Dicen que estas consciente todo el tiempo, que logras alterar el “desenvolvimiento” del sueño, espontáneamente. Yo te había soñado, había logrado cambiar el curso esta vez, había podido, al final, besarte. Desperté con un cuerpo extrañado, un cuerpo que te anhelaba desde hacía años, y que se daba cuenta, en su placer más onírico —con la entrepierna al tanto— de haberte tomado, una vez más.

Me asusta como actúa la memoria. Aquella de la que hablaba Jean Paul —el alemán, no el francés— en 1820; quien decía que “La memoria es el único Paraíso del que no podemos ser expulsados”. Yo no tenía en cuenta de que aún seguía viviendo en ese Nirvana del que no había sido expulsado, cuando rompimos aquella noche en el bar.

Sin embargo, te había soñado, a viva ternura o en carne trémula, como dicen los que saben de poesía, los que saben de monerías (tonterías). Te había soñado de manera lúcida, ¿sabes cómo es eso? Dicen que estas consciente todo el tiempo, que logras alterar el “desenvolvimiento” del sueño, espontáneamente. Yo te había soñado, había logrado cambiar el curso esta vez, había podido, al final, besarte. Desperté con un cuerpo extrañado, un cuerpo que te anhelaba desde hacía años, y que se daba cuenta, en su placer más onírico —con la entrepierna al tanto— de haberte tomado, una vez más. Pero era sólo un sueño, como en el Mago de Oz de Víctor Fleming o Mulholland Drive de David Lynch. Un sueño, y sólo eso, por más lúcido que haya parecido. Un artificio de la mente, un ancla pesada y oxidada en el fondo de un mar espeso llamado pasado.

Nos volvíamos a encontrar, en la Des Moines —después de trabajar cuatro años, y de drogarme otros tres más ahí, quedé harto de ella, la ciudad ¡al carajo con el home sweet home! —. Nos habían llamado a una junta de migración, como exalumnos distinguidos, en eso a lo que llaman Instituto Nacional de Migración al final del bosque. Yo me sentía como un parapléjico después de verte, como me sentí siempre, desencajado, descuadrado, desacompasado, sin coordinar los pasos, las ideas, las palabras, como cada que estaba contigo en Guerrero, detrás de las rejas. Tú entraste a una de esas oficinas, rendiste tu declaración; yo me quedé afuera. Tenía que salir a trabajar, bajo una nieve tan blanca como tu alma en el bricolaje, así que estaba preocupado por el tiempo y mis manos viejas, cuarteadas por el trabajo, ansiosas por tu presencia. Al final, pudimos hablar, recapitular, ponernos al tanto, y fue tan real, tan real como el reflejo de un fantasma en un espejo.

Sin querer nos fuimos aproximando —más, cada vez más— mientras fingíamos seguir la conversación. Nuestros rostros lo sabían, sabían que estaban cada vez más próximos, había entonces una sonrisa ladina en nosotros. Hasta que se dio el Big-Bang, ya sabes, la gran explosión, un beso largo y caliente, por todos aquellos años en que no nos vimos, por las veces en que no pudimos acostarnos, un beso dilatado. En nuestro propio Universo se había originado un estado de alta densidad que luego se expandió, y se expandió, hasta reventar. Y volví a sentir tus pechos, yo juro que los sentí, tus senos sobre mi ardor. Recuerdo haberte dicho que me gusta esa parte, tu medio pecho, donde parten tus dos senos; y pude sentirlo, sentirlos, volverlos a conocer, acariciarlos… Hasta que surgió otra detonación, confusa, borrosa, una que se da al despertar tras las rejas.

Volviste a desaparecer una vez más y todo volvió a su monótona realidad.

En ACORN, Yoko Ono escribió un texto titulado “La Conexión VI”:

En tu sueño, nada lo más lejos que puedas. Lejos de:

Tu hogar

Tu pareja

Tus hijos

Tus mascotas

Tus pertenencias

Tu lugar de trabajo

Tus colegas

 Descubre si te ahogas o sobrevives.

En mi sueño, yo había sobrevivido junto a ti.