Dicen las malas lenguas que la razón de esto es que cuando era joven estudiante de Teología y aspirante a clérigo, uno de sus superiores arremetió contra su esfínter repetidamente, realizando maniobras inimaginables, proezas dignas de una medalla olímpica, prácticas que necesitan de una preparación previa y una increíble habilidad elástica para poder ser llevadas a puerto firme.

My candle burns at both ends;
It will not last the night;
But ah, my foes, and oh, my friends—
It gives a lovely light!

Edna St. Vincent Milay – First Fig.
Junio, 1918.

Por Luis Mendoza

Hoy se me hizo tarde para el trabajo y las copas que llevo a cuestas no se saben disimular muy bien, lo que para mí —en una de las tantas brillantes disertaciones que me caracterizan— es la causa del mal aliento. Pero era nuestra única oportunidad para desahogarnos, y no podía perdérmela.

Al cuarto para las cuatro llamamos a La Chula para soltarle improperios. Él es nuestro maestro de Metafísica un ser tan reprimido y resentido con la vida que desprecia cualquier muestra de autenticidad por parte de sus alumnos.

Dicen las malas lenguas que la razón de esto es que cuando era joven estudiante de Teología y aspirante a clérigo, uno de sus superiores arremetió contra su esfínter repetidamente, realizando maniobras inimaginables, proezas dignas de una medalla olímpica, prácticas que necesitan de una preparación previa y una increíble habilidad elástica para poder ser llevadas a puerto firme.

De otra manera los resultados podrían ser desastrosos (como a la postre demostraron ser).

No tardamos demasiado en llegar a nuestro destino, y una vez concluidos los trámites correspondientes, nos permitieron entrar al estacionamiento; debíamos renovar unos libros en la biblioteca, de otra manera nuestros bolsillos se vaciarían.

El uso de drogas en la escuela se había inmiscuido en nuestros hábitos estudiantiles, así como se inmiscuyen los chismes de la farándula en la cultura popular: gratis y sin mucho esfuerzo.

Un par de ajos no afecta a nadie, y estos en particular no le pasan factura al mal aliento; además, como suele decirse: el papelito es lo que cuenta.

Salimos de la Biblioteca rumbo al jardín, nos recostamos sobre el césped y sintonizamos una versión remasterizada de The Dark Side of The Moon.

Pasados quince minutos decidimos que lo mejor sería buscar un lugar más tranquilo, donde nada nos perturbara.

Nuestra intención era viajar en coche rumbo a Carrizalillos, y una vez allá, viajar de nuevo. Desgraciadamente los aceites reventaron mucho más rápido de lo esperado y comenzamos a perder la coordinación motora. Temíamos por nuestras vidas, temíamos por acabar con el automóvil, y temíamos no poder concluir nuestro viaje de la manera planeada.

Para nuestra suerte, todavía no habíamos arrancado. Nos encontrábamos aún en el estacionamiento de la escuela, cosa que de momento nos tranquilizó. Tras analizar la situación, decidimos que lo mejor sería tomar un taxi y dejar el automóvil ahí; después volveríamos por él, luego de descansar un poco.

Caminamos alrededor de cuarenta minutos, viendo extensos y coloridos fractales en el reflejo del agua, proyectados hacia el horizonte y donde fuera que fijáramos la mirada. Nos instalamos bajo un árbol, recargados en una piedra. Mónica sacó un sleeping de la mochila y lo tendió en el suelo, pidió un poco de marihuana y preguntó si tenía canalas.

–Simón.

Se forjó un gallo, destapé una chela, y decidí tomarme el día libre.