Había sido un invierno sosegado. Se podían contar los días en los que, como antaño, se sentía el frío chocar con la coyuntura de los huesos, pero habían sido más los días en que el calor derretía el neme de las ventanas. Eso pensaba Isabel mientras meditaba sobre cómo acabar con la vida de su esposo, que siempre había amado, pero a quien ya le salía demasiado caro mantenerle a causa del cáncer y en cuestión de treinta días ya lo tenía tirado en el sofá donde más de una vez se habían entregado desmedidamente a la pasión de esos años jóvenes para no sentir el frío que ahora anhelaba. Tenía que hallar la forma natural para que el viejo descansara repentinamente. Hizo una lista mental de las cosas con las que contaba: los cuchillos caseros que le fueron útiles a la hora de cortar en rodajas los tubérculos, las esculturas de puntas finas que trajeron en sus viajes, la camioneta Volkswagen del 57 que tenía un escape y el quemador dañado. Ninguna de ellas le pareció convincente para cometer su acto. Aquellos pensamientos se vieron interrumpidos por el llamado de su esposo en el piso de abajo. Era un quejido entrecortado, cansado y fino, pero ella lo conocía tan bien que era imposible confundirlo con el sonido de las aves que divisaban el patio de su casa. Le alcanzó un vaso de agua y un puñado de almendras que comió sin afán. Isabel vio, como una revelación, el marcador del tanque del oxígeno disminuyendo y entonces se encontró de frente con la solución de todos sus problemas. Sólo tendría que esperar un día más para que se terminara el oxígeno, para que la tragedia ocurriera y pudiera llamar a sus hijos y familiares para dar la mala noticia. Se sintió libre de dedicar lo que quedaba de la tarde a tejer una manta que había empezado hacía seis años. Cuando se recostó en la noche, no se percató en ayudar a subir a Reinaldo, y darle algo de comida, pues lo creyó un gasto innecesario. Se sumergió en sus pensamientos recordando la forma en que Reinaldo la había acompañado toda una vida, cuando se vieron juntos al amanecer, cuando se desvelaron por las deudas y dieron vueltas en la cama. Se sintió un tanto abatida, pero no tanto para echar su plan por la borda, se excusaba con la idea de que él no merecía sufrir, aunque el sufrimiento se lo imaginaba ella. De hecho, Reinaldo estaba en su sofá recordando con euforia la vida que le había dado su esposa y confiando en ella. La noche se les hizo casi eterna, como si la oscuridad se hubiese tomado un tiempo de más antes de retirarse.

Sobre las seis de la mañana Isabel bajó, bañó a Reinaldo, le puso la ropa que siempre se ponía los jueves y le dio un beso en la frente en un último acto de compasión. Subió a encontrar cosas para distraerse: limpiar el polvo de las porcelanas y planchar de nuevo las sábanas. A las ocho y veinte de la mañana escuchó un quejido creciente subir por las escaleras y colársele entre el cuello y la oreja, se quedó estática hasta que ya no escuchó nada. Bajó y vio a Reinaldo con los codos y la cara morada, los brazos extendidos y las piernas abiertas sobre el sofá. Puso en la vitrola: “Canción de las simples cosas” de Mercedes Sosa, para escuchar ese verso que la hacía sentir tranquila consigo misma porque el amor es simple y a las cosas simples se las lleva el tiempo.