En la soledad de las fiestas

siempre como flores pisadas.

Marcelo Moreyra

Dentro de la banda de rock argentina Mujercitas Terror, desenterramos notas, cadáveres de un rockabilly graso, cadencioso, como para bailar con Satanás a la luz de la Luna —parafraseando al dialogó del mejor Joker (Jack Nicholson) en el Batman (1989), de Tim Burton—. Pero también encontramos talante y mucha profundidad. En ese mausoleo se encuentra el sonido de Erick Lee Purkhiser (“Lux Interior” de The Cramps) o la lírica de Peter Murphy, pero también la bibliografía de Richard Matheson, Clive Barker, Ramsey Campbell y Thomas Ligotti. Una poética oscura que Marcelo Moreyra escribe para Daniela Zahra (bajo y voz) y Federico Losa (batería) —el resto de Mujercitas Terror—, y para aquellos espectros grises que escuchan las modulaciones de la música sombría tres metros bajo tierra: niños infortunados, asesinados por la locura de una naturaleza sanguinaria.

            Marcelo es un ente errabundo, una aparición que vaga tras la nebulosidad de Ronnie Self y su alcoholismo, de los comportamientos erráticos y los incidentes violentos en el escenario; un vidente a priori de los episodios de The Twilight Zone (1959) y un escucha mórbido del padecimiento lírico de Hasil Adkins —el cortador sonoro de cabezas huecas—; un fantasma al que las películas de vampiros, los cultos umbríos, la enfermedad y la soledad, lo han llevado a fundar de igual forma a Envidia, “la voz mala”, proyecto que vislumbra un canto corrosivo de un folk melancólico, triste, como para hacer llorar a la mismísima Muerte en los brazos de la Pietà.

            Parte de este romanticismo son sus poemas, editados por la editorial independiente argentina Milena Caserola en Mañana memorial (2019), poemario que consta de las letras más oscuras y descompuestas de Marcelo Moreyra, que sin riffs expresan historias tétricas del amor, la locura y la muerte a lo Horacio Quiroga.

            La expresión poética de Marcelo más que un fin del acorde musical, se  convierte en un medio, un portal transitorio, más allá del cual su conciencia creadora debía lograr la comunicación con entes fantasmales. Este anhelo de repulsión, convierte la creación poética en una revelación memorial y en razón de este transplante del acto de expresar el acto de escuchar a la muerte, se origina ese ideal de Moreyra de vislumbrar “la  maldad, escondida en lo más profundo”.

            Prologado nada más y nada menos que por el ícono de la música independiente argentina, Rosario Blefari (1956), Mañana memorial vino a ser para Marcelo Moreyra no sólo una liberación de su ser musical, sino una verdadera experiencia de orden intelectual, un modo de conocimiento, un intento de realización. Más que poeta, prefiere verse a sí mismo como un romántico, por lo que el ejercicio de pensar la muerte tiene de desligado y de ideal, actitud poética con la que pretende ocultar, irónicamente a los ojos de los fans, su verdadera condición desesperada.

            Los valores de Marcelo Moreyra ya no entrañan signos o símbolos de objetos sensibles o poéticos, sino que expresan como en las partituras, una música que al ser puesta en ejecución, requiere de otras representaciones mentales, de otras asociaciones o disociaciones de los sentidos, capaces de captar en la composición general del libro: las resonancias de lo oculto, los delirios de la pobreza, el día perfecto que se imagina en otras personas, gloria y plástico en Navidad, olor a pegamento donde hubo una familia, un altar en el tiempo destruido, el silencio perfecto de los fantasmas, la mañana memorial.