Hace dos días perdí a mi hijo. Estoy sentado en la cocina y no puedo dejar de llorar. Me lo imagino ahogado en un charquito de sangre. Estirando su mano pequeña para encontrar la mía. La noche anterior tuve una pesadilla donde mi niño era un pedazo de carne y yo era el cuchillo que lo rebanaba.

Treinta. Estoy recostado en el sillón de mi casa. Hace 28 horas nació mi hijo y aprovecho un momento para descansar. No he dormido en dos días. Me interrumpe una llamada telefónica. Es mi hermano. «Lo que te voy a contar no te va a gustar», me dice. Mi papá acaba de accidentarse. El coche está destrozado, pero él salió ileso. Están en la estación de policía. Todo se arreglará pronto. Mientras escucho el llanto del bebé en la habitación de arriba pienso en mi padre, en cómo se sintió hace treinta años: sin poder dormir, abrazado por el llanto. En menos de una hora me marca. «Dicen que choqué con un cabrón que iba en otro coche, no sé. No me acuerdo». Mi cabeza arde. Mi cara está caliente. Sólo digo que está bien, que es un alivio que no pasara a mayores. En unos minutos, como si cayera en cuenta de lo que ha ocurrido, llora y me dice «Por favor, nunca le cuentes a tu hijo lo que pasó esta noche». Cuando cuelga siento que la oscuridad se expande. El bebé ha dejado de llorar. Nunca voy a contarle. Nunca.

Veintinueve. Papá azota la puerta de su cuarto. Frente a mí hay una maleta abierta. La voy llenando con ropa, zapatos, libros, un billete de mil yenes, una fotografía de la familia. Minutos después sale de nuevo. Carga los regalos que le traje de Japón hace una semana. Los arroja en mi maleta abierta. «No quiero nada de ti, perro. No necesito nada de ti». Quiere pegarme. Siento sus ojos clavados en mi espalda y casi siento su mano pesada cerrándose. Intento calmarme. No puedo. Rápidamente echo más ropa. «Vete ya a la chingada. ¡Vete! Ya no te quiero ver». Cierro la maleta. Camino hacia la puerta y a mis espaldas papá sigue gritando cosas que nunca voy a olvidar. Antes de irme volteo y lo miro a los ojos. Cierra la puerta de la casa y yo, que en esos momentos lo aborrezco, lamento no poder despedirme antes de irme a la capital, darle un abrazo y decirle que nos veremos luego.

Veintiocho. «Sigue tus sueños, mijo. Ya te entendí. A veces no sé por qué haces lo que haces, pero las cosas te están saliendo bien. Así que dale. Me tienes contigo. Siempre me tendrás contigo y te quiero un chingo, cabrón». Papá me abraza. Por encima del aliento de Jack Daniels, el aroma de su perfume acaricia mi nariz y me hace cosquillas.  En un par de minutos sale mi camión a la Ciudad de México y en una semana me iré a Japón. Su abrazo es cálido, hace crecer mi corazón.

Veintisiete. Hace una semana que papá no me habla. Suele pasar que, a veces, me mira en el comedor o en la sala. Me mira y sacude la cabeza y luego sigue caminando. Estoy sentado en la sala, pensando hacia dónde voy a dirigir mi vida. Papá me grita desde el fondo de la casa. «¡Ya basta!». Camina hacia mí. Se planta de frente. «Ya tienes que chingarle, mi cabrón. Formar una familia. Tienes 27 años, ya no eres un niño. No tienes nada. ¡Nada! Imagínate si te mueres mañana, vas a ser un pinche cadáver muy culto».

Veintiséis. Hace dos días perdí a mi hijo. Estoy sentado en la cocina y no puedo dejar de llorar. Me lo imagino ahogado en un charquito de sangre. Estirando su mano pequeña para encontrar la mía. La noche anterior tuve una pesadilla donde mi niño era un pedazo de carne y yo era el cuchillo que lo rebanaba. Papá me abraza por atrás. Me da un beso en la mollera. «Te pasó por novato, mijo. No te preocupes. En el futuro tendrás más oportunidades de ser padre. No dejes de intentarlo. Y ahora piensa en que tienes la oportunidad de repensar las cosas, tomar decisiones. Valora si sí quieres estar con esta muchacha».

Veintiséis. «Muchas felicidades, mijo. Ya era tiempo. Tienes un buen trabajo y ella es una buena persona. Ahora que nazca tu niño te darás cuenta por fin de lo que es vivir por alguien además de ti. Estoy seguro de que esto por fin te ayudará a madurar. Está bien que tengas sueños, pero no debes perder el piso. Así que ponte las pilas y piensa lo que sigue. Ya no vives para ti. A partir de este momento vives para ese niño».

Veinticinco. Vamos en el coche. Papá está contento porque mis perspectivas a futuro son, por primera vez, positivas. Tengo un trabajo estable. Tengo una novia estable. Por eso está contento. Le digo que es una buena mujer, quizás pueda estar con ella mucho tiempo, pero no siento que sea el amor de mi vida. Papá me mira a los ojos. Se ríe. «Mira, cabrón, cuando llegues a mi edad entenderás que no hay un amor de tu vida. Hay muchos amores de tu vida. Así que mejor sienta cabeza de una vez y dale para adelante. Yo amo mucho a tu madre, pero eso no impide nada. Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa…».

Veinticuatro. «Pues si tu vida son las letras, haz letras. Pero recuerda que el dinero es importante. Los sueños son como las pinches cucarachas, cabrón, matas una y salen otras diez. Por eso no hay que confiar tanto en ellos. Ninguno de tus sueños es tan importante como crees, no te olvides de eso».

Veintitrés. «Pues aquí así son las cosas, mi cabrón. Si no te gusta deja voy a abrirte la puerta». Papá ha tomado mucho últimamente. Ese día le dieron un golpe en el coche. Estuvo unas horas en la cárcel. El seguro lo sacó. Mamá me ha pedido que hable con él. «A ti sí te va a hacer caso». Eso hago. Estoy hablando con él. Le da un golpe a la mesa. «Y sabes qué, perro. Vete si quieres. Yo no te necesito. Yo no necesito a nadie, porque soy el más grande hijo de puta que ha nacido. Y siempre lo seré».

Veintitrés. «Ya supera a esa vieja. Deja de leer poesía. Deja de escuchar música. Ponte a chingarle. Sal de la casa. Cógete a otras viejas. Ya es hora. ¿Quieres dinero para el bule? Yo te lo doy».

Veintidós. Papá toma whisky en la cocina. Le grita a mamá, que llora en el fondo de la casa. Mi hermano salió. Lo vi cuando se iba: también lloraba. «No me chinguen, todo quieren de mí y no hacen nada de lo que quiero». Llevo dos días en casa. Voy a la cocina. Lo abrazo. Vamos tambaleándonos hacia la mesa. Se sienta conmigo. Lo calmo. Acaricio su brazo. Le digo que lo amo. Me mira a los ojos. Papá llora. Se recuesta en sus manos y lo veo dormirse unos minutos. Pienso que ya todo acabó. Minutos después se levanta: está en uno de esos momentos donde la conciencia y el sueño y el alcohol le dan una lucidez inefable. Me mira a los ojos: en su mirada no hay amor. «Yo sé que tú te sientes mejor que yo. Siempre lo he sabido, que te crees muy chingón. Pero que no se te olvide que nunca serás mejor que yo. Que no se te olvide que nunca vas a ser nadie en esta vida». Papá se levanta tambaleándose y cierra la puerta de su cuarto. En el exterior escucho el aullido de dos perros románticos.

Veintiuno. He terminado la ingeniería. Estamos en la fiesta de graduación y papá se está tomando una foto conmigo. Mi novia está con nosotros. Perderé esa fotografía pronto. Soy feliz. Mi tío Keji ha vomitado cerca de nuestra mesa. Mi tío Juan, su hermano, le ayuda a limpiar. Tiene diabetes, mi tío Keji, pero bebe como si no se fuera a morir nunca. Papá se acerca a mí, me abraza: «A ver si ahora que eres ingeniero por fin me toca cortar una flor de tu jardín». Me rio. Mi padre está orgulloso. Puedo notarlo.

Veinte. «¿Cómo que vas a estudiar Letras? No, Taco, no me hagas esto. Tú tienes mucho futuro. Tienes mucha capacidad. Tú puedes con cosas más grandes. No hagas pendejadas».

Diecinueve. Estoy en el aeropuerto de Guadalajara. Dentro de veinte minutos sale mi avión a Atlanta, donde realizaré el transbordo hacia París. Me espera un año lejos de mi familia. No es la primera vez que esto ocurre. Papá no bebe alcohol. Me entrega una carta que escribieron él y mi madre. Una carta de amor que por desgracia perderé. «No se te olvide nunca, mijo, que tu familia siempre estará contigo. Vayas a donde vayas, siempre nos llevas contigo. Cuídate mucho y enseña la casta en Francia, cabrón».

Dieciocho. Es la primera vez que presento una novia en casa. Papá sonríe cuando la mira entrar. Noto que la mira con atención. Quizá demasiada. Luego la abraza con candidez y le da la bienvenida a la familia. Cuando ella se marcha, papá me da una palmada en el hombro. «Esa muchacha me gusta para ti, mijo. Lo más probable es que no te dure mucho, pero cuídala».

Diecisiete. Vamos en el coche. Papá me ha pedido que lo acompañe a comprar refacciones para la rectificadora de la familia. Pero yo sé que es mentira. Me pidió que lo acompañara porque quiere hablar conmigo. Hace dos días me encontraron con mi novia encuerada en casa. Mamá ha llorado. Papá se ríe del evento, pero no frente a mi madre. Mientras el coche va cuarteando la noche, yo espero que llegue el momento de hablar. A través de la ventana veo un par de murciélagos en los árboles de enfrente. «Ya no te andes cogiendo a tu novia, cabrón». Su voz no es severa. Me habla como si fuera mi amigo. «Aprende a controlarte. Un día de éstos la vas a embarazar y te vas a meter en un problemón». Asiento a todo lo que dice. Le digo que sí a todo lo que dice. Que nunca lo volveré a hacer. Que voy a esperar a ser más grande. Más responsable. Miento.

Dieciséis. Estoy en una representación del musical de Cats. Mi novia ha actuado y estoy feliz. Papá no me habla desde hace un par de semanas. No sé qué he hecho. El recital termina y yo llevo un ramo de flores para ella. Cuando me acerco al escenario veo que papá viene caminando hacia mí. Me abraza. «Perdóname, hijo. Yo estaba mal, y no quiero que me odies. Por favor no me odies y perdóname». Es la primera vez que me pide perdón. Cuando se separa de mí, después de varios segundos, nos damos cuenta de que el ramo que tenía se ha aplastado. Los pétalos se riegan por el piso. Al verlos nos reímos juntos.

Quince. Regreso a casa de la escuela. Abuela Nena está internada en Guadalajara. Mi familia ha ido a visitarla. Quizás por última vez. He decidido no ir. Soy demasiado cobarde para verla morirse. Cuando llego a casa noto que el auto de la familia está en la entrada. Me preparo para lo peor. Papá está esperándome. Me mira a los ojos cuando entro. Está molesto. «Preguntó por ti», su voz, más que un reproche, parece una condena. «Antes de morirse no reconoció a nadie. Pero preguntó por ti. Nos dijo que dónde estaba el Taquito. Pero tú no fuiste». Luego sale de la casa. Sube al auto. Se marcha solo.

Catorce. «Tómatela aquí, mijo. Es mejor que tomes cerveza conmigo a que te la tomes con tu bola de pendejos».

Trece. Estoy en la Ciudad de México. He viajado toda la noche con el tío Guillermo. Vamos a visitar a mamá, que descansa desde hace tres semanas en el Hospital 20 de Noviembre. Desde hace meses mamá lucha contra el cáncer. Papá nos espera en la entrada del hospital. Se ha quedado a dormir con mamá, como ha hecho las últimas semanas. No saluda a mi tío. Me abraza y me dice: «Tu mamá se va a morir, mijo. Ya nos dijeron que no le dan más que un par de meses». Cuando me lo dice un buitre abre sus alas en mi corazón. Comprendo que no podía esperar más tiempo. Que necesitaba decírmelo. Papá llora frente a mí desconsolado. Un llanto que yo nunca he visto antes.

Doce. Estoy en El Agostadero. Frente a mí, mi madre sostiene una bolsa de marihuana. Le digo que no es mía. Mamá se ríe y me dice que sabe que no es mía. Porque es de papá. Mamá me cuenta con detalle los últimos doce años de mi vida, desde un punto de vista que yo nunca había imaginado. Mis ojos muy abiertos. Mi boca muy abierta. La figura de mi padre se derrumba y quiero decirle a mamá que calle, que no quiero saber todo lo que me cuenta. Pero no le digo nada y mamá ya no podrá callarse.

Once. Es la primera vez que voy a viajar en avión. Gané un viaje a una ciudad estadounidense que aprenderé a amar. Se llama Longmont y, aunque no lo sé entonces, guarda varios de los recuerdos más hermosos que tendré en mi vida. Vamos en la carretera hacia el aeropuerto de Guadalajara. Papá me sonríe por el retrovisor. «Estoy muy orgulloso de ti, mijo. Ve y enseña la casta en Estados Unidos. Demuéstrales quiénes somos los Ruvalcaba».

Diez. «Te vas a venir a Pihuamo. Cuando entres a la secundaria el año que viene te vendrás con nosotros. Así que despídete de tus amigos y de esta ciudad. Todos piensan que te irá mal estudiando en el rancho, que tú debes quedarte por tus capacidades. Están pendejos. Yo soy tu padre: ¿qué mejor maestro puedes tener que yo?».

Nueve. Cambio mi bicicleta por una consola de videojuegos. Papá me compró esa bicicleta dos meses antes. Lloré para que me la comprara. Llego a casa con el Sega abrazado, como si fuera un ser querido. Veo a papá. Le cuento lo que ocurrió esperando lo peor. Suelta una carcajada: «¿Cómo que cambiaste tu bicicleta por esa chingadera? Nunca te vuelvo a regalar una bici». Lo cumple.

Ocho. El primer funeral. A mi alrededor todos están llorando. Yo también lloro. Busco a mamá entre la multitud, pero no la encuentro. Ha muerto su hermano. Hace dos horas su hermano de 25 años ardió hasta morir en el interior de un coche, a un costado de la carretera que lleva hasta Sayula. Papá me abraza y me saca a la calle: «No te preocupes, mijo. Vamos a volver a ver a tu tío Kawa porque para allá vamos todos. Límpiate la cara. Los hombres no lloran», dice mi padre y se sienta conmigo toda la noche.

Siete. «Este pinche gordito es mi hijo. Sí, es muy inteligente. Salió chingón como su padre».

Seis. Un parque. Es la tercera vez que me caigo de la bicicleta. Me raspo la cara y un diente se me afloja. Papá corre hasta mí. Recoge la bicicleta. Me dice que me levante. «No entiendo por qué se te hace tan difícil. A tu edad yo ya andaba vendiendo pan en mi bicicleta por casi toda la ciudad».

Cinco. No puedo dormir. Entro al cuarto de mis padres, pero mamá no está. Papá está viendo una película. Es una película porno. Volteo a ver la pantalla. No entiendo lo que veo, pero entiendo que me gusta. Papá se ríe de mí. Me dice que me acueste con él. Vemos la película juntos durante algunos minutos hasta que me quedo dormido.

Cuatro. Hace dos horas que estoy perdido en la playa de Miramar. Camino en línea recta por la línea de la arena mojada, temeroso de las olas. Los pies me arden, mi espalda y mis hombros y mi rostro están quemados. Tengo miedo porque no volveré a ver a papá. A mi derecha, una mujer joven habla con su niña, me señala con el dedo y le dice que ese niño gordito está perdido, que por eso ella tiene que estar junto a su madre todo el tiempo. Un par de minutos después estoy a punto de rendirme, quiero quedarme sentado en la playa hasta que caiga la noche. Mi última esperanza son unos muchachos que están jugando volibol. Me acerco a ellos. Les digo que estoy buscando a papá. «Es así como yo», les digo, «hagan de cuenta que es un señor como yo, pero en grande». Uno de ellos mira hacia atrás, hacia la zona de donde vengo. Aguza la vista y señala a un señor que es como yo, pero en grande.

Tres. He robado un gansito. Cuando se da cuenta, papá no me pega. Me lleva de la mano a la tienda. Hace que me disculpe con el dueño. «Pídele disculpas, cabrón. Dile lo que te robaste y pídele perdón». En ese momento entiendo que a veces la vergüenza es tan grande como mi cuerpo.

Dos. Puedo cantar casi todas las canciones de Cri-Cri. En la última fiesta familiar papá me pidió que interpretara “El Rey de Chocolate”.

Uno. Hace más de un mes que estoy enfermo. Como y la comida me hace llorar casi de inmediato. Los doctores dicen que voy a morir. Que no entienden mi enfermedad. Papá se ha quedado sin dinero porque ha tenido que pagar tantas medicinas. Ahora tiene que comprar otra. Necesita cien pesos. Camina hacia la casa de su amigo Adán para rogarle que le preste el dinero. Él le repondrá todo pronto. Adán tiene dinero. Adán podrá ayudarlo. Eso piensa papá. Pero está equivocado. En unos minutos llegará a casa de su amigo y le pedirá el dinero para salvarme y su amigo le dirá que no. Y cuando se lo diga papá le dará las gracias y volverá a casa con una desesperación que jamás se irá del todo. Papá no tendrá muchos amigos durante su vida. Sólo llegaré a conocer a tres.

Cero. Estamos en la sala de espera del Seguro Social. Son las 6 de la mañana. Papá ha estado despierto toda la noche. Me está esperando. Tiene 24 años. Sale un par de veces para despejarse. Llama a casa de su familia para decirles que todo salió bien. Cuando regresa, una enfermera se acerca a preguntarle si quiere conocer a su hijo. Papá asiente. Está emocionado: en su corazón hay un pajarito de luz. La enfermera lo conduce hasta un gran cristal que separa el mundo de los padres del mundo de los recién nacidos. Aquel cristal divide también lo que era su vida de lo que será ahora. La enfermera le pregunta, en broma, si reconoce quién es su hijo. Papá sonríe y apunta con decisión a una cama pequeña donde descansa un niño que pesó tres kilos y cuatrocientos cincuenta gramos y que midió 47 centímetros. Es un bebé regordete con cabellos rubios. La enfermera duda. «Es ese mero», le dice papá, completamente seguro. «¿A poco no se nota que ese chiquillo güerito será un chingón? Véalo bien: tiene la misma cara y el mismo corazón y las mismas manos y la misma suerte que su chingado padre».