacido.

No sé cuántas horas dormí, pero al despertar me sofocó el espanto, cuando saludé a mis compañeros y me repuso mi propio eco. Sin saber cuándo y por qué se fueron, me sentí traicionado, solo y a merced de mi infortunio en un pozo de oscuridad y pestilencia. Por fortuna traía conmigo un encendedor, que sin duda me salvó la vida, pero que me hubiera sido más útil si no me hubiera desorientado a los pocos minutos en aquél dédalo de pasadizos, galerías y túneles, tan intricado como los callejones de la ciudad visible. Ya comenzaba a temblar de terror cuando hice mi gran descubrimiento: un túnel oval de ladrillo, recubierto de musgo y cagarrutas secas que descendía en ángulo de treinta grados, más o menos, hacia las profundidades de la tierra, de donde brotaba, impreciso, un resplandor que atrajo mi alucinada esperanza.

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Pero al final no me esperaba la salida, como había imaginado, sino un escenario digno de Dante o de Géricault. El creciente chillido de las ratas, cuyos cuerpos peludos rozaron varias veces mis pantorrillas, me condujo hasta una amplia caverna, iluminada por una fosforescencia que se adhería a la piedra como si fuera una plaga. Con sus diez metros de altura y sus treinta de diámetro, aquella oquedad parecía natural por las estalactitas que colgaban el techo, aunque fueran visibles algunas paredes de ladrillo, y en las seis esquinas hubiera contrafuertes de cantera. Cuando intenté cruzar la galería, bajo mis pasos sentí crujir el horror: toneladas y toneladas de cráneos humanos, huesos mordisqueados por las ratas, carroña viscosa y gusanos secos, cadáveres podridos y otros a medio momificar. ¿Me hallaba debajo del viejo cementerio, en el interior de alguna catacumba, o en algún calabozo virreinal, donde encerraban rebeldes para matarlos de hambre? ¿O era simplemente un alucine, derivado de mi hambre y paranoia, la que me permitió vislumbrar, metafóricamente, la fosa clandestina de la Historia?

Quizá nunca sepa de verdad lo que vi. Sofocado por la angustia retrocedí a trompicones por el túnel oval y al punto perdí toda noción de tiempo y de espacio hasta que me topé con la Cubana, quien atraída por mis gritos había corrido a buscarme. Por obra de un milagro, casi, nos encontrábamos muy cerca de otra salida, al sur de la ciudad, a pocos pasos del cementerio, efectivamente. Dos noches habíamos pasado ahí adentro, enrollados en una aventura que terminó muy mal, pues el Pulgas nunca salió para contarla. “El menso se cayó a un agujero por confiar en los andamios que lo cruzaban”, me contó luego el Ondas: “Yo escuché muy clarito el madrazo cuando azotó en el fondo, pero nunca respondió a nuestros gritos”. Cuando pregunté por qué me habían abandonado, la Cubana sonrió: “Porque creíamos que nos seguías, maldito: yo misma te desperté con un beso, ¿no te acuerdas?, pero seguro seguías dormido y te volviste a acostar para seguir la siesta”.

Por supuesto, creí sin dudar en su palabra, tal como ellos creyeron mi historia. Nunca más pudimos repetir la experiencia, pues al poco tiempo el Ayuntamiento tapó con hormigón la alcantarilla por donde habíamos descendido. Para fortuna nuestra, ese invierno no fue tan rudo como presentíamos, pues al final conseguimos albergue nocturno en la Lázaro Cárdenas, en una bodega de granos que custodiaba el Panza Hueca, un velador tartamudo, muy amigo del Ondas, que fue amante de la Cubana. Algún día te contaré de ese romance, cómo sobreviví los siguientes meses o cómo quemaron al Ondas unos hijos de puta, antes de que yo volviera al mundo real para cobrar mi inversión con sus intereses. Como bien imaginas, mi amiga, ya no me interesaba recuperar mi casa, que traspasé a una prima recién divorciada. Después de lidiar con la miseria y de exorcizar mis vicios, quería emplear mi fortuna en una causa más noble, como darle una vuelta al planeta antes de que el Apocalipsis lo destruya.

Y vaya que me he divertido en el proceso, aunque a veces sueño, con cierta melancolía, que me exilio de nuevo en la calle con la ropa puesta y una mochila a cuestas, para padecer de nuevo el grado cero de la desgracia.