Ilustración: Pher Galván. Técnica: Digital

Son quince a las ocho. El sol destella en lo alto. El cielo es una mezcla de celestiales colores de nieve derretida. La luna se parece a la tierra. Con ese detalle este páramo es el fin del mundo. Es un baldío entre la Saltillo 2000 y el fraccionamiento portal Las Flores. Aquí se juega béisbol aunque por ningún lado haya diagramado un diamante. Hay un señor que ya se va con sus perros acarreando chivas, vacas que vinieron a la poda. Rumian en el páramo y sigo a los Infames que reinician temporada después de un año de abandonar el juego por falta de equipo. Es martes del 2019. Los Saraperos están por iniciar un clásico más que los empresarios ingenian  contra Sultanes y que arda la afición en porras, tamborazos y cornetas para dejar de ser los “ya merito”. El año que viene el equipo cumple más de cincuenta años de existir. Maletas, dicen los que conocen, hasta que pasado el primer lustro y con esfuerzo se formaron hasta consolidarse en el equipo profesional y competitivo que son. En Saltillo lo hizo posible el Comité Pro-Obras de la Catedral con Jorge Torres Casso a la cabeza. Es 1964 y el Estadio Municipal Saltillo, antes mansión de uno de los tantos Generales de la Revolución, dejaba de ser campo de tierra y lo removieron de la calle Purcell y Ramos Arizpe, donde ahora es la secundaria Federico Berrueto Ramón. Rumian animales en el páramo, decían en los 70s los niños que vivían por el diamante de Saltillo. Eso no significa que ese campo haya sido el primero, ni los de ahí los primeros juegos en la región. Venido de los Estados Unidos, en Saltillo jugaron debido a la intervención americana. Por cada sitio donde en México se libró una batalla contra los EUA, el capitán del ejército norteamericano Abner Doubleday jugó béisbol y fue dejando ese gusto que por hobby, dice la historia en pies de página, él inventó para jugarlo después de hacer borbotear sangre. Belleza la de los hombres que no se cansan y hasta después de hacer la guerra les quedan ganas de jugar. Como aquel de Xalapa, donde dicen jugaron con la pata de palo del General Santa Anna después de la toma del Cerro Gordo en 1847. Ahora reside en el museo de un pueblo que se llama Springfield y luce una pelota encajada. Dicen el juego se dio en los jardines de un templo que construyeron alrededor de un hongo gigante, tan del tamaño de un árbol y no sólo ese sino toda la fauna que ahora es casi extinta. Así se inauguró ese deporte en México, de batalla en batalla, lo fueron aprendiendo con la práctica. Se mataban y luego a jugar. Seguro porque la guerra es aburrida e incomprensible y el juego complementa el estado de ánimo perfecto. En el páramo los brillos que emanan las botellas rotas son los faroles, piedras trazan la distancia, el óxido en las latas también. Aquí el incauto cae y deja la piel en ofrenda. Al final del páramo y no es espejismo, vienen los Infames, parecen Los Furias Béisbol, rivales que asesinaron a un Warrior en la película de 1979. Con estos desmadrados ahora beisbolistas por aburrimiento, en la década pasada, dígase la podrida, ni en cuenta con el deporte más que el skate y locos se fumaban la droga, se acababan el expendio y los vi reír y bailar, contorsionarse, babear idiota, los vi vomitarse, orinados, dormidos, los vi lanzarse en patineta desde un techo, los vi a millón de bajada y saltando escalones, los vi fracturados reírse de la vida como si fuera un capítulo más de Los Simpson. El tiempo se encarga y estos ahora se juntan para jugar. En alguna parte de esa película morí o salí disparado a otra realidad. No he estado tan cerca del béisbol. Lo viví en la calle, con las bases como piedras estorbando la pasada a los coches. Bateábamos con palos pelotas de trapo, de trapo y de palo un poco por la pobreza y otro porque siempre perdíamos la pelota y rompíamos el palo. El patrocinio de nuestros padres fue escaso, por eso el béisbol lo veo en los parques junto al mercadito de la Saltillo 2000 o en la Ciudad Deportiva. Es un deporte en Saltillo ejecutado por más de cincuenta equipos, van desde hormigas hasta veteranos, y nunca me había sentido tan profesional jugando con guantes de carne, bat de asesino serial, pelotas que lastiman y todo el equipo es del Bolo, pero los Infames han jurado que ya van a comprar el suyo. Los Infames sólo me hacen recordar las veces de raid por la carretera a Torreón. Ni siquiera hubiera imaginado sobrevivir para encontrarnos aquí, más ellos que yo, que desaparecí del barrio antes de convertirme en piedra lapidaria. Ellos no supe en qué circunstancia siguieron juntos, pero ahora unos son padres de familia, trabajadores y caguameros. Ya no hay tanto skate ni demencia a las tres de la mañana en la colonia atrás del penal. Nunca había visto uniformados y con la greña más corta a estos Infames y sus sonrisas y gestos que no han cambiado. El tiempo cansa y es que no hay duda que en la actualidad terminar el día nos está costando. El juego comienza y los Infames se dividen en dos equipos; los de la Sur contra Norte y 2000; o sea; Vatos Locos vs La Onda. Sólo han corrido unos minutos. Me tocó en La Onda porque son los rumbos de mi antiguo barrio. Aquí no hay cascos, no hay zapatos profesionales, acaso un bat, pelota y nueve guantes. Alguno lleva el suyo, pero esto se deshizo porque el Bolo se fue a Mazatlán a fundar su propio equipo y el Nacho nunca trajo los guantes que dijo tiene. Ahora los tienen y esto les gusta porque hacen ejercicio, se echan la botana, es un pretexto más para pistear. No saben el nombre de las posiciones ni ingenian jugadas, pero la reta les ha dicho que juegan bien. El equipo que pierde pone más caguamas. La bronca se disputa si la pelota se pierde y se sancionan dándose doble base. Al final siempre pierden la cuenta y por eso ahora marcan las carreras en la tierra. Fueron una vez al estadio municipal y se sintieron profesionales lanzándose y barriéndose. Pichaban y cachaban como no había otro a la cercanía. Y ha de ser porque juegan en el fin del mundo, donde ellos diagramaron el diamante a su imaginación, entre matorrales y escombro. No como las reglas del campo dictan, esto es suficiente para cuerpos totalmente a punto de la destrucción. Están en esto tan organizados y lo último que recuerdo es a un grupo de amigos unidos por el vicio y el ansia de juventud que pensamos ya no existe en nosotros y en algún lugar de la historia nos abandonó, como a veces las madres hacen con sus hijos. Cada uno con una botella, con el pasón con la tabla y el rock en saxofones desgarrándonos el oído, punzadas punk y corridos para cuando se estuviera muy ebrio. Lo que los une ahora es el béisbol. Juegan de maravilla. Los filders corren, todos se mueven y parece un ballet agresivo. Blasfeman. Se cachondean a sabiendas de que no ganarán otra cosa que saber quién tiene más habilidades. El pitcher engaña, el bateador se mueve, rectas, cruzadas, con efecto. Algunas bateadas, capturadas. Es un juego al que no pongo atención por su puntaje, si no por ver como todos siguen con la sonrisa y la mirada al otro y es una gran conexión de personas construyéndose con el juego. En ese momento, en el páramo casi oscuro, unos hombres llegan, como si el cielo los hubiera escupido. Traen equipo, la sonrisa por delante y piden la reta. Entonces se desintegran Vatos Locos y La Onda para integrar a Los Infames. Van a la pelota los chicos de Padre Santo, como se llaman por el ejido donde viven y que está frente al basurero municipal. Pichan y pasan a que batee uno de Los Infames. Uno a uno van cayendo a manos del pitcher que en vez de brazo lo que tiene es un cañón. No se distingue la pelota. El Gabino acierta pero de nada valió su toque. El ampáyer la tiene en su poder, lo dejó correr y casi llegar sólo para demostrar con qué velocidad hacía zumbar la pelota en el páramo. No hicieron ni una carrera. En sus rostros se distingue la desesperación, saben que algo malo está pasando. Mandan al pitcher y ellos se ponen al bat. La primera curva y conectada por rebotes en el suelo. Pegan con tanta fuerza que la pelota no se sabe si se perdía en el cielo o en la tierra. Llegaron los nuevos dioses a conquistar el páramo. Nadie los esperaba tan agresivos, tan aguerridos y profesionales, que si enfrentan a los mismos Saraperos seguro saldrían derrotados. Eso dice Kiko, quien va mucho al Francisco I. Madero. Para que se nivele la situación le dicen a los de Padre Santo que no lancen tan fuerte la pelota. Tienen miedo de recibir un balazo con cuero de cerdo. Los Infames esperan su derrota, contentos porque al final hay humo y caguama y la costumbre de reír de las anécdotas del juego. Si quieren la reta en el fin del mundo, es de ocho a diez de la tarde, los martes práctica, los jueves partido de torneo.