Chicuarotes no falla a la generalidad y –de hecho- refuerza la disidencia ocasionada por cintas que intentan inducirnos ¿o recordarnos? la realidad desde su escenario más cruel y arrabalero. El segundo trabajo como director de Gael García Bernal se aleja del caos cosmopolita de las zonas más urbanas de la Ciudad de México y se acerca a uno peor, el de las áreas limítrofes…

Desde que la presencia de películas mexicanas en festivales del tamaño de Cannes, Berlín o Sundance empezó a generar escándalo mediático, la posibilidad de encontrar coincidencias entre las opiniones del público internacional/nacional y la crítica extranjera/local ha ido empequeñeciéndose. Por mencionar algunos ejemplos: el fenómeno ROMA (Alfonso Cuarón, 2018) y el aplauso unánime que recibió de prácticamente todo el mundo, excepto de los espectadores de nuestro país; o Heli (Amat Escalante, 2013), que sirvió para galardonar el esfuerzo de su realizador en las grandes premiaciones europeas, incluso cuando dividió a la prensa y su paso por México fue inadvertido.

Chicuarotes no falla a la generalidad y –de hecho- refuerza la disidencia ocasionada por cintas que intentan inducirnos ¿o recordarnos? la realidad desde su escenario más cruel y arrabalero. El segundo trabajo como director de Gael García Bernal se aleja del caos cosmopolita de las zonas más urbanas de la Ciudad de México y se acerca a uno peor, el de las áreas limítrofes… Ese al que los debates de Twitter nunca llegan y donde da lo mismo si gana un partido político u otro.

San Gregorio Atlapulco, en el Xochimilco post-sismo del 2017. El largometraje arranca con la ecuación que definirá el resto de su argumento: gags, decisiones viscerales con tintes de catástrofe y un elemento aleatorio que aspira a suavizar el ambiente creado. A partir del atraco a mano armada dentro de un microbús, todo se vuelve como la bola de nieve que crece para arrollar cualquier cosa a su paso. Los primeros inconvenientes narrativos  surgen del mosaico de arcos que se abren con suficiente peso para llevar el timón de la película; pero que terminan convertidos en meras secuencias de ambientación, condenadas a difuminarse  tan pronto como aparecieron.

Desde la experiencia, existe una intención de Augusto Mendoza por adentrarnos en el universo con el que se siente íntimo -y como guionista- la habilidad para causar risas es palpable. Si de ser justos se trata, habría que reconocer la comedia de Chicuarotes como una de sus decisiones acertadas cuando la madeja de hilos se enreda o se tensa en el melodrama. La virtud está en la capacidad de recurrir a la carcajada para sembrar la dicotomía que incomode a quien mira: ¿chistes sobre Cristina Pacheco  mientras se hace apología de la violación? ¿Guiños a cumbias en medio de una narrativa sobre pobreza extrema? Este humor oscuro que no aspira a equilibrar el peso de la fatalidad, sino a mostrar lo normalizadas que están la miseria y la crueldad en nuestro entorno.

Por otro lado, la contraparte dramática carece de solidez. A pesar de que la dirección actoral es adecuada en los personajes de Cagalera (Benny Emmanuel), Moloteco (Gabriel Carbajal) y Sugheili (Ladi Guttierez) gracias al timing que mantienen, la excesiva caricaturización de las interpretaciones de Dolores Heredia (Tonchi), Enoc Leaño (Baturro) y Daniel Giménez Cacho (El Chillamil) los lleva a lugares comunes, casi telenovelescos. Por eso la comparación adquiere tanto peso en sus momentos más potentes, Chicuarotesgenera la misma angustia que Los Olvidados (Luis Buñuel, 1950) y Canoa (Felipe Cazals, 1976); mientras que los episodios de confrontación a penas se sostienen del grito y el llanto, situación que no repunta hasta la teatralidad y el surrealismo de Tonchi cuando vela al marido que recién asesinó.

La fotografía de Juan Pablo Ramírez opta por un camino más pragmático que ambicioso. Sin recurrir al tratamiento de contrastes que le conocimos en el documental Jefe de Jefes (Olallo Rubio, 2018) o en El Colgado (Edgar Nito, 2016), en Chicuarotes fluye con la velocidad de los conflictos y deja la ambientación en su paleta de colores natural.

Lo queda claro es que, sin ser un fiasco, este largometraje no termina por consolidar la carrera como cineasta de Gael García Bernal. A favor del mexicano, con esta película muestra una clara evolución en términos de ritmo y manejo del cast. No esconde las influencias de sus maestros directores y en la medida que gestione la tonalidad secuencial, se acercará a una filmografía más funcional.  

Para el debate, podemos inferir que hay películas mexicanas que no están hechas para el público nacional. Y no por arrogancia artística, sino por el principio de identificación. En un país cuyos pulsos se componen de violencia, incertidumbre y el consuelo que puede ofrecer un chiste, Chicuarotes es tan vertiginosa como nosotros.