Armado con una fogata, un litro de mezcal y algunos caracoles para la danza azteca, sobre un cerro sagrado y bajo la Luna llena, me dispuse a invocar al viejo espíritu del Rey Lagarto. Sí, busco el alma de Jim Morrison & the Doors, si acaso sus compañeros se deciden a acompañarnos. Ergo, el mezcalito. Masticando Derrumbes, y exhalando Cannabis, bailo mi danza sobre el Fuego, y espero a ver los resultados. Y he aquí que un pedazo del Gran Espíritu descendió como un rayo, en la forma del Jim, y se manifestó en todo su esplendor. Es decir, con su pantalón de cuero y el cinturón de vikingo, las botas vaqueras, una camisa ligera y su collarín de cuentas rojas y blancas, el cabello largo, despeinado y flotando en el aire, un halo de luz brotando de sus ojos y su boca.

–Buenas noches, mi amigo, ¿a qué debo el placer de su invocación nocturna?– dijo Morrison, con una sonrisa primero brillante y después sombría.

–Busco una pequeña entrevista, Jim, para publicarla en el Laberinto.

–¡Jaja!–se carcajeó– ¿cómo siguen las cosas allá abajo en el viejo planeta Tierra?

–Oh, no quieres ni saber.

–Ya pasará. Bien, dispara.

–Okey, ¿estás satisfecho con tu vida en la Tierra?

–Yo diría que fue bastante grande, yeah.

–¿Hubieras querido vivir más?

–Sí. Claro.

–¿Qué fue lo mejor y de que te arrepientes?

–Lo mejor fue la música. Lamento haber dejado sola a Pam, y que ella acabara en el arpón, ¿sabes?, consumiéndose con la heroína. Pero todo eso ya está en el pasado. Hubiera querido escribir más poesía, y tomarme menos fotos.

– ¿Ya cruzaste Las Puertas del Cielo?

–Ese pinche viejo necio de San Pedro me dio un tremendo sermón, pero al final me dejó pasar. Después le pedí que me dejaran salir, demasiado aburrido allá adentro.

–¿Es mejor la muerte que la vida?

–Sí, pero no hay descanso, es un viaje aún más grandioso; Claro, debes tomar en cuenta que yo sólo viví veintisiete años.

–¿Qué me dices del tristemente célebre Club de los 27?

–Un buen grupo de amigos, nos reunimos seis veces al año, una por cada muerte.

–¿Cómo están Robby y Ray?

–Oh, estamos bien, es genial, ya sólo falta John, y podremos tocar juntos otra vez, en los bares del Inframundo. Pero ese marica se niega a morir.

–¿Has reencarnado ya?

–Oh, muuuchas veces, muchacho.

–Quiero decir, recientemente, después de tu muerte tan prematura, con el avatar de Jim Morrison.

–Sí, reencarné, pero esta vez estamos decididos a ser un don nadie, a pasar desapercibidos, a renunciar a todo. Nadie puede saber quién somos ahora.

–Hablas en plural, ¿por?

–Todos somos sólo gotas, mi único amigo, en el Mar del Gran Espíritu, Él es el principio y el Fin de todas las cosas.

–¿Extrañas la gloria, el cielo estrellado del rocanrol?

–Extraño comer peyote, la brisa del mar, hacer el amor. Escribir poesía a solas, cantar en público…

–Nosotros te extrañamos a ti, Jim. Muchas gracias, de parte de tu pequeña hermandad universal.

–No hay de qué, compañero. Cuando quieras, gracias por acordarte de la banda. Sigue soñando fuerte.

Y diciendo esto, Jim Morrison se bebió de un trago lo que restaba de la botella de mezcal, para después, ante mis azorados ojos, que lloraban lágrimas luminosas, por tanta mescalina, el Rey Lagarto se convirtió en un río de vino, y ascendió hasta las estrellas en un suspiro. Yo recogí mis herramientas astrales, y me dispuse a bajar del cerro, trastabillando, entre las sombras de los árboles gigantescos, el canto de los grillos, los búhos, y las alondras.

            Al menos una vez al año, deberíamos recordar al gran cantante y poeta Jim Morrison, el líder espiritual y autor intelectual de los Doors; Pues si no, ¿Qué clase de roqueros somos, si no recordamos a nuestros mártires del Rock & Roll?, una pinche paliza nos habrían de dar, por malagradecidos e ingratos, viciosos de la interred. Amor y paz, cada quien sus gustos, pero para mí, fue un gran artista, efímero en su encarnación, pero eterno en su legado al mundo pagano del Rocanrol. Su nombre está grabado para siempre, en la Gran Roca que Rueda, en letras de oro ardiente, le guste o le pese a usted o a mí. Jim es grande por todos los méritos correctos, excepto por su muerte tan prematura, a los tremendos veintisiete.

El temido y muy exclusivo club de los veintisiete, se reúne seis veces al año, como ya escuchamos, de los labios luminosos de Jim, y es así desde que, recientemente, se les unió la Winehouse. Una reunión por cada muerte, empezando por la de Brian Jones, guitarrista y miembro fundador de los Rolling Stones, quien inauguró el club él solito, ahogado en una alberca, en el 69; seguido inmediatamente por Hendrix en el 70, se dice que por sobredosis de heroína; unos días más tarde le tocó el turno a Janis, derrotada por su grave alcoholismo; Después llegó Morrison, en el 71, quien cayó en Paris, con un infarto al corazón de causas desconocidas. Luego saltamos hasta el 94, con el suicido de Kurt Cobain, de un certero escopetazo, muy al estilo Hemingway; Y ya finalmente, se les unió Little miss Winehouse, en el 2011, también por congestión alcóholica, como la Joplin.

Los Doors, de sobra está decirlo, es uno de los grupos favoritos de mi padre, el eternamente joven escritor mexicano, José Agustín. Los escuchaba cuando se quería poner pesado, pues, como se sabe, el tono de sus melodías es mucho más oscuro y misterioso que el de cualquiera de sus colegas o similares rocanrolebrios de la época, el final de la década de los sesenta. Pero mi padre sentía una hermandad especial con Morrison y Manzarek, desde que él también estudió e incursionó en el cine, casi al mismo tiempo que aquellos en L.A.; pero especialmente por sus influencias literarias, que desde el nombre se hacían patentes, pues Jim siempre se esmeró en aclarar a todos los ignaros reporteros de su tiempo, que el nombre Las Puertas era en homenaje al libro Las Puertas de la Percepción, de Aldoux Huxley, escritor inglés famoso entre la banda maciza por sus viajes en ácido, que arrancaba con una cita de, a su vez, el célebre poeta místico, William Blake, quién con sus encendidas mitologías personales, y sus iluminadas visiones literarias y pictóricas, sentenciaba: “Si Las Puertas de la Percepción se abrieran, el ser humano vería la realidad tal como es: Infinita”. Sin olvidar su excelente versión de una canción de Kurt Weill, “Alabama Song (Whiskey Bar)”, extraída de la Ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht, aunque aquel dúo dinámico alemán también la usó en Los siete pecados capitales y The Rise and fall of the city of Mahagonny. Que Morrison no escondiera sus raíces, ancladas en la poesía más lúcida y alucinógena, que presumiera sin pena alguna, su fusión de las grandes artes con el rocanrol sicodélico, era lo que más maravillaba a mi padre, quién también era, desde luego, un verdadero apasionado de las letras, en el sentido más universal de la palabra. Y la poesía, dicen por ahí los juglares, es la forma más elevada del lenguaje.

Así que le profesaba sincera admiración, y eso es algo digno de verse en un ego tan grande como el de mi padre, pues cuando amaba algo, lo amaba en serio, lo compartía, lo propagaba como una plaga. Y así llenó, con esta clase de ideas sucias, las mentes de la juventud en sus tiempos, y aún ahora, cuando cualquier muchacho (a), se encuentra con su espíritu juvenil, cristalizado en sus magníficas primeras novelas. Así, no puedo dejar de recordar La Cocina del Alma, es decir, el tiempo que pasé realizando con mein father una serie de programas para Radio UNAM, que amablemente nos dejaron compartir, con sus radio escuchas, todas nuestras sandeces rockeras. Durante un par de años, logramos dar ese golpe, y cual cómplices en el crimen, nos repartíamos el botín, pues mi padre logró la hazaña de que, no sólo nos fueran a grabar hasta la casa, con ayuda del buen camarada Emiliano López, sino que hasta consiguió que nos pagaran con verdaderos billetes, una buena cantidad que don Agustín dividía conmigo en partes iguales, muy democrático y mochado, mi jefe. Por aquellos tiempos, mi padre fue mi mejor amigo, y creo que ambos nos la pasamos chido, jugando a ser Dj’s de la radio. Estas series de programas se llamaron La Cocina del Alma, en honor a la canción de los Doors, “Soul Kitchen”, un rolón de su primer disco, su obra maestra, que tenía el inmenso acierto de comparar la cocina con el laboratorio alquimista, donde nuestras almas buscan convertirse en el oro de los dioses.  Allí, mi papá y yo trazamos una flecha de tiempo, para recordarle al respetable público nuestra visión de la Historia del rock & roll, así como sus principales raíces y ramas, muy al estilo de Jack Black en la School of Rock. Esto en la primera temporada, de 13 capítulos, mientras que en la segunda dedicamos un programa a cada género relacionado con la música moderna, de modo que retomamos la música del mundo, la ambiental y la electrónica, las tribus urbanas, etc., etc. Aunque las pasiones paternas por la música clásica, de Mozart a Schubert, pasando por Jaschaturian, Mahler y el maestro Beethoven, llegando hasta Philip Glass y Michael Nyman, se nos quedó en el tintero. Pero fueron días maravillosos para mí, algo invaluable, compartir toda esa música con mi padre, en su Cocina del Alma.

Recuerdo claramente el día en que mi padre me mostró un libro llamado No One here get’s out alive (Nadie sale vivo de aquí), la biografía oficial de Jerry Hopkins y Danny Sugerman, editada en 1981, y un best seller instantáneo, con millones de copias vendidas, que mi gran jefe me acercó, como para comprender a un ídolo insólito. Lo leí con verdadera hambre de conocer a este héroe de mi papá y de toda la banda gruexa, y quedé eternamente fascinado con un hombre excepcional, de su mente y su corazón, la claridad de su misión y su filosofía, iconoclasta al máximo. Y supongo que si fuera mujer o gay, me habría enamorado perdidamente del maldito, como lo han hecho, a través de los años,  cientos de miles de damas jipiosas y reventadas, hermosas sirenas y ninfas librepensadoras, pues en mi opinión fue más galán que el Elvis, especialmente por su inteligencia y capacidad intelectual, que era algo natural y sin pretensiones de superioridad, sino, como mi jefe, simplemente estaba empeñado en compartir sus conocimientos y su grandeza espiritual.

Yo tenía 16 años cuando fui a ver la película de Oliver Stone, y para entonces esa banda ya era tan mía como de mi padre o cualquier otro marigüanito precoz. Me recuerdo dándome un joint con un compa, antes de entrar a la vieja Cineteca Nacional, y mirar, apantallado y alucinógeno, la asombrosa actuación de Val Kilmer, en el que resultó ser el papel de su vida, pues jamás volvió a volar tan alto; pero allí, incluso cantó muy parecido al Portero mayor, míster Morrison. Igualmente, Oliver Stone, aparte de los Asesinos por naturaleza,  no volvería a presentar películas tan salvajes e intensas.

Y tampoco olvidaré jamás, que varias veces, cuando pisé algunos separos y celdas de mi ciudad y la gran Tenochtitlán (por delitos menores o viles injusticias, pero muy seguido), el nombre de esta banda de rock legendaria se encontraba por doquier, escrita con improvisadas pintas, o grabada con algún objeto filoso, en paredes fantasmagóricas, o puertas de metal férreamente cerradas, junto a otras bandas rudas como los Sex Pistols o Pantera.

Pero retornando a la juventud de mi chief, en la década de los sesentas, donde se forjó la historia de José Agustín, quién me inculcara todos estos vicios, debo confesar que si algo le envidio bastante, es el privilegio de haber asistido a uno de los cuatro únicos conciertos que los Doors realizaron en México, del 27 al 30 de junio del 69, escasos dos años antes de la muerte de James Douglas Morrison. Fueron cuatro tocadas para un público muy selecto, prácticamente  de puros niños ricos y demás escoria, en un antro fresa llamado Gran Forum, en la Del Valle, sobre insurgentes sur. Se dice que los trajeron con engaños, y ya aquí pretendieron que tocara en privado para el hijo de Díaz Ordaz, a lo cual Jim respondió reventando el evento, portándose agresivo y orinando en el escenario, motivo por el cual fue declarado persona non grata por el vomitivo presidente mexinaco. De ahí que mucho se haya dicho sobre el desastroso desempeño de los Doors en México, pero según mi padre, que cubrió el evento para algún periódico (el Excelsior o El Heraldo, creo), su experiencia fue totalmente diferente, Morrison cantó muy bien la mayoría de las piezas que tocaron, si bien sí se le notaba ebrio como un marinero, me contó. Pero a los ojos de José Agustín, eso era necesario y comprensible, y así dio fue un gran concierto, único, donde mi padre tuvo frente a frente al mayor poeta, chamán, roquero y representante terrenal del dios Baco. Una experiencia digna de vivirse en carne propia, pero pocos fueron los invitados a esas fiestas casi privadas. El gobierno les había negado el derecho a presentarse en la Arena México, donde se había planeado un concierto masivo, pero como aún estaba fresca la sangre vertida en los trágicos eventos de Tlatelolco, en octubre del 68, el gobierno genocida había prohibido cualquier reunión multitudinaria de jóvenes disidentes. Mi jefe, sin embargo, por su privilegiada posición de reportero estrella, tuvo la gran fortuna de ser uno de los elegidos, que pudo estar a unos pasos de esta leyenda del rocanrol. Se sabe que Jim visitó Garibaldi, y se chingó unos tequilas a ritmo de mariachis, así como se le hizo una caricatura en el lugar. Después visitó Teotihuacán, donde rindió su muy personal tributo y reverencia a los Dioses Salvajes, aquellos que le dieron el poder de encantar nuestros espíritus, sexo y mente, con su arte y poder inigualable, en la ya añeja historia de la Roca que Rueda.

Acerca de los demás miembros de los Doors, pues, desde luego, el segundo oficial a bordo fue Manzarek, por su virtuosa forma de improvisar atmósferas densas y misteriosas, para acompañar los trances poéticos del Jim; En esto también era experto Robbie Krieger, un guitarrista con las dotes suficientes para tocar flamenco, una forma muy intrincada de arpegios y acordes. Ambos, junto con Densmore, que nunca le tuvo mucha paciencia al Jimbo, hicieron lo posible por acompañarlo en su viaje místico y frenético, hasta que el delirio intoxicado se apoderaba de su cantante (su líder místico y psicodélico), y aparecía su máscara de mala copa, con la terrible personalidad secreta que emergía tras varios vasos de whisky, a quién el mismo había apodado “el Jimbo”. Era su lado oscuro. Pero Manzarek, Densmore y Krieger le siguieron el paso huichol de Niño Salvaje, hasta que sus pies ya no tocaban la Tierra, se iban a pasear por la Luna y de regreso, en aquellos días extraños, hasta que la música terminó, como estaba escrito, y todo llegó a su fin. A la muerte de Morrison, los tres sobrevivientes quisieron mantenerse a flote, pero los signos de locura marina comenzaron a ser evidentes cuando grabaron algo llamado “No me molestes mosquito”, así en español, una aberración que me niego a creer, y nunca he escuchado en mi vida, por respeto a los Doors, ese respeto que no se tuvieron ellos mismos con esa mamarrachada, así como su intento de vender “Light my fire” para un comercial de automóviles, a lo cual el Morrison se opuso rotundamente. Pero a su favor, Manzarek hizo la excelente película Dance on Fire (1985), y su versión de Carmina Burana para sintetizador, también es muy interesante. A estos dos valedores, Robbie y Ray, guardianes del fuego sagrado, detrás de Las Puertas, los fui a ver en vivo, hace un millón de años, en la grata compañía de Selina y Balam, hijos del gran poeta Efraín Bartolomé, con quienes sostuve una amistad brevemente, por aquellos días. Esto fue en el Toreo de Cuatro caminos, en un auditorio que ya ni existe, lo demolieron (allí también, muchos años después, cubrí y entrevisté a los Chemical Brothers para el intento de Much Music México, de Canal 11, pero esa es otra historia). Aquel día, por allí estuvo también Eric Burdon, que todavía se rifaba como los grandes, y escuché a algunos miembros restantes de un diluido Jefferson Airplane, así como a Edgar Winter, el hermano fresa de Johnny Winter, ambos igual de albinos y greñudos, pero el Edgar con más acondicionador. Recuerdo que la banda guarra chilanga abucheo al buen poeta Michael McLure, representante de Jim, gritando como poseídos: ¡¡“El Blues de la cabaña”, el “Blues de la cabaña”!!, para acallarlo, cuando este trató de leer algunos poemas del Rey Lagarto… que momento tan bochornoso, camaradas, que país. Pero Krieger aún tocaba como un virtuoso, lo mismo que Manzarek, y dieron un buen espectáculo, a pesar de las limitaciones del lenguaje, y la falta de su chamán, a quién años después suplieron con el cantante de The Cult, Ian Astbury, para dar unas nostálgicas pero prendidas giras mundiales como The Doors of the Twenty One Century. Este 8 de diciembre, por cierto, Jimbo cumpliría 76 abriles, lo sé porque recientemente mi jefe cumplió 75, y él es un año menor, nacidos ambos al inicio de los cuarentas.  Y veo que se organizan sendos conciertos de tributo, muy seguido, con imitadores al estilo Elvis en Las Vegas, y desde luego en esa fecha, también, las localidades están agotadas, para un espectáculo llamado The soft Parede, a tribute to The Doors – Jim Morrison Birthday show, en el DROM de Nueva York. Que rayados los que asistan, a este homenaje, para celebrar la vida de esta auténtica leyenda del Rocanrol.

Así pues, durante sus escasos años de profunda creatividad y éxito, seis años desde la formación de la banda, hasta su muerte, Jim Morrison fue, por unos breves instantes en el cosmos y para siempre en su música, una invocación herética del Dios del vino y el placer carnal, Dionisio, a quién se entregaban las vírgenes, en antiguos rituales, dentro de los bosques de Grecia. Y aún hoy en día, si usted y su posible pareja gustan del rocanrol, escuchar a los Doors puede ser el preludio de una noche de sexo muy prendido y sin vergüenza. Así lo comprobé yo recientemente, cuando conseguí seducir una vez más a mi novia, utilizando la ayuda de esta música tan poética y furiosa, apasionada y romántica. Aún si es desde el lado oscuro del amor, Morrison brilla en una noche eterna, siempre anunciando la salida del sol, que ya se puede ver en Luna llena de sus ojos. Le compartí, a mi reina, el último documental que se hizo sobre Las Puertas, el de Tom DiCillo, When you’re strange (2008), y ella comenzó a ver al ser humano detrás del dios roquero que hemos construido, un poeta frágil y consumido por sí mismo y por una sociedad suicida, antropófaga, ambos intransigentes. Jim el eterno rebelde. SE BUSCA, dice un cartel al estilo de los viejos pergaminos para pedir recompensa por un forajido, en el viejo oeste. Todo esto por exhibirse en público, reza la legendaria portada de la Rolling Stone. El aparato monstruoso de la injusticia americana quería cortarle las alas, y acabaron con su orgía improvisada de rocanrol y literatura, el aquelarre que había desatado en plena era hippie. Y justo cuando pretendía convertirse en poeta, y librarse así del sistema gringo neonazi, emigrando a París, la gran Calavera lo alcanzó hasta allá, con la cuenta de sus bacanales.

Conmovidos hasta las lágrimas, volvimos a sentir una gran pena por la muerte del Rey Lagarto. Lo recordamos en el mundo del rock and roll, más que su propia familia, distanciado especialmente de su padre, el almirante George S. Morrison, un orate que andaba lanzando napalm sobre Vietnam, pues dirigía, en esa infame guerra, el primer navío nuclear de los Estamos Hundidos, mientras Jim se pavoneaba en el escenario, siendo un desconocido para la familia que le heredó ese apellido, y se tragó con dificultad el éxito trans-generacional de su hijo quién, a su vez, los declaró muertos, cuando se reinventó como el cantante de una banda de rock, llamada los Doors. En la mañana de un sábado, le proyecté a Karen este documental, y después, enfundado en mi vieja playera negra con el famoso “Se Busca” del Morrison, salimos a conseguir algo de comer y beber. Después le compartí el An American Prayer (1978), el disco póstumo de los Doors, donde los miembros sobrevivientes grabaron improvisaciones sobre la voz de Jim, quién había leído algunos de sus poemas en su último cumpleaños. Al parecer, mi novia no conocía esta pieza final en la discografía de Las Puertas, y resultó un buen complemento para esta tarde, dedicada a invocar el sagrado espíritu de Jim y compañía. También nos cayó en gracia el sentido tributo que les rindieron varias bandas, en un disco titulado Stoned Inmaculate (2000), que tuvo algunas buenas versiones y remixes, entre ellos uno donde William Burroughs y Los Doors se reúnen en un palomazo imposible, salido del tecno-inframundo. Más tarde, después de tomar algo y escuchar los covers de rock en español de la banda local, en un segundo piso de un baresucho de Oaxtepec, adonde fuimos para saludar a mi camarada el Pavo, alias Vic trombones, retornamos a la Casa que Canta, para escuchar lo mejor de los Doors, en un cd editado por don José Agustín. Y tal como nosotros lo hicimos al regresar, es recomendable fornicar (o hacer el amor, según sea su necesidad), bajo el amparo de la noche, haciendo un trío imaginario con la voz del Mojo Risin’, y largarse así a dar un paseo motorizado, bajo la luz de la Luna. Tú sabes, camarada navegante, que siempre están invitados a abrir las puertas de su mente, y a darse una vuelta por lado oscuro y salvaje de la calle, de vuelta hasta el amanecer, Waiting for the Sun, en este Moonlight Drive. Pues escuchar a los Doors, y leer a José Agustín, y quizá degustar un buen toke, y la bebida o substancia de su preferencia, en este mundo al menos, ha sido, es y será, una buena combinación para los amantes de las bellas artes, con tendencias contraculturales, perseguidores de corrientes alternas, espíritus viajeros, en su forma más rebelde y primordial.

Así pues, digamos “Salud”, malditos herejes, hij@s de la noche, místicos anarquistas, radicales libres y cazadores (as) de la buena vida y la buena muerte, levanten sus copas y digan: ¡Salud, por Dionisio!, el padrino del Rey Lagarto y Las Puertas, siempre abiertas al Infinito, y sean bienvenidos a la danza de su fuego inmortal.