Terminé de ver las dos temporadas de Jack Ryan, en Amazon Prime Video. En principio, una serie promedio, de mucho presupuesto, sí, con un elenco de actores famosos, mucha acción, mucha espectacularidad, pero sin la profundidad dramática de Homeland (con la que se le ha querido comparar). Quizá cabría más emparentarla con la ya vieja 24, igual de maniquea aunque sin su vertiginoso ritmo narrativo, o con algunas películas del agente 007.

  Llena de situaciones inverosímiles (el último capítulo de la segunda temporada está verdaderamente jalado de los pelos) y con un personaje principal cuya verosimilitud  resulta difícil de aceptar en su papel de investigador de escritorio transformado en espía desobediente y heroico (por más esfuerzos que hace, John Krasinski no puede quitarse la sombra de Jim Halpert, su personaje cómico en la versión estadounidense de The Office), Jack Ryan es una de esas series que obtienen éxito en su momento (ya se trabaja en la tercera temporada y no dudo que haya otras más), para poco a poco ser olvidadas.

  Basada en las novelas best seller de Tom Clancy (un Ian Fleming sin la chispa narrativa de Ian Fleming), autor de libros de espionaje tan conocidas como La caza al Octubre Rojo, Juegos de patriotas o La suma de todos los miedos, entre otros muchos, la serie presenta el clásico punto de vista binario de ese tipo de relatos. Aquí los buenos son los Estados Unidos, su gobierno y sus instituciones de seguridad (en este caso, sobre todo, la CIA) que supuestamente velan por el país y por el mundo occidental. Los malos son los demás: los países árabes, Irán, Rusia, los regímenes “bolivarianos”, etcétera. Espantarse o indignarse por eso, a estas alturas, resultaría ridículo. Así ha sido siempre con el cine y la televisión hollywoodenses y no hay que tomarlo tan en serio. Su maniqueísmo es una marca, una mera convención. Digo, ¿qué son si no las cintas de superhéroes basadas en comics o sagas como las de Star Wars o Indiana Jones? Maniqueísmo puro. Buenos contra malos. Ya sólo algunas buenas conciencias millennials se asustan con eso.

  Y sí, Jack Ryan es una serie así de superficial y maniquea. Lo cual nos permite reflexionar sobre su contenido de fondo.

  En la primera temporada, los villanos son extremistas musulmanes afincados en Siria y Afganistán. En la segunda, lo es el gobierno bolivariano de Venezuela. Así, con toda claridad. Sin disfraces. El nudo del conflicto de estos ocho capítulos se encuentra en Caracas. Cierto que el presidente Nicolás Reyes no se parece físicamente a Nicolás Maduro (de hecho, Reyes es un tipo blanco y ojiclaro, muy bien interpretado por el actor español Jordi Mollà), pero resulta obvio que se trata de él, aunque menos burdo, menos grotesco y menos bobo que el presidente venezolano real.

  Hay toda una intriga internacional que lleva a diversos escenarios (de Washington DC a Moscú y de Londres a la selva venezolana), debido a un posible intento de venta de armas nucleares de los rusos al gobierno de Reyes. Ryan, su compañero Greer (el gran Wendell Pierce) y el jefe de la CIA en Caracas (interpretado por el estupendo Michael Kelly, aquel retorcido Doug Stamper de House of Cards) son los tres héroes principales que predeciblemente habrán de salir triunfantes al final de la aventura.

  Como serie, pues, Jack Ryan es un mero divertimento sobre espías y cada temporada tiene aspectos atractivos y aspectos demasiado obvios. Diría incluso que es una serie palomera y sin importancia. Sin embargo, lo que resulta interesante es ver cómo refleja el pensamiento del sector más duro de la derecha republicana estadounidense actual, en especial la más identificada con Donald Trump.

  Tanto la primera temporada (con ISIS y el terrorismo islámico como principales enemigos) pero sobre todo la segunda (con el gobierno de Nicolás Maduro como un ente corrupto, dictatorial, represivo y asesino que pone en riesgo la seguridad continental) muestran que en los Estados Unidos se sigue considerando a ambos entre los principales enemigos y me centro más en el caso de Venezuela, porque nunca había visto una crítica televisiva (más allá de canales de noticias como Fox News) tan abierta al llamado gobierno bolivariano. Una crítica si se quiere demasiado parcial y de pronto hasta burda (“propaganda de guerra grosera disfrazada de entretenimiento”, dijo oficialmente el gobierno de Maduro acerca de la serie), pero que deja al descubierto de qué manera contemplan los halcones de Washington al régimen venezolano y, por extensión, a los gobiernos que le son más afines: ya no Bolivia, con la renuncia de Evo Morales a la presidencia, pero sí Argentina, Nicaragua, Cuba y ahora México.

  En la temporada 2 de Jack Ryan, la injerencia de las agencias de espionaje gringas es abierta y a lo largo de sus ocho capítulos tratan de intervenir (claro, desde el lado de “los buenos”) en la política del país sudamericano. De hecho, en el último capítulo lo hacen abierta y bélicamente (perdón por el spoiler), con un espectacular ataque de marines embozados al mismísimo Palacio de Miraflores, sede del poder gubernamental de Venezuela, y Jack Ryan (el personaje) casi en el papel de un Rambo del siglo XXI.

  La ficción y la ideología pesan… y en ocasiones presagian.